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El Delfin

El Delfin

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Por Alexander Peña Sáenz
A través de la historia de algunas sociedades ha sido evidente la sucesión del poder político dentro de un círculo familiar. Claro ejemplo de ello son las antiguas dinastías en China, o aún más reciente, las monarquías en Europa, o los reinados de África. La democracia de la Modernidad rompe de cierta manera con este esquema monárquico, permitiendo la elección de representantes del y para el pueblo, e igualando las oportunidades de la gente de la comunidad en general.
Pese a esto, aún en las democracias continúa trasfiriéndose el poder político de padres a hijos. Esta práctica se ha ejercido en nuestro país de una manera bastante atrevida puesto que, siendo un país con elecciones democráticas, persisten y aspiran al poder presidentes, alcaldes y senadores, cuyos padres también hicieron política y muy probablemente fueron grandes dirigentes políticos de antaño. En el escenario político, los apellidos pueden volverse perpetuos, y hasta familias enteras suben al poder cuando uno de estos apellidos lidera.
Es toda esta forma de sobrellevar el poder político la que Álvaro Salom Becerra (Bogotá, Colombia, 1922-1987) presenta en su novela El Delfín, tomando como concepto clave el delfinazgo, cuestión muy arraigada en nuestra historia. Con su prosa sencilla y jocosa, Salom Becerra nos relata la vida de Julián Arzayús, un personaje nacido en el seno de una familia pudiente de la ciudad de Bogotá, a principios del siglo XX. Julián es una persona que de niño ya estaba acostumbrado a obtener sus bienes fácilmente y sin esfuerzo alguno, con privilegios que lo llevan al éxito y al reconocimiento en gran parte de la sociedad colombiana, tan solo por el hecho de ser hijo de Clímaco Arzayús, un poderoso e influyente dirigente político del país.
Tanto es el poder de Julián Arzayús, que puede llegar a la política desde una edad temprana, consiguiendo entre los cargos más destacados del escenario político local, una curul en el congreso de la República, gracias a las influencias que mueve su padre. Así es, a grandes rasgos, como el autor nos muestra una novela que denuncia al delfinazgo como otro de los curiosos sucesos que han caracterizado a la clase política colombiana.
Por Alexander Peña Sáenz
A través de la historia de algunas sociedades ha sido evidente la sucesión del poder político dentro de un círculo familiar. Claro ejemplo de ello son las antiguas dinastías en China, o aún más reciente, las monarquías en Europa, o los reinados de África. La democracia de la Modernidad rompe de cierta manera con este esquema monárquico, permitiendo la elección de representantes del y para el pueblo, e igualando las oportunidades de la gente de la comunidad en general.
Pese a esto, aún en las democracias continúa trasfiriéndose el poder político de padres a hijos. Esta práctica se ha ejercido en nuestro país de una manera bastante atrevida puesto que, siendo un país con elecciones democráticas, persisten y aspiran al poder presidentes, alcaldes y senadores, cuyos padres también hicieron política y muy probablemente fueron grandes dirigentes políticos de antaño. En el escenario político, los apellidos pueden volverse perpetuos, y hasta familias enteras suben al poder cuando uno de estos apellidos lidera.
Es toda esta forma de sobrellevar el poder político la que Álvaro Salom Becerra (Bogotá, Colombia, 1922-1987) presenta en su novela El Delfín, tomando como concepto clave el delfinazgo, cuestión muy arraigada en nuestra historia. Con su prosa sencilla y jocosa, Salom Becerra nos relata la vida de Julián Arzayús, un personaje nacido en el seno de una familia pudiente de la ciudad de Bogotá, a principios del siglo XX. Julián es una persona que de niño ya estaba acostumbrado a obtener sus bienes fácilmente y sin esfuerzo alguno, con privilegios que lo llevan al éxito y al reconocimiento en gran parte de la sociedad colombiana, tan solo por el hecho de ser hijo de Clímaco Arzayús, un poderoso e influyente dirigente político del país.
Tanto es el poder de Julián Arzayús, que puede llegar a la política desde una edad temprana, consiguiendo entre los cargos más destacados del escenario político local, una curul en el congreso de la República, gracias a las influencias que mueve su padre. Así es, a grandes rasgos, como el autor nos muestra una novela que denuncia al delfinazgo como otro de los curiosos sucesos que han caracterizado a la clase política colombiana.

