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Mi ansiado tesoro
Mi ansiado tesoro.
Abrí la puerta y entré. Dejé las maletas en el suelo y observé la casa, una pequeñaestancia de pocos metros cuadrados que daba la impresión de una profunda dejadez. El pequeño comedor podía verse desde la entrada, desde allí se podía ver las cosas tal ycomo fueron en sus mejores momentos, sólo que un poco más polvorientas.Entré en el comedor y no me sorprendió, las cosas estaban tal y como yo las esperaba.La pequeña cocina situada en el interior del comedor ocupaba muy poco comparado conla superficie del mismo y sólo constaba de unos pequeños muebles.El sillón situado delante del televisor, que probablemente no funcionara, estaba rasgadoy sucio y con unos cojines no muy grandes que se encontraban con el mismo aspecto.Lo único que me llamó la atención fue la gran estantería que dominaba el centro de lahabitación, ocupada por una gran cantidad de libros de todas las clases; era lo másinteresante que podría haber en esa casa.Salí del comedor y recorriendo el pasillo, ya sólo con un pequeño mueble aparador y unespejo, alcancé las escaleras e instantes después llegué a una habitación. Mi habitación.Seguía igual que antes. Nada cambió. La cama, el baúl con los juguetes a los que lesdedicaba tanto tiempo cuando soñaba con ser un héroe, la estantería, en la que guardabatodos mis cuadernos y el armario en la que seguramente la ropa se encontrara como yola había dejado, estaban en el mismo lugar. Crucé la habitación hasta llegar a la puerta y,llegué al único baño de la casa, ocupado en el centro por una gran bañera, tan elegantecomo siempre.Me faltaba todavía la habitación de mis ya fallecidos abuelos y no tardé mucho tiempoen llegar a ella.La cama tan grande que me fascinaba cuando tenía pocos años de edad debido a sumajestuosidad, seguía ahí, acompañada en sus extremos por dos pequeñas mesillas. Al1
 
Mi ansiado tesorootro lado de la habitación estaba el armario y por supuesto, el tocador de mi abuela.Cuando recordé todo lo que vi, bajé las escaleras y volví a la entrada, cogí las maletas ylas dejé sobre el raído sillón.Ya sólo me faltaba el patio, por el que se accedía por la puerta situada en el extremooeste del comedor, junto a la cocina.Las plantas, aunque ya secas, seguían allí, y la mesa y las cuatro sillas, mojadas por lasrecientes lluvias, también.Desde el patio, se veía el pequeño arroyo que cruzaba el pueblo, mi lugar favoritodurante los tiempos de mi infancia. Acudiría allí después.Lo primero que hice fue coger la maleta, abrir el armario e intentar hacer un hueco entretanta vestimenta infantil; los pantalones y los gorritos para las noches de inviernoseguían allí.Guardé la ropa y recogí la comida que había en una bolsa que traje conmigo. Despuéscoloqué la maleta encima del armario, en donde se quedaría hasta que volviera aguardar mis cosas, seguro que mucho tiempo después.Bajé con la bolsa en la mano y guardé la comida en el frigorífico. No me compliquémucho en darme un buen banquete de bienvenida a la casa que había añorado ver denuevo desde los 13 años, en lugar de eso, me preparé un bocadillo.Cuando terminé de comérmelo, cogí un cuaderno y un bolígrafo, y cogí las llaves de lacasa.En ese instante vi a Carmen, la mejor amiga de mi abuela. No la recordaba así. Se notaba que el tiempo había transcurrido, y sobre todo para ella.Aunque estaba lo suficientemente lejos como para no verme, yo distinguía todas lasfacciones de su cara.2
 
Mi ansiado tesoroSe apoyaba en un bastón, y con gran esfuerzo intentaba regar dos macetas situadas a suderecha.No la veía desde hacía doce años y su aspecto vivaz y su capacidad siempre paraalegrar a todo aquel que estuviese en un mal momento, se habían esfumado.Esperé a que entrara en su casa porque no quería dar explicaciones y cerré la puerta trasde mí.El viento que oscilaba por la calle me despejó la mirada y, me hizo comprender elverdadero significado de la nostalgia, de los recuerdos.Partí al arroyo y no me preocupé en mirar atrás, tenía demasiadas ganas de llegar.Cuando llegué, me sorprendí, el arroyo seguía tan bello y hermoso como siempre.El agua tan cristalina como la recordaba, corría entre las piedras y se perdía hasta dondellegaba mi vista.El arroyo, rodeado por las dos orillas de grandes árboles, se podía cruzar casi sinmojarte los pies, pero mi mente no se dedicaba a pensamientos tan pueriles.Me senté bajo la copa de un árbol y empecé a recordar.Me veía en ese mismo árbol, doce años atrás, estudiando para un examen que tenía ellunes siguiente, bajo el cielo cubierto por múltiples nubes que anunciaban tormenta. Amí no me importaba estar en ese lugar, pues para mí era un regalo del mismísimo Dios yno se iba a esfumar por un poco de lluvia que cayera encima de mí.Absorto en mis pensamientos, no me di cuenta hasta momentos después de que unamuchacha me miraba con una cara de extrañeza.Era alta, delgada y con facciones finas. Sus ojos verdes destacaban entre su piel blanca,el pelo rizado y castaño que le caía suavemente por los hombros estaba limpio y biencuidado. Antes de que pudiera proseguir con la descripción, me dijo:- Hola ¿te conozco?3
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