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Título:
LA PIEDRA DE LUZ 1NEFER EL SILENCIOSO
Autor: (2000) Christian JacqTítulo Original: Nefer Le SilencieuxTraducción: (2000) Manuel Serrat CrespoEdición Electrónica: (2002) Pincho
 
PREFACIO
El mundo entero admira las obras maestras del arte egipcio, trátese de pirámides, de templos, de tumbas, de esculturas o de pinturas. Pero ¿quién creóesas maravillas cuya potencia espiritual y mágica nos llega al corazón? En ningúncaso hordas de esclavos o de peones explotados, sino cofradías cuyos miembros,en restringido número, eran a la vez sacerdotes y artesanos. Sin separar el espíritude la mano, formaban una verdadera élite que dependía directamente del faraón.Por fortuna, poseemos una abundante documentación sobre una de esascofradías que, durante unos cinco siglos, de
1550
a
1070
a. J.C., vivió en una aldeadel Alto Egipto prohibida a los profanos.Tenía esta aldea un nombre extraordinario: el Lugar de Verdad, en egipcio
setMaat,
es decir, el lugar donde la diosa Maat se revelaba en la rectitud, la exactitud y la armonía de la obra que llevaban a cabo generaciones de «servidores del Lugar de Verdad».Implantada en el desierto, no lejos de los cultivos, la aldea estaba rodeada por altos muros, tenía su propio tribunal, su propio templo y su propia necrópolis; losartesanos vian alen familia y gozaban de un estatuto particular, dada laimportancia de su misión primera: crear las moradas de eternidad de los faraonesen el Valle de los Reyes.Todavía hoy pueden descubrirse los vestigios del Lugar de Verdad visitando el  paraje de Deir el-Medineh, en la orilla oeste de Tebas; las partes bajas de las casasestán intactas y se recorren las callejas que hollaron los maestros de obra, los pintores, los escultores y las sacerdotisas de la diosa Hator. Santuarios, locales decofradía, tumbas admirablemente decoradas marcaban el carácter sagrado del lugar, provisto también de reservas de agua, graneros, talleres e, incluso, de unaescuela.He intentado hacer revivir a esos seres de excepción, sus aventuras, su vidacotidiana, su búsqueda de la belleza y de la espiritualidad, en un mundo que aveces se mostró hostil y envidioso. Salvaguardar la propia existencia del Lugar deVerdad no fue siempre cil, y no faltaron las s variadas asechanzas,especialmente en el turbulento período durante el que se desarrolla este relato.Sea dedicada esta novela a todos los artesanos del Lugar de Verdad que fuerondepositarios de los secretos de la Morada del Oro y consiguieron transmitirlos ensus obras.
 
PRÓLOGO
Hacia medianoche, nueve artistas conducidos por su jefe de equipo salieron delLugar de Verdad y comenzaron a trepar por un estrecho sendero iluminado por laluna llena. En la cima de una colina que dominaba el Lugar de Verdad, se levantabala aldea de los constructores de la morada de eternidad del faraón, instalada en eldesierto y rodeada de muros para preservar sus secretos. Oculto tras un bloque decalcáreo, Méhy contuvo un grito de alegría.Desde hacía varios meses, el teniente de los carros intentaba conseguir ciertasinformaciones sobre esa cofradía que se encargaba de excavar y decorar lastumbas del Valle de los Reyes y el de las Reinas.Pero nadie sabía nada, a excepción de Ramsés el Grande, protector del Lugar deVerdad, donde maestros de obras, canteros, escultores y pintores eran iniciados ensus funciones, esenciales para la supervivencia del Estado. La aldea de losartesanos tenía su propio gobierno, su propia justicia y dependía directamente delrey y de su primer ministro, el visir.Méhy sólo debería haberse preocupado de su carrera militar, que se anunciababrillante; pero ¿cómo olvidar que había solicitado su admisión en la cofradía y quesu candidatura había sido rechazada? Nadie se burlaba así de un noble de sucalidad. Despechado, Méhy se había orientado hacia el arma de élite, los carros,donde su talento había hecho maravillas. No tardaría pues en ocupar un puestoimportante en la jerarquía.El odio había nacido en su corazón, un odio que aumentaba cada día contra esamaldita cofradía que le había humillado y cuya mera existencia le impedía conoceruna felicidad perfecta.De modo que el oficial había tomado una decisión: o descubría todos los secretosdel Lugar de Verdad y los utilizaba en su benefició o destruía ese isloteaparentemente inaccesible y tan orgulloso de sus privilegios.Para lograrlo, Méhy no debía dar ningún paso en falso ni despertar sospechaalguna. Durante los últimos as, sin embargo, haa dudado. ¿Acaso los«servidores del Lugar de Verdad», según la denominación oficial, no eran sólo unosdespreciables fanfarrones cuyos pretendidos poderes sólo eran espejismos eilusiones? ¿Y el Valle de los Reyes, tan bien guardado, no preservaba algo más quecadáveres de monarcas petrificados en la inmovilidad de la muerte?A fuerza de ocultarse en las colinas que dominaban la aldea prohibida, Méhyhabía esperado sorprender los ritos de los que nadie hablaba; la decepción habíaestado a la altura de los esfuerzos realizados.Pero esta noche, por fin, tenía lugar el acontecimiento tan esperado.Los diez hombres, uno tras otro, subieron a la cresta de la colina del oeste ycaminaron lentamente, a lo largo del acantilado, hasta el collado donde se habíanconstruido unas chozas de piedra que ocupaban en ciertos períodos del año. Desdeallí, les bastaba con tomar un camino que descendía hacia el Valle de los Reyes.En el colmo de su excitación, el teniente de carros cuidó de no hacer rodaralguna piedra y revelar así su presencia. Conociendo el emplazamiento de lospuestos de observacn, ocupados por polias encargados de garantizar laseguridad del valle prohibido, Méhy arriesgaba, sin embargo, su vida. Armados conarcos, aquellos cancerberos tenían órdenes de tirar sin previo aviso.A la entrada de aquel lugar, sagrado entre todos, donde desde el comienzo delImperio Nuevo descansaban las momias de los faraones, los guardias se apartaronpara dejar paso a los diez servidores del Lugar de Verdad.Con el corazón palpitante, Méhy trepó por una empinada pendiente desde donde
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