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El Titicaca para todos

El Titicaca para todos

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En su edición de junio del 2009, la revista Travesías de México, publica un artículo de mi autoría sobre el lago Titicaca.
En su edición de junio del 2009, la revista Travesías de México, publica un artículo de mi autoría sobre el lago Titicaca.

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Published by: Rolly Valdivia Chávez on Jun 04, 2009
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TITICAC
para todos
El lago navEgablEmás alto dEl mundo, quEunE pErú con bolivia,Es El impactantEtElón dE fondodE algunas dElas ExpEriEncias mássingularEs quE puEdEnvivirsE En sudamérica,todo con la idEa dEbEnEficiar al sitio y a la gEntE quEvivE En él.
P
Rolly Valdivia
EL
    F   o    t   o   s   c   o   r    t   e   s    í   a    T    h   e    A   n    d   e   a   n    E   x   p   e   r    i   e   n   c   e    C   o .
Terraza Hotel Titilaka.
 
En una casa tibia, acogEdora
 y sin puerta principal “porque en nuestra isla no hay ladrones”,una mujer aimara propone y describe travesías tentadoras en lasaguas profundamente azules de un lago legendario, en el serpen-tear de varios caminos que conducen a atalayas que desnudan elaltiplano, y en los surcos de una chacra en la que hay que escarbar (cosechar) la papa.La observo y la escucho. “Mañana iré a pescar”, cuenta, y la imagino levantándose antes del amanecer. Salir silenciosamente desu cuarto. Caminar entre sombras hacia el muelle. Subirse al boteque se bambolea y maniobrar con destreza la vela.Sí, allí está ella, dirigiendo su pequeña embarcación en la in-mensidad del lago navegable más alto del mundo, recogiendo conafán la red tendida en una jornada anterior, vendiéndole monton-citos de pejerreyes (uno de los peces del lago) a 
 Largo
, el bolivianoque va de velero en velero, recogiendo la pesca de Anapia para co-mercializarla al frente, en el estrecho de Tiquina.“¿Te gustaría acompañarme?”, me pregunta María. “No lo sé—respondo—. Usted qué me recomienda”.
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Travesías
Titilaka Lago Titicaca.
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Mi antriona me mira con ojos de extrañeza,tal vez con el mis-mo desconcierto con el que escucha las palabras incomprensiblesque pronuncian los extranjeros que ella atiende cuando está de tur-no,cuando le toca recibir turistas,según el orden acordado por elcomité de hospedaje del distrito insular de Anapia (provincia de Yunguyo,Puno). Al presentarse esas emergencias y enredos idiomáticos,su hi-jo José y hasta su esposo Raúl —profesor y director de la escuela70234— buscan ayuda en los diccionarios bilingües que la familiaguarda como un tesoro.Así se las arreglan.Así se entienden consus visitantes:estadounidenses,canadienses,a veces europeos que vienen a su isla en busca de vivencias,de experiencias inéditas,dematices rurales.Pero esta noche es distinta.No hay palabras en otras lenguas y no es necesario recurrir de urgencia al diccionario,aunque su hués-ped —un compatriota que apareció de improviso en la lancha co-lectiva que todos los jueves y domingos zarpa y atraca en el puertocargada de bultos y de gente— se la ha puesto difícil con eso de lasrecomendaciones. Y es que doña María Chávez Zegales no es adivina ni bruja parasaber exactamente qué le puede gustar a su recién llegado.Intu- ye,eso sí,pues no es una primeriza en los avatares turísticos y haaprendido mucho desde la primera vez que hospedó a un extraño,por insistencia de un pariente que era lanchero y cada cierto tiempotraía gente de otras latitudes.Ella no quería,decía no,en español,y también en aimara —sulengua materna—,pero el pariente logró convencerla.Y allí estabaella frente a los extraños,muriéndose de la vergüenza y sin saberqué decir ni cómo actuar,queriendo que se la trague la tierra o,me-jor dicho,el Titicaca,que aquí es lo más grande y poderoso.Pero doña María no es la única que se azoraba en aquellos tiem-pos precursores.Sus compañeras que también dan alojamiento ensus viviendas enfrentaron situaciones similares.Y es que no es fácilrecibir gente de otros países de un día para el otro.Hay un choquecultural,un impacto,un no saber cómo reaccionarán los foráneos.Surgen dudas:les gustará la isla,la comida,su cuarto.“Ahora es distinto.Nos hemos capacitado y nos alegramoscuando tenemos visitas.Además,poco a poco vamos mejorandonuestras casitas,poniéndolas bonitas”,me diría minutos antes laseñora Teodora,actual presidenta del comité de hospedaje,cuandome guiaba linterna en mano por las callecitas polvorientas de la is-la.Un territorio que empezaba a explorar.
