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Capítulo I - El examen.

Capítulo I - El examen.

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Published by: carolinap_garcia2584 on May 19, 2009
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©Carolina Paola García
El Examen
En esta pequeña ciudad repleta de playas, la humedad es unaturista aficionada. Aquí el sol brilla constantemente, como si lasnubes no se le acercasen por miedo, y muy pocas veces haytormentas. Pero cuando las hay son arrasadoras e interminables.Me crié con el mar, el sol y el aire salado. Siempre he vividoaquí, en Ciudad del Este, y confieso que me tiene un pocoaburrido. Cuando cumplí dieciocho años y era hora dedecisiones, pensé en irme, estudiar fuera del lugar que me viocrecer, levantar vuelo lejos de mis raíces. Pero no lo hice, simpley sencillamente porque las necesito como a mi mismo para poder ser yo…
¡Ring track, ring track, ring track!
- ¡Demián, hijo! ¡Apaga ese despertador y levántate que llegarástarde a la Universidad, corazón! – gritó mi madre, desde el pasillo del primer piso de mi casa.Elizabeth es una maestra de escuela y madre sobreprotectorahasta rayar en la línea del fanatismo. Fue por ella, en gran parte,el motivo por el que decidí quedarme a estudiar Arquitectura enCiudad del Este.- Yyya voy mmmamá dije con apenas un hilo de misomnolienta voz.El ocho de Diciembre me desperté como cualquier día de mivida. El reloj despertador sonaba con su estrepitoso gruñir de©Irreversible. ®Derechos reservados por CreativeCommons.1
 
©Carolina Paola Garcíasiempre a las 7 a.m. Como detestaba los caprichos de mi madre,y más aún el día de mi cumpleaños número veinte cuando seencaprichó con ese reloj.Siempre me costó horrores levantarme por la mañana, era un pesar para mi cuerpo. Me sentía como si tuviera atada a micintura una cadena de la que colgaban veinte rocas pesadas,como las que había en las playas que rodeaban mi ciudad.Desps de hacer malabares, contorsiones y veinte Padres Nuestros para poder levantarme, finalmente lo logré, y asíempezaba mi rutina de todos los días. Me lavé los dientes conlos ojos semicerrados, abrí el grifo del agua fría – o deberíadecir helada, no sé por que en mi ciudad el agua sale tan helada – y prácticamente coloqué mi cara debajo. Eso siempre ayudaba, por lo menos lograba ver mi habitación con más forma. Abrí miguardarropa y me vestí con lo primero que encontré.Generalmente no me detenía a pensar que me ponía, pues miguardarropa no era muy variado. Siempre usaba lo mismodurante el verano: bermudas y remeras. Los colores eranneutros, de modo que no era necesario detenerme a ver si todocombinaba. Aunque tampoco me importaba…El estómago me crujió, asique tomé mi celular y baalcomedor dispuesto a desayunar.En la cocina estaba Doña Elvira, la empleada que trabajaba yvivía en mi casa desde hacía veinticinco años. Más que unaempleada era un miembro de la familia. Siempre estaba en lacocina, como los barcos anclados en los puertos, que de vez encuando salen a recorrer otros lugares, pero siempre vuelven al puerto… su lugar.Elvira descena de una humilde familia de pescadores queconoció la miseria y el hambre. La menor de ocho hermanosnunca se había casado, pero sí había conocido el amor. Segúnella, el más grande de los amores… y el más imposible también.©Irreversible. ®Derechos reservados por CreativeCommons.2
 
©Carolina Paola GarcíaA decir verdad, nunca le pregunté por su historia, no me había picado la curiosidad, a pesar de que ella hablaba de él como sifuese un amor que traspasara las barreras de lo natural. Sí…tenía el corazón demasiado roto, aunque lo disimulaba muy bien, algunas veces. En ocasiones la encontré llorando en lacocina por ese otro barco que partió, pero que nunca regresó asu puerto… los brazos de Doña Elvira.- Buenos días, Demián. Ya llevo tu café al comedor – dijo con suronca voz desgastada por los años de llanto.- Hola Doña Elvira. Gracias, yo lo llevo, no hay problema. – dijemientras comenzaba a agarrar la taza.- ¡Vamos, vamos! me gruñó a la vez que me daba una palmadita en la mano –. Ve a sentarte con tus padres, apenascomienzan a desayunar. Te están esperando.Asentí y salí de la cocina en dirección al comedor. Mi padre,Samuel Allena, un Arquitecto fanático de su trabajo y de losautos, leía el diario. Mi hermana, Nella, buscaba muyconcentrada algo en la Web por medio de su notebook, de la queno se despegaba ni un segundo. Esa chiquilla de dieciocho añosera tan fanática de internet como de los libros de literatura. Y mimadre con su enorme y maternal sonrisa llena de ternura, memiraba con un amor que le rebalsaba de los ojos.Así es mi madre conmigo. No voy a decir que soy su preferido, pues ella ama a todos sus hijos. Pero sí es cierto que conmigotiene algo especial, y eso data de cuando me tenía en su vientrede ocho meses: Mi madre siempre ha sido una mujehiperactiva, n en sus embarazos. Le encanta cambiar losmuebles de lugar o reordenar la decoración de la casa. Por eseentonces se le había metido en la cabeza mudar la sala de estar de arriba al living de abajo, y viceversa. Había tomado en susmanos los cinco floreros de la sala de estar con el fin detrasladarlos abajo. ¡Cinco floreros! No podía hacer dos o tres©Irreversible. ®Derechos reservados por CreativeCommons.3

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