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P
eronismo
 José Pablo Feinmann
Filosofía política de una obstinación argentina
Suplemento especial de
P
ágina
I
12
“La Casa de Gobiernocambió de dirección”
56
 
LA OTRA VERTIENTE DE LAJOTAPÉ
P
ero la marejada vino de otros lados.De montones de lados. Y hasta detodos lados. Ese pequeño grupo de“catolicuchis” que se cargó a Aram-buru hizo una operación espectacu-lar y deseada por muchos, por incontables pero-nistas y hasta no peronistas hartos de las dictadu-ras, de los militares. Lejos de desautorizarla,Perón la aplaudió. Pero aplaudió también a lamarejada. A partir del ’68 se da el fenómeno dela “nacionalización de los sectores medios” y deuna gran cantidad de la clase obrera. Nace la Juventud Peronista de los ’70. La “maravillosa JP”. Vamos a ver que sus orígenes, sus lecturas,sus pasiones por la militancia de superficie, sudecisión de no elegir la clandestinidad sino eltrabajo a la luz del día, definirán su caudalosorostro. Es esta militancia la que muchos recuer-dan como parte de los años más apasionados y apasionantes de su vida. Los jóvenes y los no tan jóvenes y hasta los ya no jóvenes se iban de todaspartes y se metían en el peronismo. El
 glamour 
de lo prohibido los deslumbraba. Estaban hartosde militares, de curas, de cardenales, de políticosde derecha, de gobiernos radicales cómplices(sabemos que no son lo mismo Frondizi e Illia,que Illia era un buen tipo y es un ángel al ladode cualquiera de los asesinos del ’76 o de losmercenarios del lopezreguismo, pero no debióprestarse a la farsa antidemocrática), de econo-mistas antipopulares, de la brutalidad represiva,del asalto a las universidades y de la prohibicióndel peronismo y de Perón. Para muchos, la pre-gunta surgía con fuerza: ¿qué pasaba con el hom-bre de Puerta de Hierro? ¿Por qué era intragablepara el régimen? En esos años nadie se pregunta-ba si Perón había sido nazi o no. Recuerdo unpasaje de la biografía de Eva de Alicia DujovneOrtiz (que pareciera, durante estos días, noseguir el camino alfombrado hacia el establish-ment que otras señoras de la cultura han elegido)en que ella, Alicia, se pregunta si la JuventudPeronista sabía algo sobre la entrada de nazis enla Argentina o el periplo europeo-mussolinianode Perón de fines de los ’30. Más o menos dice:no, ésas eran historias de viejos. Claro que sí: los jóvenes que eligen el peronismo a fines de los ’60están hartos de oír hablar pestes de Perón. Har-tos de sus padres gorilas. Desde niños les han lle-nado la cabeza sobre las canalladas del tiranoprófugo. ¿Que se trata de una rebelión contra lospadres? Por supuesto, ¿hay algo de malo en eso?Con una gracia de porteño atorrante irredimibleescuché cierta vez a un político peronista decir:“En los ’70 un pibe rebelde se te hacía montone-ro. Hoy se te hace gay”. (
Nota
: No dijo “gay”,dijo algo más fuerte, más “homofóbico”, pordecirlo en ese lenguaje tan cuidadoso que hay que usar en estas cuestiones para no entrar en esazona de sospecha que acecha a los “héteros” deeste tiempo: ser homofóbicos por ser homose-xuales reprimidos o, más aún, aterrorizados. Enrigor, el político dijo “puto” que –me dispongo ademostrar más adelante– no tenía en ciertas per-sonas una carga de negación sino de integraciónafectuosa, festiva, hasta jubilosa. En la marchahacia Ezeiza, cuando Néstor Perlongher, el poetaque armó el Frente de Liberación Homosexual,se une para ir con la Jotapé –los comunistas loshabían sacado a patadas y otros, muchos, tam-bién–, los pibes los reciben con aplausos, conalegría y con cánticos. Los cánticos decían: “¡Losputos con Perón!”. Eso se dijo con la mejoronda, yo lo vi. No existía la palabra “gay” enton-ces. Y Perlongher fue con la izquierda peronista.Esto se puede leer en una novela que escribió unpersonaje ya algo indescifrable de la Argentinaque, alguna vez, fue un escritor. La novela sellama:
