do Alvarez (hermano de Chacho, si no me equi- voco y creo que no) y Juan Pablo Franco, bajito,con anteojos, muy inteligente, vanidoso. Era el
Manual de respuestas del buen militante JP.
Si dela industria pesada venía la mano, el militantebuscaba y ahí estaba la cosa y así con todo. ¿Cri-sis agraria? ¿Que la crisis agraria demostró ladebilidad de la economía peronista? Arreguiescribía: “Y la ‘profunda crisis agraria’ lo fuetanto que una sequía natural sin precedentes dedos años, no logró disminuir el nivel de vida delpueblo argentino” (
Ibid
., p. 399). Juan JoséHernández Arregui es un Discépolo del ensayo.Se me permitirá una cita extensa. Pero quieroque se vea el entusiasmo discepoliano de sus tex-tos. Alguno, por ahí, se identifica con ellos.Otro los encontrará excesivos. Otro los va aodiar. Pero tienen una transparencia en su fer- vor que acaso trasmitan tanto como una pinturade Daniel Santoro. “Ese pueblo, en los dos pri-meros años del gobierno de Perón, vaciaba losalmacenes, las carnicerías, las rotiserías. Ese pue-blo no ahorraba. La razón era sencilla. Teníahambre. Bien pronto comenzaría a comprar lacasita, el aparato de radio, la heladera” (
Ibid
., p.405). En esta memoria colectiva, en este incons-ciente perseverante, en esta inercia histórica, enesta memoria que nadie logró borrar, se entien-de la persistencia del peronismo. Sus triunfoselectorales. El pobre mete la boleta del peronis-mo en la urna y siempre espera que
algo
de loque de allí surgió una vez, durante los añosdorados, vuelva a surgir. Sigue Arregui: “Duran-te la ‘década infame’ (...) Los mendigos pulula-ban en las calles de Buenos Aires. En las escali-natas del subterráneo, mujeres jóvenes y desha-rrapadas imploraban la caridad pública con eltétrico muestrario de sus criaturas hambrientas.En el interior se robaban de noche las gallinaspara comer. Los empleados de comercio llega-ban a la vejez sin jubilaciones, los obreros eran vejados o desatendidos por los organismos deltrabajo (...). En la Argentina sólo veraneaban lasclases pudientes.
Todo esto terminó en 1946
. La vida de los argentinos se modificó. Semejantecambió trajo sus trastornos. Los cines llenos, losestadios llenos, las confiterías llenas. Los comer-cios, hasta entonces desiertos, no daban abasto.Se desatendía al público y los empleados se mos-traban insolentes. Pero el público podía com-prar. Se viajaba con dificultades. Pero los lugaresde veraneo estaban abarrotados. Las clases privi-legiadas protestaban.
Pero las capas bajas de la población conocieron derechos a la vida que les habían sido negados bajo el inexorable dominiomaterial y político de la oligarquía
(...). La Argen-tina ofrecía el más alto nivel de vida de AméricaLatina y uno de los más altos del mundo. ElEstado financió espectáculos de cultura populardurante una década, como los mundialmentefamosos conciertos de la Facultad de Derecho,con los mejores directores del orbe y enteramen-te gratuitos. (Algo totalmente cierto, JPF.). ElTeatro Colón, tradicional lugar de la oligarquía,fue abierto a los sindicatos obreros. Este efectivoelevamiento de la vida material y cultural de lapoblación argentina tenía una base real. A saber,una política nacional en gran escala que por pri-mera vez se ensayaba en la Argentina” (
Ibid
