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Gabriel García Márquez
 
 El coronel no tiene quien le escriba
Gabriel García Márquez
(Aracataca, Colombia, 1928) es la figuramás representativa de lo que se ha venido a llamar el «realismomágico» hispanoamericano. Aún antes de escribir
Cien años desoledad
(novela ya publicada por El Mundo en la colección MilleniumI), donde recrea la geografía imaginaria de Macondo, un lugar aisladodel mundo en el que realidad y mito se confunden, era ya autor de un conjunto deobras que tienen directa relación con esta narración. Otras obras memorables son:
El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerteanunciada
(volumen número 5 de esta colección),
El amor en los tiempos del cólera y varias
colecciones de cuentos magistrales. En 1982 recibió el Premio Nobel deLiteratura.Consideradas a veces las obras anteriores a
Cien años de soledad
comoacercamiento o tentativa de la gran novela que habría de llegar, cada vez más lacrítica subraya el valor que, en sí mismos, poseen esos títulos tempranos, que noprimerizos, de García Márquez, por encima de los elementos que los conectan consu gran novela. Tal es el caso de
El coronel no tiene quien le escriba,
segundo desus libros. «Sería un error descartarlos como intentos frustrados; particularmente
El coronel no tiene quien le escriba
es una pequeña obra maestra del estilocondensado de García Márquez» (José Miguel Oviedo). Con todo, ydada la fuerza del mundo macondino del autor, es difícil sustraerse a señalarsemejanzas y diferencias entre ambos títulos.En El
coronel no tiene quien le escriba
 ya hay un germen de desmesura, concretamente en lo que al tiempo serefiere (esa larga espera del protagonista por su pensión siempre demorada); está, desde luego, el tema de lasoledad; las reiteraciones de ciertos elementos, las guerras como telón de fondo, el simbolismo de algunos objetos(o animales: el gallo, que es la herencia del hijo muerto). El lenguaje, sin embargo, es sobrio, contenido, y el relatocasi en línea recta, aunque el peculiar sentido del ritmo, las interminables idas y venidas del protagonista, queprovocan una cierta obsesión en el lector, resulta fundamental y confiere carácter a esta novela que ha sidollevada al cine recientemente, y con acierto, por el director mexicano Arturo Ripstein, con la actriz españolaMarisa Paredes en el papel de la paciente mujer del coronel.
 
 
Prólogo
 José Manuel Caballero Bonald
Cuando leí
El
 
coronel no tiene quien le escriba
tuve la sensación de reconocer elpueblo innominado en que se desarrolla la acción de la novela, cuya primera ediciónen la colombiana revista «Mito» data de 1958. El caso es que, no mucho después deesa lectura, cuando yo vivía en Bogotá, realicé una travesía por el rió Magdalena enun vapor propulsado por ruedas de paletas, desde Barrancabermeja, en la zonaselvática de Casabe, hasta la mar caribe de Barranquilla. Las sucintasdescripciones del espacio físico en que enmarca García Márquez su novela,coincidían por algún razonable motivo con uno de esos pequeños puertos en querecalaba, fugazmente mi barco. Aunque el narrador no proporcione ninguna pista,llegué a convencerme entonces de que el pueblo en que el coronel esperaba la cartaque nunca llegó era Magangué, una especie de balcón fluvial de las sabanas deBolívar, no lejos ya del Atlántico. Tampoco es que esa localización suponga ningúndato relevante, pero me agrada ese presunto hallazgo del lugar desapacible en quemalvivía aquel viejo ex combatiente revolucionario. Las imágenes portuarias, lapresencia sensible del río, las callejas una y otra vez recorridas por la triste figuradel coronel, ese «laberinto de almacenes y barracas con mercancías de colores enexhibición», remitían sin duda al puerto fluvial de Magangué, por donde yo anduve justo cuando
El coronel no tiene quien le escriba
se publicaba en libro (Medellín,Aguirre, 1961). Incluso es muy posible que me cruzara con el coronel durante algunode sus obstinados paseos hasta el muelle para vigilar cada viernes, a lo largo demás de un cuarto de siglo, la llegada de la lancha del correo.Después de algunos cuentos y reportajes publicados a partir de 1947 y de lanovela
La hojarasca
(Bogotá, Ediciones S. L. B., 1955), viene por su ordencronológico
El coronel no tiene quien le escriba.
Si
 