Los reventados 
y su autor es Jorge Asís.) La Jotapé estaba de moda. Perón se pone de moda. A los guerrilleros la clase media les dice “losmuchachos”. Para colmo, los chicos de los “fie-rros” reparten alimentos, que se afanaron de“supermercados del imperialismo”, en las villasde los pobres, las llamadas “miseria”, y estoderrite el corazón del medio pelo. Pero la Jotapées un gran momento (creo que el más grande) dela pequeña burguesía argentina, de su clasemedia. Se meten en el corazón del riesgo, de lagenerosidad social. Baschetti lo ha resumidobien: “Ahí iban los secundarios organizando alos suyos y convirtiendo a los turnos noche enforos de discusión y acción; peleaban los univer-sitarios para lograr que la facultad estuviese tam-bién abierta para los hijos de los obreros; losmuchachos en los barrios organizaban a los veci-nos para que hicieran valer sus derechos; otrosiban a las villas para que también a estos lugareseternamente postergados llegaran la educación y la salud, el progreso y un futuro digno. Lasfábricas dejaron de ser cotos de caza de patronesy burócratas desde el mismo momento en que seorganizó una juventud que aglutinó a los secto-res sindicales más combativos y revolucionarios. A tal punto llegó esta efervescencia y decisión decambiar las cosas en Argentina, que por primera vez –en gran número– jóvenes pertenecientes alos sectores más poderosos y oligárquicos denuestra sociedad se convirtieron en “renegadosde clase” y pasaron a engrosar con su inteligenciay decisión la causa peronista, nacional, popular y revolucionaria”. (Baschetti,
La memoria de los de abajo
, ed. cit., p. 24).
PERONISMO, MOVIMIENTODE LIBERACIÓN DELTERCER MUNDO
Había, sin embargo, un encuadre filosófico y político que pugnaba por ir más allá de este entu-siasmo. Era necesario. Lo que aquí ocurría eraexcepcional, pero no único. La Argentina y elperonismo revolucionario formaban parte de unmovimiento liberacionista mundial: el TercerMundo. En sus entregas para el diario de la CGTde los Argentinos, Walsh dibuja tenuemente loque sucede. Raimundo Villaflor habla de lasenseñanzas que les dispensó, a él y a sus compa-ñeros, alguien a quien llamaban “El Viejo”,“Mingo”, “El Griego”, “El Químico” y eraDomingo Blajaquis y les habló, por primera vez,del peronismo y los
movimientos de liberaciónnacional 
. Vamos a tratar de explicitar el marcoteórico que se le dio al peronismo para que tuvie-ra –además de lo obvio: su prohibición y la de sulíder, su aura formidable de fruta prohibida delParaíso de las clases dominantes– una contun-dencia en el campo conceptual, y pudiera pole-mizar con todo el aparato teórico de la izquierda“marxista” que se le oponía. Ahí, en esos tiem-pos, los cuestionamientos de la oligarquía, delgorilaje tradicional, eran totalmente ineficaces,pero no los de la izquierda que buscaba demos-trar lo de siempre: que el peronismo era un movi-miento nacional burgués, que no era revolucio-nario y que, por tanto, no haría la revolución. Sí,quién no lo sabe. Hoy cualquiera dice: “Teníanrazón”. Pero hoy, caballeros, todos tienen razón.El mundo se ha ido a la mismísima
merde 
, larevolución no la hizo nadie, la burguesía enterróal proletariado y estamos navegando entre borras-cas apocalípticas. De modo que si algún revolu-cionario “marxista” de los ’70 cree que ganó esadiscusión será atinado decirle que esa discusiónno la ganó nadie, la perdieron todos. Pero no sal-temos etapas. Eso, en los ’70, decían los ayudan-tes de trabajos prácticos de Juan Carlos Portan-tiero. Lo decía el ERP, con Ernst Mandel deguía, y lo decía, mejor que nadie, Milcíades Peña.Pero eso, a los que se metían en el peronismo, lesimportaba poco.