., pp.405/406. Cursivas nuestras.)Lo del Teatro Colón no tiene desperdicio. Sesabe que los conchetos de este país (personajespasionalmente aliados al ridículo) no dicen “ir alColón” sino “ir a Colón”. Bien, ahora teníanque “ir a Colón” a escuchar, no a BeniaminoGigli o a Toscanini, sino a “Marianito” Mores.Que, como era muy jovencito, no era aún“Mariano”. Desde luego, no iban. Que fuera lagrasada, ellos no se iban a mezclar con esa gente.Pero, con Perón, Marianito Mores mete suorquesta sinfónica de tango en el Primer Coli-seo. Mores es un gran compositor de tangos,ojo. Ha trabajado con Discépolo. Escribió
Uno,Una lágrima tuya, Cafetín de Buenos Aires, Cuar-tito azul, El patio de la morocha, El firulete, Adiós, Grisel, Adiós pampa mía, Tanguera
(obramaestra instrumental que incluye un tema deSchubert y que fue parte destacada de la película
Moulin rouge
, bailada por Nicole Kidman.). Y una joya, una obra maestra del ritmo, de la luju-ria pianística, del lucimiento milonguero:
Taquito militar
. Que estaba dedicado (algo queMarianito, que no sufrió como Hugo Del carril,supo tachar no bien se vino la Libertadora) aFranklin Lucero, jefe de Estado Mayor del Ejér-cito del General Perón. Además actuó conintensidad en el cine peronista. Como lasLegrand. Y ahí fue nomás: a injuriar al Colón.Horror, espanto, vergüenza. La chusma nosocupa nuestros santuarios. Para colmo, Mariani-to les toca
Taquito militar
, dedicado a Lucero. Y hasta se manda con uno de esos horrorososmamarrachos sinfónicos a lo Rachmaninoff:
Poema en tango
. En fin, después, ya viejo, conese peluquín escarlata que se ponen los tangue-ros (Salgán, conmovedor, se pinta el bigote queya no le crece: no deja de ser un artista sublimepor eso), Marianito habrá de tocar para casitodos los gobiernos. Lo recuerdo en una de esasfiestas de Punta del Este con Menem, GeraldineChaplin y Catherine Deneuve. Marianito acabade tocar y saluda a Menem con una inclinación veloz y algo impersonal. Debe haber cobrado un vagón de guita. Y dice Arregui: “Cualquiera sea el juicio sobreel régimen de Perón, los
hechos
están allí” (
Ibid
.,p. 408). No tenían ninguna duda: los hechos loavalaban. ¿Quién podía discutir esos hechos?¿Milcíades Peña? Pero, ¿qué era esa charlataneríasobre la conciencia de clase, las conquistas autó-nomas de la clase obrera y las que el Estado leentregaba sin que luchara? ¿Para que iba aluchar? Era feliz. Era la patria del bienestar. Lapatria en el pueblo tenía lo que nunca habíatenido. Lo que siempre se le había negado. El“chamamé de la buena digestión”, como diráDiscépolo. Y entonces lo de Milton Eisenhower: vino a “capitular” al país de la abundancia.¿Quién nos iba a gobernar de afuera si aquí esta-ban Perón y las masas? Y la izquierda, ¡¿laizquierda!? Rodolfo Ghioldi, en 1957, declaraorgulloso en
La Nación
que un abuelo suyohabía visto al general Mitre. Caramba, quéorgullo, qué se le puede pedir a la vida despuésde eso. Arregui no es mezquino en cifras. Se lepodrán refutar, pero habrá que tomarse el traba- jo. Sus cifras son fuertes, aplastantes, las cifrasde la prosperidad, de la felicidad. Admito que Arregui era más amigo de las estadísticas que yo.Sin embargo, Perón cae. ¿Por qué? Porque elpueblo se había “ablandado” con tanto bienes-tar. Los sindicalistas de la CGT se volvieronburocracia. Y la “propia y dominante perso-nalidad de Perón” asumió en sí lo quedebió transformar en “combativi-dad revolucionaria de lasmasas y de sus dirigentes”(
Ibid
., p. 427). Con-cluye Arregui sin-tetizando sinmayor orden nirigor la tareadevastadora dela Libertadoracon las conquis-tas que el puebloperonista habíaconseguido endiez años deGobierno. Nosocuparemos deesto.
