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El título de este libro es una pregunta; y, en los últimos años, se han dado a esta pre- gunta, por lo menos en el mundo occidental, respuestas dudosas y sospechosas. Ade- más, el interés por el sufismo, que se extiende rápidamente, acentúa todavía más la ne- cesidad de un libro de introducción y digno de confianza —de introducción en el senti- do de que no exija ningún conocimiento especial, y digno de confianza en que no impli- que más simplicidad que la que la verdad autoriza.
Sin embargo, aunque un libro como éste pueda no requerir ningún conocimiento es- pecial, presupone necesariamente un profundo y penetrante interés por las cosas del espíritu. Más particularmente, presupone al menos un presentimiento de la posibilidad de una percepción interior directa —presentimiento que podría convertirse en germen de aspiración—. O, como mínimo, exige que el alma no esté cerrada a tal posibilidad. Hace cerca de mil años un gran sufí decía del sufismo que era un «sabor», porque su objeto y su fin podrían definirse como un conocimiento directo de verdades trascendentes, más comparable, en lo que concierne a su carácter directo, a las experiencias de los sentidos que al conocimiento que procede de la mente.
La mayor parte de los lectores occidentales de este libro habrán oído en su juventud que «el reino de los cielos está dentro de vosotros». También habrán oído estas palabras: «Buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá». Pero de entre ellos, ¿cuántos han recib i- do algún tipo de instrucción sobre la manera de buscar y sobre el arte de llamar? Y al escribir estas cuatro últimas palabras nos sobreviene la idea de que, en este preciso contexto, constituyen una respuesta a la pregunta que nuestro título propone.
Hemos dicho ya suficiente al respecto para hacer comprender claramente que, aun- que nuestro tema está tratado sucintamente —una obra tan poco voluminosa sobre una materia tan amplia es forzosamente un resumen— no lo está de forma superficial, lo que hubiera supuesto una contradicción en los términos. El sufismo es una piedra de toque, un criterio implacable que reduce todo lo demás, excepto sus propios equivalentes, a una superficie plana de dos dimensiones, puesto que constituye en sí la verdadera di- mensión de la elevación y de la profundidad.
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