P á g i n a
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Bajaron juntos a la calle y, tras despedirse con un apretón de manos, emprendieron cada unosu camino. Soraya miró el reloj; la cafetería no estaba tan lejos, si apretaba un poco el paso por laavenida de Las Canteras, llegaría puntual.En efecto, no se equivocó. Entró en el local y se dirigió a la mesa que había sido testigo dela mayoría de sus tertulias. Ambas eran amigas desde los años de instituto, y habían compartidocada una de las etapas que habían seguido a la adolescencia. Así que, como no podía ser menos, sesentó, dispuesta a inmiscuirle aún más en sus planes.Ella no tardó en llegar. Le dio un beso en la mejilla y le cogió el bolso y la chaqueta paraponerlos donde no estorbasen. La camarera se acercó a tomarles nota.—Un cortado con sacarina.—Un leche y leche.En cuanto la chica se hubo marchado con la comanda, Marta le clavó sus enormes ojosverdes, exigiendo información.—¿Y bien? ¿Fuiste a verla?—Sí —respondió Soraya—, es preciosa. Techos altos, amueblada, salón, cocina, un baño,tres habitaciones…—¿Dónde está?—No muy lejos de aquí, en el puerto.—Pues ya me dirás dónde está el truco, porque por cien mil euros…—Te lo expliqué el otro día: son casas que ha puesto el banco a la venta. Con los tiemposque corren, hay gente que no puede hacer frente a la deuda y se quedan con ellas. Se comprende quetienen tantas que no les interesa conservarlas, sino obtener algo de líquido, aunque sea vendiéndolasa precio de saldo.—En resumen; que vas a aprovecharte de la desgracia ajena.—¿Qué quieres que haga? —protestó ella—. No soy lo que se dice millonaria, pero tengoque aprovechar mis ahorrillos.
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