El peronismo era el lugar paraestar 
. Ahí se jugaba la historia. Eso era lo que lemolestaba al régimen. Porque no sé si lo hanadvertido: en la Argentina, al Poder siempre lemolestó más el peronismo que la izquierda, elperonismo que el PC. Por alguna causa que nosería arduo explicitar nunca las izquierdas de la Argentina convocaron a los pobres, a la negritud. Y no porque el peronismo se los robara. ¡Quépobre argumento! Sino porque no supieron cap-tarlos. El peronismo los retuvo desde el Gobiernoy desde el llano, desde la proscripción, la difama-ción y aun bajo el padecimiento de los aparatosrepresivos de todos los gobiernos que se empeña-ron en borrarlo del mapa del país. Vuelvo a Walsh. Raimundo Villaflor cuentalo que escuchó de labios de su maestro Domin-go Blajaquis: “Porque él (Blajaquis, J. P. F.) nossacó todos esos berretines que teníamos, de serperonistas por el solo hecho de serlo, y no com-prender que el peronismo es un movimientoparecido al de otros pueblos que luchan por suliberación. El no, él siempre fue un revoluciona-rio, siempre tuvo una concepción del destino dela clase trabajadora. Y él nos explicó las causaspor las que estábamos derrotados, el papel delimperialismo, el papel de la oligarquía, y elpapel de la burocracia en el peronismo: esosrecitadores de los días de fiesta. Aprendimos loque significaban los movimientos de liberaciónen el resto del mundo, y por qué nosotros tenía-mos que desembocar en un movimiento de libe-ración” (Rodolfo Walsh,
 ¿Quién mató a Rosen-do? 
, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1984, p.22. Esta non-fiction de Walsh es uno de susmás admirables trabajos. Aparece como textocombativo en el combativo periódico de laCGT de los Argentinos. Se propone desenmas-carar la acción contrarrevolucionaria del sindi-calismo vandorista. Pero recoge la pasión delautor por el género policial. El título –¿
Quiénmató a Rosendo
?– rinde homenaje al policial deenigma, a la inglesa, en el que descubrir al asesi-no lo es todo. La novela dura de los yanquis esdistinta: importa más la descripción de unmundo sombrío, lleno de perdedores sin reden-ción, en que el
 problema
habrá de planteársele aldetective. Walsh empezó escribiendo ficciones ala inglesa: sus
Variaciones en rojo.
Pero a sus tex-tos comprometidos, políticos, de denuncia,llevó el andamiaje del policial duro. Sin embar-go, el título de esta novela responde al clásico
Whudunit 
de los británicos. Al clásico
quién lohizo
. Es notable cómo el talento de este escritordestellante de nuestra literatura distribuía susmateriales. Título de policial inglés, prosa denovela negra, personajes populares, temáticapolítica, asesinatos entre sindicalistas. Observe-mos la perfección hammetiana, la prosa impeca-ble de este fragmento: “A José Petraca no le gus-taba cómo lo estaba mirando ese hombre deojos oscuros y cara angulosa. Ya no le habíangustado algunas cosas que le pareció oír de laotra mesa. Y cuando aquella gente pagaba parairse, el hombre lo seguía estudiando, con esegesto, medio de burla y de desprecio” (Walsh,
Ibid 
