Desde luego, la carta parece desconocer en qué consiste exactamente unaanalogía. Cuando se argumenta por analogía (como en el caso que erizó a Larraín) seequiparan realidades que no son iguales en todos sus aspectos, pero quecoinciden en alguna característica relevante (que es la que importa para laargumentación). Es obvio que Ana Frank no es Bachelet en un sinnúmero deaspectos. Pero en algo coinciden: ambas fueron víctimas de abusos en razón de suidentidad (étnica en un caso, política en el otro). Y ambas son sólo una delas miles de víctimas que, en diversos grados, padecieron lo mismo. Y esaequivalencia es la que justifica la analogía: bajo ese respecto -el abuso deque fueron víctimas por parte de quienes monopolizaban la fuerza-, ambassituaciones merecen la misma evaluación moral y quienes la ejecutaron, lamisma condena.Por supuesto no es eso lo que piensa Carlos Larraín y tampoco es eso lo que,en el fondo de su corazón, piensa la derecha. El dirigente de Renovación Nacional afirma que los casos son incomparables porque mientras Ana era una niña a la que se persiguió por ser judía,Bachelet era "mayor de edad y ya manifestaba opiniones políticas". Esdifícil entender por qué esa sería una diferencia relevante desde el puntode vista del abuso que vivieron la una y la otra. ¿Acaso no es igualmentereprochable perseguir a alguien por su origen que hacerlo por las ideas quedefiende?, ¿no es igualmente repugnante infringir los derechos básicos deuna niña que los de una mujer adulta?, ¿no es quizás igual maltratar a una por lo que es y a otra por lo que cree? Por supuesto que es igual. Salvo, claro, que usted piense que mientras Ana no tuvo culpa en lo que leocurrió, Bachelet (y los miles que padecieron lo que ella) sí.
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