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El DelfínÁlvaro Salom Becerra
Aquel día, cuyo recuerdo no se ha borrado ni podrá
borrarse de lamemoria de quienes lo vivieron, fue extraordinario desde el principio hasta elfin.
La luna y las estrellas resolvieron prolongar sus funciones de vigilantesnocturnos hasta bien avanzada la mañana para no perder ningún detalle delsensacional suceso. Y el sol que, a la manera de un rubicundo polizontealemán, venía paseándose por las calles de Bogotá, de seis á seis, desdetiempos
inmemoriales, decidió anticipar su salida del cuartel y postergar suregreso a este en previsión de posibles desórdenes. Las nubes permanecieronarremolinadas todo el a sobre la casa que iba a servir de teatro alacontecimiento y cuando se produjo derramaron lágrimas de felicidad. Loscerros de Monserrate y Guadalupe, corresponsales de la cordillera de los Andes,se empinaron sobre el Paseo Bovar para observar mejor y transmitir alContinente, con mayor exactitud, las incidencias del acto. Y el o SanFrancisco, que aún no había sido sepultado en la bóveda de la Avenida Jiménezde Quesada, disminuyó la velocidad de su corriente para apreciar con másdetenimiento todos los pormenores del hecho, pues quería referirlos fielmentea los otros ríos del país que, a su vez, se en cargarían de llevar la noticia a losmares del mundo.
 
De estos increíbles fenómenos fueron testigos todos los bogotanos.Varios abogados, algunos políticos y periodistas y numerosas mujeres yniños, es decir, personas dignas de la más absoluta credibilidad, declararonhaberlos visto. Los historiadores, ante la insospechable veracidad de esostestimonios, optaron por incorporarlos a las crónicas de la ciudad. Y ni elmás enconado enemigo del doctor Arzayús ni el más escéptico de sus
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conciudadanos se atreve hoy a negar los actos contra natura ejecutadospara satisfacer su curiosidad y contribuir al esplendor del espectáculo por elsol, la luna y las estrellas, las nubes, los cerros y el río en aquel díainolvidable.
Los prodigios no pararon ahí. La tensa expectativa del acontecimiento paralizó todas las actividades lo que determinó la ocurrencia de una serie dehechos negativos que los faticos partidarios del sector Arzayúsinterpretaron como otros tantos milagros. Así, por ejemplo, en esasveinticuatro horas nadie dijo una mentira. De la boca de nin
gún bogotanosalieron las consabidas fórmulas: “¡Mucho gusto de verte”’, “¡Dichosos losojos que te ven!”, “¡Estoy muerto de la pena contigo!” y “Por allá te caigosin falta!” Ningún paciente murió a manos de su médico y ninguna viudaquedó en la ruina por obra de su abogado. Ningún ciudadano inocente fuecondenado y ningún malhechor absuelto por la justicia.
Aunque posteriormente se comprobó que las inexplicables omisiones demédicos, abogados y jueces habían obedecido al hecho de que en ese día loshospitales no habían abierto sus puertas y los Juzgados habían cerrados lassuyas, los apasionados admiradores del doctor Arzayús sostienen todavía queaquellas fueron señales de lo alto. Algunos, los menos intransigentes, aceptancomo cosas lógicamente posibles aunque extrañas que nadie hubiera sidoasesinado cienficamente, que ninguna viuda hubiera sido legalmentedespojada de sus bienes y que no se hubiera administrado justicia en la formatradicional. Pero afirman que la circunstancia inveromil de que los bogotanos se hubieran abstenido de decirse mentiras unos a otros duranteveinticuatro horas, es un imposible metasico, uno de aquellos hechossobrenaturales que suelen anteceder 
a los grandes acontecimientoshistóricos.
