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Published by: Edgardo Pérez Castillo on Aug 05, 2013
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08/23/2014

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Palabras para ver Luego de que una ordenanza municipal restringiera eluso de cartelería publicitariaen Rosario, unode los edificios más antiguos de calle San Lorenzo al 1100 perdió su rasgo distintivo: el letrero dedos metros de longitud que, de modo transversal al tránsito y a cinco metros de altura sobre lavereda, indicaba la presencia de uno de los tres diarios de la ciudad. Desde entonces, la centenariaconstrucción parece haber caído bajo un manto de invisibilidad.Flanqueada por una sucursal bancaria y por la futura sede de la Federación Agraria, una vieja puerta de hierro es el paso obligado para un zaguán que alguna vez intentó modernizarse. Unasegunda abertura, de vidrio y rejas, permite acceder a un pasillo de cerámicos grises, que a pesar desu brillo constante no logran cambiar el tono lúgubre de ese acceso que culmina en siete escalonesalfombrados, una barra en la que se acumulan sobres e impuestos y un cartel con letras blancasmóviles que indican la distribución de oficinas por piso.Luego de los peldaños recubiertos por la raída carpeta gris, un distribuidor separa al pequeñoascensor (con capacidad para tres personas) de las escaleras. Es en ellas, sin embargo, dondetodavía pueden encontrarse algunos vestigios de un pasado algo más brillante para el viejo edificio,donde alguna vez funcionó un hotel de mediana categoría. Los desgastados escalones de mármol ydetalles en cerámico veneciano hablan de una historia algo más vistosa.Hoy, casi nada queda de aquel pasado, excepto el esqueleto de una construcción que no cuadra conlos conceptos de optimización de espacios de la arquitectura del Siglo XXI. La llegada al primer  piso permite comprobarlo: flanqueado por tres grandes oficinas, un pequeño patio interno se corona por los balcones de las tres plantas restantes, que también reciben la luz natural de un generosotecho construido en hierro y vidrio. En la base de ese pulmón lumínico, tres mesas de madera consus sillas ubicadas a poca distancia de una estructura semicirular, y techada, conforman uninesperado kiosko-bar, exclusivo para los ocupantes de los cuatro pisos de oficinas.Luego de la crisis de 2001, Estela y Roberto llegaron para hacerse cargo de ese cafetín improbable,cuyos réditos se habían probado insuficientes para distintos gerenciadores. El ingenio y una predisposición al trabajo que involucraba también a la segunda generación de la familia (hijo e hijaque, con el tiempo y en ese orden, abandonarían la tarea privilegiando mejores opciones laborales)hicieron posible que Estela y Roberto se transformaran en figuras referenciales para ese edificioque, en los últimos años, sostuvo una base relativamente estable de inquilinos, en un repertorio queincluye dos estudios de abogados, algunos contadores, un taller de actuación y la redacción deRosario/12.Variopinta, la fauna del lugar encuentra a cada especie habitando sus jaulas en un delicadoequilibrio que no conoce de intercambios ni reclamos compartidos. Ni siquiera, cuando el únicoascensor decreta sus días de descanso.Astutos domadores de esa vecindad poco sociable, Estela y Roberto supieron comprender lasnecesidades de cada espécimen: el riguroso trato doctoral satisfizo los aires de los leguleyos; lasmesas dispuestas y los oídos sordos a los alaridos teatrales, brindaron comodidad a los jóvenesactores; mientras que la llave del refrigerador fue clave para saciar la sed de los periodistas en sushorarios de cierre.En esa aparente monotonía, el devenir del tiempo marcó a Estela y Roberto. Superados los 50, de buen vestir, cordial y atenta, ella adquirió mayores responsabilidades y se transformó también en laencargada de mantener la limpieza general del edificio. Roberto, a su vez, tuvo que amoldarse conhidalguía al destino, habituándose a una ceguera progresiva que no se intuía siquiera por susanteojos de gruesas lentes.La disminución visual de Roberto no afectó la cotidianeidad. Tampoco su humor, que se manteníaimperturbable y siempre al borde de lo obsceno. Acompañadas por sus propias carcajadas, lasocurrencias se proyectaban sonoramente por todo el edificio desde esa plataforma en el primer piso.Aunque, de vez en cuando, las humoradas de Roberto eran reemplazadas por el estallido, por laconfrontación entre los componentes de ese matrimonio, convertidos efímeramente en domadoresindomables. Siempre en actividad, el televisor a todo volumen solía acallar todo rasgo de conflicto,

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