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Aquel grupo de psiquiatras transmitía un gran conjunto de impresiones. Deellos brotaba sabiduría, conocimiento, seguridad, profesionalismo y porte, todocuanto se espera de una colección de intelectuales como esta, menos cordura.Una taza de café deambulaba por ahí, uno que otro té, alguna botella plásticade agua que servía de apoyo a alguna pastilla de dudosa procedencia, todosbajo el agradable ambiente otorgado por el aire acondicionado que disimula losmás calientes designios del sol a cualquier hora.Se levantó uno de ellos, el joven biologistarespetado por las multitudes, degran parecido e imponente expresión de la palabra. Tomó algunas hojas en susmanos, las miró con la agilidad y rapidez de aquel que las conoce de memoriay quiere organizar un discurso, el cual inició prontamente y de modo breve:“Señores, ha sido una mañana productiva. Hemos escuchado lasopiniones de todos, los diferentes puntos de vista se han analizado aligual que las causas del asunto que nos reúne. Es hora de tomar unadecisión, de encontrar una respuesta a la pregunta: ¿Qué debemoshacer para aumentar nuestro flujo de pacientes?Importante pregunta para un grupo de dicos que a pesar de haberconcretado hace varios años el duro proceso de la especialización, depende(como todos) del número de pacientes que a su consulta lleguen. Si todosviven sanos, objetivo último de la salud blica, no habrá necesidad demédicos. Entendemos ahora la poca motivación de este gremio por acogerse ala carrera salubrista. Toma ahora la palabra la mayor del grupo, la experta, aquella quien ha sidodocente de muchos ellos cuando eran estudiantes, que propuso alguna vezañadirle fluoxetina a la sal para hacer de Colombia un mejor país y que sinembargo luce más joven que su edad. No sabemos si esto es producto delconocimiento o de algún producto inyectable sobre las naturales arrugas.Comenta lo siguiente:En los tiempos de mis maestros no haa tantos niños hiperactivos, sólomalcriados que merecían una buena zurra. No había tantos maniacos,pero sí muchos locos que terminaban por suicidarse. Los deprimidos sequedaban en sus casas, lloraban y lloraban cada vez más solos, hastaque dejaban de llorar y alguien terminaba encontrándolos por el hedorde sus cuerpos. Los psicóticos y neuróticos eran encerrados parasiempre en manicomios, y por siempre sus familias solventabaneconómicamente todo aquello que la institución requiriera. Pienso, por lotanto, que tenemos un menor flujo de pacientes, sino una mentalidadmuy exigente para detectarlos.Dijo esto mientras cogía el manual de diagnóstico empleado por todos, con susmiles de criterios estrictos y diagnósticos extraños, y lo lanzaba a la caneca delaseo. Todos entendieron el mensaje, y se dirigieron a sus puestos de trabajo. Ya
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