bien García Márquez aún no habíaalcanzado el general reconocimiento que le deparó
Cien años de soledad
(BuenosAires, Sudamericana, 1967), ya estaban ahí estabilizados sus más reconociblesmodales estilísticos. La dinámica expresiva, la agudeza de la adjetivación, laatractiva estructura del texto, avisan -o son una consecuencia- de las mejores trazasnarrativas de García Márquez. Pero en
El coronel no tiene quien le escriba
hay comouna limpieza retórica muy especial, como si la poética de su autor no se hubieseperfeccionado todavía con el uso. La novela supone, en efecto, un acabado modelode sencillez, de naturalidad discursiva y hasta de inocencia verbal. Montada sobreunos aparejos literarios extremadamente simples, todo queda sujeto a la pericia delnarrador para dotar al texto de unas persuasivas recetas léxicas y sintácticas ymantener constantemente en vilo la atención del lector. Incluso se podría hablar deesa rara astucia de que se vale García Márquez en el suministro de sorpresasexpresivas y en la escueta manifestación de lo aparentemente complejo.La trama de la novela responde asimismo
a
una sobria conducción temática.
 
No hay intermitencias ni desvíos, todo se ajusta al explícito relato de la vidacotidiana del protagonista. Víctima de la insolidaridad y el abandono, ese anónimo
 
coronel, veterano de la «última guerra civil», lleva veinticinco años confiandovanamente en la ratificación oficial de la pensión que le correspondía. «Nunca esdemasiado tarde para nada», proclama sentenciosamente. Abocado a la miseria,torturado por el desdén y el olvido, el coronel se enfrenta cada día a una indigencialaboriosamente compartida con su mujer, enferma de asma. No hay respiro en esamenesterosa y dramática tesitura vital. El coronel invalida como puede su dignidadsobreviviendo con préstamos y equilibrios difíciles. Ha ido vendiendo todo lovendible que había en su ruinosa casa, menos un gallo de pelea que mantiene acosta de la propia y definitiva vecindad con el hambre. ¿Por qué esa resistenciaúltima a desprenderse de un gallo cuya sola alimentación incluso le exige al coronelsacrificios imposibles? Tal vez habría que adjudicarle a ese gallo, como hace Mario Vargas Llosa en suestudio
García Márquez: Historia de un deicidio
(Barral, 1971), un cierto rango demetáfora política. Aunque la hipótesis puede resultar demasiado rebuscada, esadesconcertante actitud del coronel negándose a vender un gallo que había sido desu hijo, asesinado por repartir hojas clandestinas, puede corresponderse con unfondo de entereza frente a una determinada situación política. Aunque en ningúnmomento se haga referencia expresa a esa situación, su aliento subyace en toda lanovela, se filtra de continuo en los diálogos de los personajes: el toque de queda, laresistencia armada, la censura del padre Angel, la batida de la policía, losprivilegios de don Sabas
 
 y toda una serie de sobreentendidos y medias tintas quedefinen sin mayores matices el tenso clima político del pueblo.La ambientación local de
El coronel no tiene quien le escriba
incide en una desolacióna veces atenuada por algún negro rasgo humorístico, pero tampoco se aportaninformaciones concretas sobre el paisaje urbano. Sólo se entrevé lo que sugiere elitinerario angustioso del coronel. la administración de correos, la sastrería, elconsultorio del médico, la gallera, el despacho del abogado... Y luego queda laimagen general del pueblo aplastado por la asfixia hedionda del calor y laincansable cobertura de la lluvia: «todo será distinto cuando acabe de llover». Unosescasos detalles decorativos, unas pocas pinceladas bastan para completar unacomposición suficiente del escenario. Yen medio de las desdichas cotidianas, comoen un sistema poético de vasos comunicantes, reaparece el mundo entre ficticio yreal que ocupa todo el espacio imaginativo de García Márquez: Macondo, de dondesalió el coronel para entregarle a Aureliano Buendía los fondos de la Revolución. Yasí vuelve también a reactivarse la cruel esperanza de que un día llegará la carta enque se le anuncia al coronel el otorgamiento de su pensión. Todo el alcance social yliterario de la novela se apoya en esa injusticia y ese infortunio.
 
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