., p. 59). Debió corregir la cacofonía entre“angulosa” y “cosa”, pero sin duda trabajabacon apuro. Además, ¿qué importa una cacofoníacuando el ritmo de la prosa es tan infrecuente,tan personal, una caricia a los oídos del lector?El lenguaje es arisco, indomeñable. Le reprochola cacofonía entre “angulosa” y “cosa” y apenasun renglón abajo escribo “prosa”. ¡Tenía queescribir “prosa”! Ahí, cuando la cacofonía vacontra el concepto, optar por el concepto, y sialgo no suena tan bien como lo habríamos dese-ado, mala suerte. No seguimos porque dedicare-mos cuanto menos un capítulo entero a Walsh.Este artista de excelso talento, a pocos días de sumuerte, aún está discutiendo con la conducciónde Montoneros, Firmenich, Vaca Narvaja, Per-día, cuestiones elementales de política, de tácti-ca y estrategia, de sobrevivencia. Como si fuerana entenderlo. Y esta es sólo una cara de esta grantragedia que estamos narrando).¿Qué establece el peronista Walsh? (Porque,para qué negarlo, el entrañable guerrero irlandés,este hombre de sangre caliente y opciones extre-mas, se compró y contribuyó a imprimir todoslos boletos del
 peronismo revolucionario
, con losque viajó hasta el final, con el último que le que-daba. Era el mejor de todos y ya no era un boletosino una carta memorable que tallaría su perdu-rable, incluso venerada, posteridad.) Que el pero-nismo, dice, es un movimiento de liberaciónnacional. Aquí entra la cuestión del TercerMundo. La
revolución
se había deslizado a estazona del planeta. La guerrilla vietnamita derrota-ba al poderío bélico norteamericano. La Revolu-ción Cubana postulaba su condición de vanguar-dia en la lucha por la liberación de América lati-na. El Che moría en Bolivia. Pero su mensaje eraclaro: el foco puede crear las condiciones del pro-ceso revolucionario, no necesita esperarlo. Tam-poco necesita esperar a las masas. El foco puedeconvocarlas. En Chile, la Unidad Popular de Sal- vador Allende era incontenible. Francia habíasido derrotada en Argelia. Y Gilo Pontecorvohabía filmado una película que todos veían. Ver
La batalla de Argelia
y leer
Los condenados de latierra
de Frantz Fanon y, muy especialmente, el
II
 
“sublime” (la expresión es de Eduardo Grüner y la comparto) Prólogo que Jean Paul Sartre lehabía escrito en una noche en que acaso tuvierafiebre o se le hubiese ido fuertemente la manocon las anfetaminas, eran obligaciones de laépoca.
EL HOMBRE ES EL CENTRODE LA POLÍTICA
Estas lecturas no eran las frecuentadas por los“cristianuchis”. Todo ese polo del cristianismorevolucionario leía a Teilhard de Chardin, vene-raba a Camilo Torres, gestó
Cristianismo y revo-lución
y, sin duda en uno de sus mejoresmomentos, recibió clases de Conrado EggersLan en Córdoba. En verdad, sólo el grupo origi-nario de Montoneros –y algunos otros sectoresdesde luego, pero restringidos– puede calificarsecomo “católico”, “clase alta” y de origen tacua-rista con la evolución que ya hemos señalado:MNRT y luego el peronismo. Los que recibie-ron clases de Eggers Lan en Córdoba formaronuna importante escisión crítica de Montonerosque se llamó los “Sabinos”. Habrían de publicar,en julio de 1972, el llamado “Documento Verde” donde tempranamente realizan críticasmuy atinadas a la conducción de la orga “hege-mónica”. Bien, por un lado los católicos y muchos de ellos, como Conrado Eggers, buscan-do afanosamente una integración entre cristia-nismo y marxismo que condujera por fin alperonismo. Eggers Lan jamás tuvo nada que vercon la lucha armada. Sus pasiones eran Cristo y Marx. Como sea, llevó a muchos de los católicoscordobeses al estudio de los
 Manuscritos 
del ’44,bellísimos textos de Marx que Eggers amabaprofundamente y en los que veía esa unión entrecristianos y marxistas. Pero
la otra vertiente 
 veníade la lectura de
El capital 
y de la
Fenomenologíadel espíritu.
