correctamente. Estábamos todos tan conmovidos por su asesinato que debimos de cometer ungrave error. Y el alma de Nefer se manifiesta así para reclamar la paz a la que aspira.—¿Y si se tratara de un espectro ávido de sangre?—Imposible.Paneb comprobó que llevaba los dos amuletos indispensables para lanzarse a tan peligrosaaventura: un ojo y un escarabeo. El ojo, de esteatita, era un regalo de Ched el Salvador, elmaestro que le había revelado los secretos del dibujo y la pintura. El precioso talismán habíasido animado por la potencia celeste y la mujer sabia; gracias a él, la mirada de Ardientediscernía aspectos de la realidad que escapaban a los demás hombres. En cuanto alescarabeo, tallado en la Piedra de Luz, el principal tesoro del Lugar de Verdad, encarnaba elcorazón justo, el órgano de percepción de lo invisible y de las eternas leyes de armonía.—¿Es visible mi nombre?Uabet comprobó que las palabras «Paneb el Ardiente», escritas en tinta roja sobre elhombro derecho del coloso, estaban correctamente trazadas.—Por última vez —imploró la muchacha—, te suplico que renuncies.—Quiero probar definitivamente mi inocencia y la de Nefer.Se había levantado un extraño viento que penetraba en las moradas bien protegidas, noobstante, y su lúgubre voz parecía proferir amenazas.Aperti, asustado, intentaba ocultarse en un cesto para la ropa; pero su corpulencia, que loconvertía en el más fortachón de los adolescentes de la aldea, sólo le permitió ocultar el busto.Paneb lo asió por las caderas y lo puso bruscamente de pie.—¡Eres grotesco, Aperti! Toma ejemplo de tu hermana, que duerme tranquilamente.En ese momento, Selena rompió a llorar. Su madre la calmó, acunándola.—Volveré —prometió Paneb.Era una noche de luna nueva, oscura, y el silencio reinaba en el Lugar de Verdad. Protegidatras los altos muros, la aldea parecía adormecida. Pero al pasar por la calle principal, orientadade norte a sur, Paneb oyó fragmentos de conversaciones, murmullos y lamentos. La cofradía,situada a quinientos metros de los límites de las crecidas más fuertes, ocupaba todo el espaciode un valle desértico, un antiguo lecho de torrente flanqueado por colinas que tapaban la vista.Aislado del valle del Nilo, a igual distancia del templo de millones de años de Ramsés elGrande y de la colina de Djmé, donde descansaban los dioses primordiales, el Lugar de Verdadvivía aparte del mundo profano; disponía de su propio templo, de capillas, oratorios, talleres,cisternas, silos, una escuela y dos necrópolis donde eran enterrados los artesanos y susíntimos.Paneb se detuvo.Le había parecido ver a alguien deslizándose por una calleja secundaria.Insensible al miedo, observó las moradas de eternidad de la necrópolis del oeste, la mayoríade ellas coronadas por pequeñas pirámides puntiagudas de calcáreo blanco. Cuando Raestaba visible en el cielo, brillaban con una luz a veces cegadora. Estelas de vivos colores, jardincillos plantados de flores y arbustos, acogedoras capillas de fachadas blancas quitabancualquier carácter funerario al apacible paraje en el que los antepasados de la cofradía velabanpor sus sucesores.Pero aquella noche, en el sendero que llevaba a la tumba de Nefer el Silencioso, Panebpercibió una presencia hostil.¿Y si se tratara del traidor, que intentaba atraerlo hacia una emboscada para deshacerse deél? El coloso se alegró ante aquella idea; ¡qué placer le daría destrozar el cráneo del perjuro!La morada postrera de Nefer el Silencioso era tan vasta como espléndida. Ante la entradade la capilla accesible a los vivos, Clara había plantado una persea que crecía conextraordinaria rapidez, como si el árbol tuviera prisa por extender su bienhechora sombra sobreel patio al aire libre donde se celebrarían los banquetes en honor del difunto.Paneb franqueó el pilono, que parecía el de un templo, y se detuvo de nuevo, en medio deaquel patio. La presencia hostil se aproximaba. ¿Pero de dónde podría surgir el espectro, sinode la hendidura practicada en la pared de la capilla para dejar a la estatua viva de Nefer laposibilidad de contemplar el mundo terrestre?El coloso se aproximó a ella lentamente, como si descubriera un lugar que, sin embargo,conocía mejor que nadie, puesto que él mismo lo había decorado por completo: la morada deeternidad de su padre espiritual.Si se hubiera precipitado, como solía hacer, Paneb no habría visto la sombra rojiza quebrotaba del pozo funerario, que había sido cegado con piedras. El espectro intentó estrangular
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