La ciudad fue prematuramente despertada por un intenso repicar decampañas. Según lo acordado en la mesa redonda de sacristanes realizada el díaanterior en el Palacio Arzobispal, el sacro-romano escándalo con que la Iglesiaanunciaría el suceso comenzaría en la Catedral, continuaría en la Capilla delSagrario, seguiría en San Ignacio, se extendería después a Santa Clara, se prolongaría a La Concepción y terminaría en San Francisco.A las cinco en punto de la mañana el sacristán de la Catedral, quien había pernoctado en el campanario como de costumbre, comenzó a halar las cuerdascon vigoroso entusiasmo y con no menor brío empezó a hacer lo propio el de laCapilla del Sagrario, a quien replicó, inmediata y enérgicamente el de SanIgnacio. A las cinco y diez minutos las campanas de Santa Clara, LaConcepción y San Francisco pregonaban con metálicos ayes el inmisericordecastigo a que estaban siendo sometidas.Simultáneamente los barrios de Egipto, Belén, San Cristóbal, Las Cruces,San Agustín, Santa Bárbara, San Victorino, Las Aguas y Las Nieves setrabaron en una estruendosa batalla con los centenares de cohetes, directamenteimportados de Pacho y generosamente repartidos dos as antes a losPresidentes de los respectivos Comités por el Directorio Municipal del partidoy que, disparados desde los cuatro puntos cardinales, convergían sobre elescenario del acontecimiento formando una pirámide de fuego.
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El DelfínÁlvaro Salom Becerra
En acatamiento a lo dispuesto por la Resolución número 67,unánimemente aprobada por la Junta Protectora de Animales, de la que eldoctor Arzayús era Presidente Honorario, todos los seres irracionales residentesen la ciudad: perros, gatos, caballos, burros y gallinas, aullaron, maullaron,relincharon, rebuznaron y cacarearon al unís
ono durante media hora paraasociarse al alborozo colectivo.
Los seres aparentemente racionales: revendedoras de la Plaza Grande,“aguadoras” del Chorro de Padilla, “cargueros” de la Plazuela de Las Nieves,limpiabotas del Par-que de Santander y aurigas de la Estación de la Sabana,abandonaron sus “puestos”, m
úcuras, parihuelas, cajones y coches, respecti-vamente, se apostaron en lugares adyacentes a la casa convertida ese díaen centro de la atención ciudadana y cumplieron el juramento de noinjuriar, herir ni matar a nadie, “para que todo saliera bien”. Y este fue otrode los hechos portentosos de aquel día, elevado a la categoría de milagropor los áulicos del doctor Arzayús.
Los tres poderes del Estado no poan estar ausentes del gloriosoepisodio. El señor Presidente de la República,
Íntimo amigo y compadre deldoctor Arzayús, envió a la casa de este a los Ministros de RelacionesExteriores y de Instrucción Pública para que siguieren de cerca el curso delos acontecimientos y lo tuvieran informado. El Honorable Senado de laRepública y fas demás corporaciones legislativas y judiciales que, sumi-nistrando una explicacn no pedida anteponen ese calificativo a susnombres, designaron comisiones con idéntico objeto. El Ministro de Guerraordenó que inmediatamente después de que se produjera el hecho tanansiosamente esperado fueran disparados veintiún cañonazos y bandasmilitares recorrieron la ciudad desde los cuarteles de San Agustín hasta SanDiego.
A las ocho de la mañana los peones de la hacienda “El Eucalipto”, de propiedad del doctor Arzayús, hicieron su entrada por la Avenida Colón algalope tendido de sus caballos. Lanzando al aire sus corroscas y dando alaridosde júbilo avanzaron hasta la Segunda Calle de Florián y se situaron frente a lacasa de su patrón. Allí estaban ya reunidos los empleados y obreros de la“Compañía Interamericana de Tabaco” y de la “Cervecería Baviera” también pertenecientes a aquel.Los amigos y copartidarios del gran hombre, sus empleados, obreros y peones y los indefectibles curiosos formaban a las nueve de la mañana unainmensa muchedumbre que cubría las tres Calles de Florián y buena parte de laPlaza de Bolívar. La heterogeneidad de las prendas indicaba que allí estaban re- presentadas todas las clases sociales pues se veían cubiletes y sombreros de jipijapa, medias calabazas y cachuchas, sacolevas y ruanas, trajes de pañoinglés y de manta, zapatos italianos y alpargatas boyacenses.Una creciente ansiedad se reflejaba en todos los rostros. Unos preguntaban a otros: “¿Ya?” Y los interrogados respondían: “Todavía no peroya casi”. La pólvora seguía estalland
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ntermitentemente y el frenéticoalboroto de las campanas habla languidecido por culpa del cansancio de lossacristanes. La luna y las estrellas continuaban impávidas en sus puestosde observación. El sol ante la inminencia del suceso permanecía inmóvil
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