Conocía de memoria el Prólogo deSartre a Fanon y la obra de Fanon. Había vistomiles de veces
La batalla de Argelia
. No partici-paba de la lucha armada sino que se asumíacomo productora de elementos ideológicos quefortalecieran al peronismo en sus discusiones y en su “actualización doctrinaria”, fórmula quePerón tiró para los que buscaban el socialismodesde las veinte verdades.Su expresión más poderosa se dio en el debatede ideas y tuvo lugar en los claustros universita-rios. Fueron las
Cátedras nacionales 
. Sobre esta
otra
 vertiente de la juventud que adhiere al pero-nismo es importante señalar que nadie se preocu-paba mucho por la fe, por Cristo, por la CiudadTerrena o la Ciudad Celestial. El diálogo entremarxistas y cristianos les importaba poco porque venían del marxismo y no eran cristianos. Comomuchos de ellos eran judíos (que fueron luego
especialmente 
flagelados en los campos de concen-tración de la dictadura) me atrevería a una
bouta-de 
. Es la siguiente: si la primera vertiente de la Jotapé es católica, la otra, la que va del marxismoal peronismo, es judía. O atea. O agnóstica. En la AMIA hay un mural de importantes dimensio-nes. Cierta vez (bajo la administración anterior ala presente) me invitaron a almorzar. Les digo:“Pero ustedes no pueden hablar sólo del genoci-dio del pueblo judío. Hubo otros. El armenio. Y el nuestro. La ESMA es nuestro Auschwitz.¿Cómo no hablan de eso?”. Por toda respuestame llevaron a ver el mural. Es una gran placa dehierro forjado. En ella se lee: “
En memoria de los  30.000 detenidos-desaparecidos de la Argentina. 2000 de ellos eran judíos 
”. Les dije que sí, que asídebía ser porque yo había conocido infinidad demilitantes con apellidos judíos en la Jotapé. Meatreví, amable pero algo provocador, a decirles:“La mayoría de ellos pensaba que el Estado deIsrael es un enclave del imperialismo yanqui enMedio Oriente”. Me respondieron: “No importa.Igual eran judíos”. En suma, es exagerado decirque la vertiente que viene del marxismo es“judía”, pero interesa señalar que la militancia delos ’70 no fue sólo la montonera con ese origencatólico preconciliar que tanto gustan señalaralgunos. No, los Montoneros empezaron siendodiez, veinte o cuarenta tipos. No importa. Pero elhuracán generacional que se vuelca al peronismorevolucionario tiene orígenes de todo tipo.Muchos de católicos no tenían nada. Eran judíos.O provenían de familias judías, ya que ellos, conel judaísmo, poco que ver. Los judíos de la Jotapéno eran como los católicos que le seguían rezan-do a la Virgen. Olvidaron a Jehová, a Moisés, a Abraham y a quien fuera. Eran más bien tirandoa ateos y descifraban apasionadamente a Hegel, aMarx, a Sartre, a Fanon y a Mariátegui. La “cues-tión nacional” la empezaron a analizar sin dema-siados apoyos. Es bastante mitológica esa “delan-tera” de héroes del pensamiento nacional quesuele enunciarse: Hernández Arregui, Jauretche,Puiggrós, Scalabrini, Ramos. Se los leía, sí. Perodesde las
Cátedras nacionales 
los jóvenes profeso-res empezaban a escribir sus propios textos.(
Nota:
Sería una injusticia no confesar el placercon que leí
Revolución y contrarrevolución en la Argentina
de Jorge Abelardo Ramos en la gloriosaedición en dos tomos de Plus Ultra que todavíaconservo. ¡Qué buena pluma! Qué uso del sarcas-mo, qué gloriosas patadas para el stalinismo en elPlata, qué manejo virtuosístico de textos deMarx, Engels, Lenin y Trotsky. Qué saludablefalta de respeto, deliberada rudeza y hasta tosque-dad por las figuras egregias de la oligarquía:
Sur 
,Borges, Victoria, Bioy. Qué dislate los capítulossobre Roca. Qué placer me produjo leer ese libro.Hernández Arregui escribía mal y su marxismono lo llevaba a ningún puerto, a ninguna pleni-tud. Scalabrini como literato, no gran cosa.Como investigador de los ferrocarriles, y bueno,no estaba mal. Puiggrós era pesado, su prosa ahu-yentaba. Y Jauretche se hacía el piola todo eltiempo. Tenía ingenio. Sabía pelear. Pero nomucho más. El gran teórico que leí en esos añosfue John William Cooke.