TITILAKA:OTRO PUNTO DE VISTA
“¿Qué me recomienda?”, le vuelvo a preguntar a María. Mis pa-labras parecen despertarla, extraerla de una profunda reexión.Quizás estaba pensando en Pablo (de 20 años) y Jesusa (de 17),sus hijos mayores que viven en Puno. Allá está la universidaddonde se harán profesionales. No es por nada que su esposo y ella se matan trabajando.“Usted debe estar cansado.Usted viene de… ah,Titilaka,medijo.Eso está cerca de Puno ¿no? ¿Y qué vio allí,le gustó,es comoaquí? Me interroga María y entre sorbos de mate de coca,le cuen-to mi experiencia en uno de los hoteles más impactantes del granlago,donde todos los ambientes,todas las habitaciones,ofrecen vistas inolvidables.Titilaka,en el distrito de Platería (provincia de Puno) fue miestación previa antes de zarpar hacia Anapia.Lo disfruté durantetres jornadas en las que me enteré de su losofía conservacionista,de su afán por generar progreso y de capacitar a los pobladores delas comunidades circundantes,aún empobrecidas.“Sesenta por ciento de nuestros trabajadores son de la comu-nidad y 95 por ciento de la región”,se enorgullece Virginia Mama-ní,la jefa de servicio de un alojamiento de primera.Las instalaciones —amplias,luminosas,decoradas con ma-tices regionales y contemporáneos— son el fruto de un arduoproceso de remodelación.“Antes de nuestra llegada,este era un ho-tel abandonado.Dos años estuvo cerrado.Nosotros,con el apoyode la comunidad vecina,le dimos vida,lo transformamos”. Al de-cirlo, Marco Castro Manrique, gerente de Proyectos y DesarrolloHotelero de The Andean Experience Co. —la empresa propieta-ria de este hotel de diseño en las orillas del lago sagrado— pareceemocionarse y sentir una auténtica satisfacción por el resultadoobtenido. “No me vas a creer, muchas de las antiguas habitacio-nes no tenían vista al lago, igual pasaba con el comedor”, arma.Hoy todo es distinto.El Titicaca está siempre allí.Se puede ver y contemplar desde cualquier lugar.Sus cambios de tonali-dad,el paso de los botes,el revolotear de las aves,el sol muriendo enel horizonte lacustre,el mismo sol que,según la leyenda,mandó asus hijos para fundar el Tawantinsuyo,el imperio de los incas.Pero además,la remodelación arquitectónica vino acompaña-da de un cambio de enfoque respecto a la atención de los pasajeros.“Nosotros —explica Eduardo Oleachea,del área de marketing—no sólo brindamos alojamiento,lo que tratamos de ofrecer es unaexperiencia total y auténtica en la región”.El visitante puede escoger y armar su propio “menú” de excur-siones,de acuerdo con su condición física y sus intereses:desdecaminatas y paseos en bicicleta por las comunidades circundantes,hasta divertidas jornadas de navegación a la isla de Taquile y el ar-chipiélago de Los Uros o avistamiento de aves. Yo opté por salir a navegar hasta Taquile,una isla poblada pordescendientes quechuas aferrados a sus raíces culturales,a sus pro-pias leyes y su particular manera de entender el mundo.Al volver,un intérprete oriundo de Los Uros me llevó a un totoral (cañaveral) para buscar aves y,antes de retirarme,caminé por una playa llama-da Charcas y subí hasta un arco de piedra.Fue maravilloso.“Con razón tiene cara de sueño.Mejor duerma y olvídese de lapesca.Eso lo podemos hacer el sábado”,planica María,quien yaestá agarrando conanza y acaba de llamar a su hijo menor,José,de 9 años,para decirle que mañana saldrá conmigo a buscar a las vacas,a pasear por la isla.El plan es aprobado.Hora de dormir en una habitación sin lu-jos,pero con un buen colchón y varias frazadas poderosas,capacesde espantar el frío entrometido,una gélida cortesía de los más de
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Titilaka

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