Mi ansiado tesorootro lado de la habitación estaba el armario y por supuesto, el tocador de mi abuela.Cuando recordé todo lo que vi, bajé las escaleras y volví a la entrada, cogí las maletas ylas dejé sobre el raído sillón.Ya sólo me faltaba el patio, por el que se accedía por la puerta situada en el extremooeste del comedor, junto a la cocina.Las plantas, aunque ya secas, seguían allí, y la mesa y las cuatro sillas, mojadas por lasrecientes lluvias, también.Desde el patio, se veía el pequeño arroyo que cruzaba el pueblo, mi lugar favoritodurante los tiempos de mi infancia. Acudiría allí después.Lo primero que hice fue coger la maleta, abrir el armario e intentar hacer un hueco entretanta vestimenta infantil; los pantalones y los gorritos para las noches de inviernoseguían allí.Guardé la ropa y recogí la comida que había en una bolsa que traje conmigo. Despuéscoloqué la maleta encima del armario, en donde se quedaría hasta que volviera aguardar mis cosas, seguro que mucho tiempo después.Bajé con la bolsa en la mano y guardé la comida en el frigorífico. No me compliquémucho en darme un buen banquete de bienvenida a la casa que había añorado ver denuevo desde los 13 años, en lugar de eso, me preparé un bocadillo.Cuando terminé de comérmelo, cogí un cuaderno y un bolígrafo, y cogí las llaves de lacasa.En ese instante vi a Carmen, la mejor amiga de mi abuela. No la recordaba así. Se notaba que el tiempo había transcurrido, y sobre todo para ella.Aunque estaba lo suficientemente lejos como para no verme, yo distinguía todas lasfacciones de su cara.2
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