Post mortem
por Leonardo Vieyra
Nunca podré olvidar aquel lunes de otoño de 1.988. Mi hogar estaba en Tolosa, un barrio de caserones antiguos. Mi cuadra, de veredas angostas, estaba cubierta por unmanto de adoquines.Yo vivía frente a Francisco Gómez, un hombre de 80 años, calvo y con una expresióntípica de una persona de carácter fuerte, ceño fruncido y una mirada fija y penetrante.Francisco había vivido solo los últimos tres años. No tenía esposa ni hijos, sus sobrinosvivían en San Luis y no podían ayudarlo con su incapacidad. Había sufrido un accidenteque lo dejó en silla de ruedas. Como no podía movilizarse normalmente se vio obligadoa tener que contratar una enfermera que lo ayudara en su vida cotidiana. Así fue comollegó a su vida Mercedes, una mujer de 60 años, que aceptó el trabajo porque Franciscole pagaba muy bien. Los dos parecían disfrutar de la mutua compañía.Como el viejo no quería que Mercedes entrara con él al baño, ella hizo construir unsistema de agarraderas de madera atornilladas en la pared; de esta forma el podía salir de la silla y movilizarse sin ayuda. Su confianza en ella iba creciendo y había llegado atal punto que pronto se convertiría en la heredera de sus bienes: dos campos en San Luisy una casa en Córdoba, dos terrenos en las afueras de La Plata y la casona de Tolosa.Un domingo por la tarde, luego de dar un paseo por el barrio, ella le preparaba unastortas fritas para comer con el mate. Entonces aprovechó el momento para pedirle que ellunes lo acompañara a lo de Julio Ortigoza, su abogado, porque había pensado encambiar su testamento. Su intención ahora era dejar los campos, la casa de Córdoba ylos terrenos a entidades de bien público, y ella se quedaría entonces con la casa deTolosa. Mercedes lo miró fijamente, temblorosa, con el cristal de sus ojos llorosos a punto de dejar caer una lágrima. Luego de unos segundos de silencio le contestó que por la mañana temprano, lo acompañaría.Ya por la noche y luego de cenar, Francisco preparó los papeles que llevaría a lo de suabogado y luego se fue a dormir porque al otro día debían levantarse temprano.Mercedes lo llevó a su cuarto y volvió a la cocina donde esperó ansiosa a que él sedurmiera. Ya lo había planeado, no dejaría que él cambiara el testamento… ¡jamás sequedaría sólo con aquella mugrosa casa de Tolosa!, era muy poco para ella. Una horadespués, abriendo muy despacio la puerta del cuarto de Francisco, lo vio tendido en lacama. Era el momento de realizar lo que había planeado. Volvió a la cocina, tomó eldetergente y fue al cuarto de baño, que se encontraba en penumbras, porque la llave deluz hacía unos días que no funcionaba bien y muchas veces no encendía. A oscurascomenzó por aflojar las agarraderas que ella había mandado a construir, abrió lascanillas para mojar el piso y lo enjabonó. Sabía muy bien que por la mañana, Franciscoiría primero al baño y que ese sería el último lugar al que iría, jamás llegaría a lo deOrtigoza para cambiar el testamento.* * *
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