Peronismo y revolución
era un texto brillante. Voy a decir un exceso: eradigno de Sartre, que había inspirado al GranGordo en ese libro. La prosa de Cooke mordía,cortaba, era la exhibición impecable de la lucidezmilitante. Después leímos –no digo todos, peromuchos– muchísimos de los libros que editabaHachette, esos azules y blancos, los de la colec-ción
El pasado argentino
. Y a Pepe Rosa, cómono. Eramos capaces de discutir durante horas si laLey de Aduanas de 1835 había protegido o no alinterior mediterráneo. Y leí, concienzudamente,el manual de
Conducción política
de Perón. Losubrayé, lo anoté, con regla, con lápices de distin-tos colores. Escribí sus márgenes. Tomé notas enmis cuadernillos. No lo podía creer: ¡estabaleyendo al tirano prófugo con la seriedad con quehabía leído a Hegel o a Heidegger! Volveremossobre estas cuestiones.)Pero era Fanon el que más nos convocaba.Fanon, el Prólogo de Sartre y la película de Pon-tecorvo. ¿Qué hacían los otros profesores de filo-sofía? Lo habitual: el estructuralismo arrasaba.Eran todos etnólogos con Lévi- Strauss, lingüistascon Saussure, marxistas con Althusser y los suyos,ya se leía a Foucault y su consigna de “la muertedel hombre” (¿qué podía significar
eso
para losque en América latina militaban u ofrecían su vida por el hombre nuevo?), Barthes y la muertedel autor y del estilo, empezaba a entrar Lacan dela mano de Masotta, el Di Tella andaba en losuyo (alejado totalmente de este mundo, como lamilitancia ignoraba por su parte las exquisiteces y las verdaderas muestras de talento que ofrecía elDi Tella junto con las idioteces habituales queabundan en esos lugares de intelectuales y artistasexquisitos) y la filosofía europea exaltaba aNietzsche y a Heidegger en tanto sepultaba a Sar-tre. La tarea del estructuralismo era la de salir delsujeto. Liquidar la idea del hombre. Entre noso-tros, un insólito y excepcional artículo de Hora-cio González era leído por todos o, sin duda, pormuchos:
Humanismo y estrategia en Juan Perón
.Su título tenía algo de desafiante: tratar a Peróncomo un autor “académico”. Ese “en JuanPerón” parodiaba el giro predilecto de tantasmonografías que se escribían durante esos días.“El dionisismo en Nietzsche”, “Lo práctico-inerteen Sartre”, “El concepto de sobredeterminaciónen Althusser”, “El análisis de ‘Las Meninas’ enFoucault” y así. La fórmula central que proponíael texto de Horacio era:
El hombre es el centro de la política
. Entre nosotros, lejos de morir, lossujetos prácticos de la historia, los hombres con-cretos de la política, estaban en la centralidad, esa“centralidad” que la deconstrucción postestructu-ralista vendría a destruir. Ya se sabe: detrás de lanaciente
French theory 
estaba Heidegger, omni-presente. Aquí, Heidegger era propiedad de losmilitantes de
Guardia de Hierro
, el encuadra-miento de Alejandro “Gallego” Alvarez. Ya vere-mos eso.
“LA BATALLA DE ARGELIA”
 Vamos a
La batalla de Argelia
. Junto a
La horade los hornos 
, el film de Pino Solanas y OctavioGetino, la obra de Gilo Pontecorvo fue vista portoda la militancia de la época. El film se realizóen 1966, era una producción entre Italia y Arge-lia. En los cines o en los secretos lugares en que seproyectaba, cada vez que un argelino mataba aun francés o el Frente de Liberación Nacional Argelino volaba un bar colmado de colonialistas(franceses y argelinos cómplices de la domina-ción), el auditorio estallaba en aplausos y en vivasa la revolución, a la lucha contra los opresores y alos guerrilleros (o terroristas en el caso de Argelia;ya estudiaremos la diferencia entre guerrilla y terrorismo) que la encarnaban.
Pero esto no es lo principal que me propongo analizar.
Créase o no(y, sin duda, se creerá),
La batalla de Argelia
esuna película fundamental para la formación delos sofisticados cuadros militares de la
contrain-surgencia
. Voy a citar largamente (por su impor-tancia, por la fascinante paradoja que encierra)un fragmento del libro
Terrorismo y contraterro-rismo, comprendiendo el nuevo contexto de la segu-ridad,
de Russell D. Howard (coronel deEE.UU.) y Reid L. Sawyer (mayor, EE.UU.). Latraducción pertenece al capitán de fragata ArturoGuillermo Marfort y ha sido editado por el
Insti-
III
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