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Los+Remedios+de+La+Abuela

Los+Remedios+de+La+Abuela

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LOSREMEDIOSDE LAABUELA
Jean Michel Pedrazzani
Este libro fue pasado a formato Word y con LETRA AMPLIADA para facilitar la difusión, ycon el propósito de que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más.HERNÁN
♦♦♦
PRIMERA EDICIÓN 1977
 
Prólogo
 Antaño, el ferrocarril parecía a la mayoría de los mortales una aventura costosa y llena de peligros, siendo preferida la seguridad de un buen caballo enganchado al cabriolé familiar. Y, como sea que la sabiduría popular quería que un viajero sagaz cuidara de su propia montura, se economizaba el animal simplementedesplazándose poco.Mi abuela nunca se quejó de ello. Los dos kilómetros que separaban su casa de la aldea bastaronsiempre ampliamente para llenar sus sueños de evasión. Incluso a veces le ocurría que encontraba el trayecto demasiado largo, cuando, recorriendo el pedregoso camino con su cesta de provisiones al brazo,no tenía la fortuna de encontrarse con un vecino lo suficientemente atento como para reservarle un lugar enla parte de atrás de su carreta.La buena mujer llea centenaria, lo que me valla alegría de pasar junto a ella numerosasvacaciones y le permitió enseñarme un montón de cosas.Naturalmente, jamás pude pedirle que me iniciara en las complejas leyes de la física, ni que me hiciera penetrar en los
 
sutiles arcanos de la filosofía; pero en cambio resultó una maravillosa profesora del «saber vivir», en el sentido más literal del término. Y en el más noble también, ya que me enseñó una auténticaética, muy distinta de este sucedáneo, esta «calidad de vida» de la que se habla hoy en día.Ecologista antes de tiempo, esa vieja dama que jamás abandonó su aldea, excepto para asistir a laboda de un primo lejano, reglaba sin forzarse su existencia al ritmo de la naturaleza, levantándose con el sol y acostándose al mismo tiempo que sus gallinas. Supe después que un médico alemán, el doctor George-Alfred Tienes, había elevado esta forma de reposo cotidiano a la altura de una terapéutica,bautizándola con el nombre de «sueño natural». Lo cual, pese al éxito innegable, no dejó de provocar laironía de sus colegas.En cuanto a las enfermedades, puedo decir que mi abuela prácticamente las ignoró a todo lo largo desu existencia. Eso no quiere decir que fuera más robusta que cualquier otra mujer, sino que simplementese negaba a «escucharse» o a conceder importancia a cualquier indisposición.Sobre todo teniendo en cuenta que en aquella época era preciso que el caso fuera extremadamentegrave para decidirse a consultar al médico. Lo cual por otro lado resultaba lógico, ya que los facultativos,que por aquel entonces conservaban aún un cierto buen sentido, no acudían más que muy raramente al arsenal quimioterápico, y se contentaban con recetar remedios naturales que pudiera administrarse unomismo.Y Dios sabe que mi abuela conocía un gran número de estos «remedios caseros», tan injustamentedesacreditados hoy en día. Tenía recetas para todo. Para los dolores de barriga, las migrañas, las verrugas,las pupas e incluso las
 
