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       P        á     g       i     n     a
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Cambio de sentido
 Nisa Arce
 
 
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— 1 ——Tal y como puede apreciar —dijo el representante de la inmobiliaria—, se trata de unavivienda con una excelente calidad – precio. Aunque tenga sus años, se encuentra en buen estado deconservación. Se podría incluso afirmar que está para entrar a vivir.—¿Los muebles y la cocina van incluidos en el precio? —preguntó Soraya.—Sí, por supuesto.—Vaya… Perdone, ¿me disculpa un momento?—Claro, adelante.Ella se alejó unos metros para buscar intimidad y sacó el móvil del bolso. Cuando escuchó lavoz de Marta al otro lado de la línea, profirió un suspiro de alivio.—¿Cómo ha ido?—Creo que me lo voy a quedar.—¿Estás segura?—Sí. Es que, por más que lo piense, dudo que vuelva a encontrar un chollo como éste.—¿Quieres que nos veamos para tomar un café y lo hablamos?—Te lo agradecería.—¿Dentro de media hora, donde siempre?—Perfecto. Hasta luego.Una vez finalizada la conversación, regresó al recibidor, en donde el amable comercialesperaba con la mejor de sus sonrisas.—¿Quiere volver a ver alguna habitación?—No, no hace falta. Creo que sigo muy interesada en esta casa.—¿Cuánto de interesada?—Lo suficiente como para concertar una nueva cita la próxima semana —contraatacóSoraya.
 
 
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Bajaron juntos a la calle y, tras despedirse con un apretón de manos, emprendieron cada unosu camino. Soraya miró el reloj; la cafetería no estaba tan lejos, si apretaba un poco el paso por laavenida de Las Canteras, llegaría puntual.En efecto, no se equivocó. Entró en el local y se dirigió a la mesa que había sido testigo dela mayoría de sus tertulias. Ambas eran amigas desde los años de instituto, y habían compartidocada una de las etapas que habían seguido a la adolescencia. Así que, como no podía ser menos, sesentó, dispuesta a inmiscuirle aún más en sus planes.Ella no tardó en llegar. Le dio un beso en la mejilla y le cogió el bolso y la chaqueta paraponerlos donde no estorbasen. La camarera se acercó a tomarles nota.—Un cortado con sacarina.—Un leche y leche.En cuanto la chica se hubo marchado con la comanda, Marta le clavó sus enormes ojosverdes, exigiendo información.—¿Y bien? ¿Fuiste a verla?—Sí —respondió Soraya—, es preciosa. Techos altos, amueblada, salón, cocina, un baño,tres habitaciones…—¿Dónde está?—No muy lejos de aquí, en el puerto.—Pues ya me dirás dónde está el truco, porque por cien mil euros…—Te lo expliqué el otro día: son casas que ha puesto el banco a la venta. Con los tiemposque corren, hay gente que no puede hacer frente a la deuda y se quedan con ellas. Se comprende quetienen tantas que no les interesa conservarlas, sino obtener algo de líquido, aunque sea vendiéndolasa precio de saldo.—En resumen; que vas a aprovecharte de la desgracia ajena.—¿Qué quieres que haga? —protestó ella—. No soy lo que se dice millonaria, pero tengoque aprovechar mis ahorrillos.

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