TULIO HALPERINDONGHI, “LA SEÑORANO ERA ASÍ”
Llegó el momento de la antítesis de Arregui. Así como el pobre Juan Joséestuvo borrado (pero borrado, eh)durante la primavera alfonsinista,Tulio Halperin Donghi fue declarado el
gran historiador argentino
. Yo –como tan-tos otros– fui alumno de él en la calle Via-monte 430, donde, según Ernesto Laclau,“empezó todo”. Halperin era más biengordito de joven, hablaba muy fuerte ensus teóricos y hasta una vez se quedó sin voz de tanto que la esforzaba. Era adjuntode un profesor sin muchas luces de nom-bre –si no me falla la memoria– Luis Aznar. Dictaban
Introducción a laHistoria
. Hice una exposición de Collin- wood y me fue muy bien. Luego vino el golpede Onganía y Tulio se fue a Estados Unidos.Un exilio de lujo. No bien el país se le pusoincómodo, se fue. Se podían hacer muchas cosasen la Universidad todavía. De hecho, a mí, queno estaba recibido aún, me pusieron al frente deuna comisión de trabajos prácticos que teníadoscientos alumnos. Era muy sencillo.
Psicología
no se dictaba y todos los tipos de esa materia seanotaban en
Antropología filosófica
para no per-der el cuatrimestre. Conrado Eggers Lan, queestaba al frente de la cátedra, me llamó: “José,¿podría hacerse cargo de una comisión de traba- jos prácticos? Tenemos ochocientos inscriptos”.Le dije que sí. Le pregunté qué daba. Él me dijoque pensaba dar Marx. “¿Qué texto le gustaríadar a usted?” “Los
Manuscritos del ’44
, Conrado.Estoy trabajando eso.” “Bueno, dé eso.” “Ah,me olvidaba”, recordé. “Yo no cursé ni aprobéesta materia.” “Bueno, pero necesito gente. Y usted se las va a arreglar.” Así las cosas, en 1966,bajo la dictadura de Onganía, cursillista, fascis-ta, apaleador de universitarios, dicté en el segun-do cuatrimeste de 1966 –mientras todos decíanque nada se podía hacer en la Universidad– los
Manuscritos económico filosóficos de 1844
de KarlMarx, editados por Fondo de Cultura Económi-ca con unas horribles anotaciones de ErichFromm que evité por completo. Tenía doscien-tos alumnos, tenía veintitrés años y la vida meparecía llena de infinitas posibilidades, un hori-zonte tan lejano que su fin no se veía, que acasono lo tuviera.Pero Halperin Donghi se fue. Natural: ten-dría muy buenas ofertas y habrá llegado con laaureola del exiliado. Lo encontré recién ennoviembre de 1984. Era un Congreso en laUniversidad de Maryland organizado por SaúlSosnowsky. Eran los inicios de la democracia, eltiempo de Alfonsín. El sarcasmo de Tulio llegóa sus más altas cumbres. En cierto momento,burlándose abiertamente de la Juventud Pero-nista (“Esa generación que marchaba alegremen-te al desastre”) contó una anécdota. Algunosmilitantes de la JP iban a ver a la vieja actrizperonista Delia Parodi y le hablaban de Evita.Le hablaron con fervor. Le habrán hablado –ensuma– de esa concepción que la JP construyó deEvita: su guevarización. Un Che con faldas. Y de otras cosas. De su militancia. De la inspira-ción que era para ellos. Entonces Tulio Halpe-rin Donghi –burlándose de esos jóvenes, lamayoría, posiblemente, desaparecidos– dijo:“Y Delia Parodi les dijo: ‘Vean, chicos: la seño-ra no era así’” Como diciéndoles “no seaningenuos, no se hagan ilusiones, yo la conocí,no tenía nada que ver con eso que ustedesestán imaginando”. La carcajada de los emi-nentes intelectuales que ahí estaban fueabrumadora. Acaso algunos no rieron. Elchiste, de todos modos, era bueno. Y era elmomento
III
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