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Kooks 
Nisa Arce 
 
 
Kooks 
 
 ¿Querrás formar parte de nuestra historia de amor? Si te quedas con nosotros,no lo lamentarás  porque creemos en ti.Pronto te harás mayor,así que date una oportunidad con una pareja de Kooks,te hartarás de tanto romance.
David Bowie
 Andy se sentó en el banco más cercano al andén. Pese a que pronto serían las cinco de lamañana, la estación estaba desierta. Mató el tiempo observando el panel que marcaba el tiemporestante para la llegada del convoy. Aún faltaban diez minutos. — 
Daffy Ducked! 
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—exclamó. Apenas había dormido, pero no tenía sueño. El estado de alerta general en el que estabasumido su cuerpo no cesaría hasta haber puesto ambos pies sobre Londres. Para cuando supadre se percatara de su ausencia, ya estaría lejos, muy lejos de allí. Llevaba consigo todo lonecesario: la guitarra, veinte libras en el bolsillo y ninguna intención de regresar.El silencio se rompió súbitamente. Dos tipos altos y robustos, vestidos con cazadoras decuero y camisetas de Black Sabbath y Judas Priest, irrumpieron entre carcajadas para tomar elprimer tren y dormir la borrachera de camino a casa. Andy les miró; sentir, actuar y hablar comoun auténtico
kook
no era sencillo si habías nacido y vivido toda tu vida en un barrio obrero deBirmingham. En comparación con los recién llegados, Andy, de piel blanquecina, rostrodelicado, ojos castaños y larga melena rubia, parecía un recuerdo borroso de la anterior década.Llevaba pantalones ajustados, botas de plataforma y camisa de mangas anchas, haciendo alardede una elegancia bohemia que sus convecinos encontraban, por llamarlo de alguna forma,divertida.
 
 
 —Mira a ése —soltó uno—. Se parece al maricón de Bowie.El comentario hizo Andy frunciera los labios y se esforzase por mantener la mirada fija enel infinito. En lugar de malgastar energías contraatacando y maldiciendo a la estirpe de Ozzy Osbourne, se concentró en repetir mentalmente aquel nombre mágico, el motivo principal de suaventura. Desde que pudo reunir el dinero para comprarlo en una tienda de segunda mano, nohabía pasado día en el que el
Hunky Dory 
no sonase en su tocadiscos. Lo escuchaba una y otra vez mientras miraba embelesado la cubierta del vinilo. Allí estaba él, con su gesto teatral y suextraña faz perfecta, invitándole a seguir soñando.Muchos de sus compañeros de clase ya tenían decidido cuál sería su futuro. Terminaríanel instituto, entrarían a trabajar en alguna fábrica o taller, se casarían y tendrían hijos. O dejaríanembarazadas a sus novias antes de terminar el instituto, abandonarían los estudios, entrarían atrabajar en alguna fábrica o taller y se casarían. El orden en el que los sucesos se produjesen eraindiferente. Andy decidió que él no seguiría ese camino. Su padre, cuando llegaba del pub tras unajornada cargando vigas de hierro en los altos hornos, solía recordarle lo mucho que le habíacostado sacarle adelante.
«
 Yo tuve que trabajar duro
»
, decía.
«
 Acabábamos de salir de la guerray nos moríamos de hambre. A tu edad me rompía la espalda para daros de comer. Los jóvenesde hoy sois unos holgazanes y unas nenazas
»
.Se sabía aquel discurso de memoria. Desde que su madre murió, su padre se lo recitabanoche tras noche. Y Andy, en lugar de escuchar y aplicarse el cuento, se deleitaba imaginando loque le habría encantado soltarle, valiéndose del forzado acento que se había labrado a base depracticar a solas ante el espejo.
«
Lo sé, papá, me echas en cara que tuvieses que tirar a la basura tu vida por mí, pero, ¿qué le vamos a hacer? Estamos en 1972 y mi generación se encuentra en condiciones de elegir lo que desea hacer 
»
.
 Y así era. Había decidido cambiar el humo de Birmingham por la promesa londinense. Allí esperaba tener una oportunidad de empezar de nuevo. En apenas dos días cumpliríadiecisiete años, y qué mejor manera de celebrarlo que fugándose de casa con dinero robado de lacajonera, ingenio para sobrevivir y un recorte de la prensa local, en el que anunciaban en unaesquina discreta la fecha del concierto presentación del nuevo disco de Bowie.Lo tenía todo planeado. Aunque nunca había estado en la capital, sabía que debía bajarseen Victoria Station y tomar el metro hasta Tolworth. Allí, si era uno de los cien primeros enllegar a las puertas de la sala donde se celebraría el recital, obtendría un pase gratuito.
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