heridas graves. Gracias a su ciencia, las desolladuras de mis rodillas se curaban sindolor; las indisposiciones pasajeras
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consecuencia muy a menudo de una gula desenfrenadasedesvanecían en un abrir y cerrar de ojos; incluso los resfriados desaparecían mediante sabrosasdecocciones.Su farmacia consistía en varios tarros de perfume sutil, y su Codex se hallaba resumido en un viejocuaderno donde se hallaban, mezcladas, las recetas de cocina y las tisanas. ¿De dónde le venían susconocimientos? Habría sido incapaz de responder a esta pregunta. Como máximo habría podido indicar quetal o cual preparación había sido puesta a punto por un lejano antepasado, y que los secretos le habían sidotransmitidos por su propia madre. Las demás correspondían a lo que siempre se había practicado en laregión y que ella había ido anotando de sus conversaciones con sus vecinos.He recuperado este maravilloso cuaderno. Forma la base de este libro. Es pues a partir de estadocumentación excepcional que he establecido mi plan y orientado mis investigaciones, con la preciosacolaboración del escritor Francois Lancel.J. M. P.
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Comer para vivir 
El pequeño restaurante, al borde de la carretera nacional, tiene un aspecto atractivo. La fachada estárecorrida por la viña loca. Las contraventanas rojas y las ventanas blancas han sido repintadasrecientemente. Un gran aparcamiento espera a los vehículos de estos eternos nómadas que son loscamioneros. Todos se paran. Con plena confianza.Sin embargo, estos forzudos hombres con camiseta color azul que se sientan tranquilamente ante suplato se sentirían enormemente sorprendidos si se les dijera que la cocina que están devorando con elapetito de todos aquellos que efectúan trabajos duros, es la peor enemiga de su salud. Aquí, se sientencomo en su casa. Comen como en su casa y, por definición, esto quiere decir que comen algo bueno, sano.Pero las papas fritas que cogen con los dedos de la gran bandeja han sido cocidas en un aceiterecalentado veinte veces, y están tan mal escurridas que dejan sus labios untados. La ensalada que lasacompaña, además de provenir de un hortelano que practica el cultivo intensivo, ha sido condimentada conun vinagre de alcohol coloreado; el huevo duro que han tomado en los entremeses (entradas) estabaadornado con una mayonesa de tubo tan apagada e insípida que ha sido necesario salarla de nuevo yespolvorearla abundantemente con pimienta para darle algo de sabor; el flan que se van a tomar dentro deun momento, como postre, ha sido hecho en una fábrica y se conserva tan sólo gracias a los aditivosquímicos.En cuanto al pan, que comen a enormes bocados, no vale mucho más que el resto. Es blanco, deacuerdo, pero esto no es una cualidad. Sobre todo teniendo en cuenta que se debe al ácido ascórbico y noya a la levadura que realzaba el pan de antaño.El vino con el que llenan sus vasos de pyrex no debe su grado alcohólico más que a sabias mezclas,cuando no a una alquimia más o menos prohibida que, añadido tras añadido, lo ha convertido en un líquidoque no tiene más que un lejano parentesco con el producto de la vid.Cuando se marchen, tras el tradicional café al ron, tendrán la impresión de haber comido bien, de haber recuperado fuerzas. En realidad, habrán sobrecargado inútilmente su organismo de aceites y de grasas quedeberán eliminar; deteriorado un poco más el estado de sus mucosas gástricas, ya bastante corroídas por todos los productos de síntesis que entran hoy en la composición de los alimentos; comprometido susreflejos tanto por la difícil digestión que se prepara, como por los pequeños excesos de alcohol que se hanpermitido. Al final del camino, cuando llegue la edad del retiro, encontrarán aguardando el colesterol, la úlcera, lasinfiltraciones grasas del hígado. Como aguardarán también a los hombres de negocios que, entre comidasgastronómicas y cenas de negocio, ven su silueta redondearse y subir su tensión arterial. O al empleado deoficina con prisas que, al mediodía, no se concede más que un bocadillo en la barra del bar de la esquinapara tener así tiempo de hacer sus
cosas.
Lo más grave es que ni el dueño del restaurante ni el del bar son responsables de ello. La culpaincumbe a nuestra forma de vivir, a nuestras prisas, a la superpoblación del planeta que obliga a loscultivadores a utilizar todos los recursos de la química para aumentar artificialmente el rendimiento de susuelo, a los pesticidas, a los insecticidas, a los herbicidas, selectivos o no.Se han efectuado análisis en focas del polo norte y en pingüinos de la Antártida. Han revelado lapresencia, en cantidades relativamente importantes, de un producto inasimilable y tremendamentepeligroso, el D.D.T., cuando estas regiones nunca han sido objeto de un tratamiento a base de esteveneno.Ésta constituye la prueba de que todo nuestro universo está contaminado, que el productor más íntegro,que busca honestamente hacer crecer sus verduras «biológicas», avanza inexorablemente hacia unfracaso. Naturalmente, siempre es preferible consumir alimentos en los cuales se ha evitado en el mayor grado posible los contactos con estas sustancias nocivas. Pero es preciso saber que ya es imposible noencontrar sus huellas, sean cuales sean las precauciones que hayan sido tomadas.Más que nunca, «el hombre cava su tumba con sus dientes». Dientes por otro lado deteriorados, consus encías debilitadas de tanto masticar pollos de carne blanda y bistecs (bifes) pasados por elreblandecedor.La sabiduría, en esta situación, consistiría en intentar minimizar las posibles consecuencias de esteestado de hecho. Pero podemos constatar que no se hace nada. Peor incluso, parece que todos nos lasingeniamos en agravar aún más sus efectos no tomando ninguna precaución de higiene alimentaria;tragando no importa qué, no importa dónde, no importa cómo, sin preocuparnos de las desastrosasconsecuencias que esto puede tener en nuestro organismo. Los desarreglos que resultan de ello se hanvuelto tan comunes, tan corrientes, que se ha creado una nueva rama de la medicina. Recibe el nombre dedietética, y se propone simplemente volver a enseñarnos a comer, no solamente para ayudarnos amantener «la nea», sino sobre todo para proporcionarnos los medios necesarios para luchar victoriosamente contra las úlceras, cánceres y otras enfermedades llamadas «de la civilización».Numerosos investigadores, pues, se han abocado a examinar lo que consumimos. Han dosificado lasvitaminas y las sales minerales, analizado los menores componentes y estudiado todas las reaccionesquímicas que pueden producirse, tanto al nivel de la cocción como al de la digestión; a resultas de lo cual,han establecido tablas, verdaderos
vademécum
de la higiene alimentaria, donde se hallan relacionadas las
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