CUENTOS COMPLETOS DE BERNARDO COUTO CASTILLO
LA VIDA DE UN ARTISTA. (
Diario Del Hogar.
22 de junio de 1893).Alfonso de *** es uno de los hombres más desgraciados que en mi vida he conocido, ___ desde muy joven por el arte muy especialmente por la literatura arrastra una existenciade continuo dolor. Tenía un culto excepcional por todo hombre de letras, y muy especialmente poraquellos que han tenido duras pruebas, recuerdo perfectamente la dolorosa impresiónque en su ánimo operó la muerte de Julio Goncourt, durante varios días se le viocontinuamente triste y abatido: “ese es mi porvenir” decía amargamente.Había heredado de su padre una modesta renta, jamás había querido seguir otracarrera que la de las letras, y con lo heredado vivía modestamente, sin más goces, sinmás aficiones que los que su vida de labor literaria le proporcionaban, todo su carió,todas sus afusiones se hallaban concentradas en sus libros, los quería como individuos desu familia, como seres reales y humanos.Sin embargo, la suerte para él fue bien injusta, continuamente escribiendo no logróque sus trabajos salieran a la luz, rodaron por todas las redacciones sin que laspublicasen.Habitaba en una casa baja, compuesta de tres piezas, la primera una sala deregulares dimensiones, cubierta de objetos de arte, algunos de ellos de gran valor; lasegunda, en la que trabajaba, llena de estantes con una riquísima biblioteca, una granmesa en medio, llena de notas y volúmenes abiertos, rodeada de humo siempre, y porfin; la última en que dormía. Por toda la casa se hallaban diseminados volúmenes, todoslos muebles se hallaban invadidos por folletos y periódicos, los retratos de los grandesautores adornaban las paredes. Todas las noches nos reuníamos diez o doce amigos que discutíamos hasta muytarde, muchas veces hasta la madrugada, ¡Pero vaya si era alegre salir en compañía debuenos chicos! Ahí había de todo, una pequeña parte de bohemia que pinta Muerger,pintores, escultores, estudiantes, periodistas y algunos políticos. Con las pipas en lasbocas y discutiendo de literatura, armando una algarabía de todos los diablos, hemospasado horas verdaderamente agradables. Tenía Alfonso un gusto especial por Vítor Hugo, Alfredo de Musset, Gautier y otrospertenecientes a la pléyade del romanticismo aunque había algunos partidarios deDaudet, Zolá, Pereda, Galdós, con lo que se promovían acaloradas discusiones.Alfonso durante esas reuniones nos leía sus trabajos, siempre confiando, despuésde esperar en vano la publicación del último trabajo remitido, volvía a su mesa esperandoque el próximo gustaría.Durante diez años se mantuvo firme, sin desmayar, confiando siempre.En los últimos dos años de su vida ya no tenía confianza, le instábamos a quetrabajase y lo hacía pero no con ese ardor del principio, desmayaba. En las reuniones nolo encontrábamos tan alegre, a menudo su frente se nublaba y teníamos horas deprofunda melancolía, nosotros para alentarlo le recordábamos las duras pruebas demuchos escritores, a pesar de que no tenía mucha afición de Daudet, uno de los librosque constantemente veía sobre su mesa eran los “Treinta años de París” y los “Recuerdosde un hombre de Letras”; cuando leía lo amargo de los comienzos, tomaba fuerzas ytrabajaba con algún entusiasmo, pero al ver que sus trabajos permanecían obscuros caíaen una gran postración, en nuestras discusiones no entraba ya, nos oía tendidonegligentemente en un diván, con la pipa en los labios y contemplando el humo o elretrato de algún escritor.Poco tiempo después cayó enfermo, se hizo llevar a su alcoba sus libros favoritos,sobre la cama había un gran número de papeles, tenía el presentimiento de su muerte yquería rodearse de cuanto le era querido, sus amigos le acompañábamos la mayor parte
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