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Crimenes en Familia

Crimenes en Familia

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09/30/2012

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CRÍMENES EN FAMILIA
IAndrew llevaba dos días de ayuno y más de una semana sin un sueño tranquilo desde que seconvenció de que su familia trataría de deshacerse de él. Aquella noche de un viernes semaldijo por olvidarlo durante dos horas. El reloj despertador marcaba la falta de unosminutos para las once, pero ya no importaba. Seguía vivo. Podía sentir la sábana, húmeda por el sudor de una pesadilla que no podía recordar, pegaba a su cuerpo como un centenar desanguijuelas. Y aunque el viento no entraba al cuarto, a través de la ventana abierta podíaverlo agitar con furia el árbol. Cali, apagada, se encontraba inundada por la luz que caíadesde un cielo de brea.Como todas las noches, después Andrew observó bajo su puerta cerrada la sombra de unos pies deteniéndose –quizá para apoyar una oreja– y siguiendo el camino para bajar la escalerade caracol. Pero esta vez él abrió la puerta y fue a sentarse contra la pared del cuarto de laabuela Clara, vistiendo aún solo los jeans que había estado utilizando desde hace más de unasemana. A través de los barrotes que conformaban la escalera esperaba ver a alguien de lafamilia subiendo con un cuchillo. Pensaba que entonces se decidiría a huir, sin tener idea de adónde.Con el nuevo ruido de pasos dejó de pensar en lo que haría con tantos asesinos y selevantó para mirar a Marcela, a su propia madre, quien subía con el veneno servido en unacopa. La idea de empujarla cruzó su mente, pero su cuerpo no estaba dispuesto a moverse ni para evitar la amenaza de un cuchillo. Ante sus ojos, ella avanzó victoriosa unos escalonesmás, hasta que sus miradas se encontraron y sus pies intentaron volverla atrás y los escalonesse enredaron.Recuperando el dominio de sí, Andrew inclinado sobre la barandilla vio que de su madresólo quedaba el cadáver, con un pie engarzado en las barras, desnudo de la cintura para abajo.Después de la liberación de los vidrios rotos, el veneno deslizándose por el mármol sonaba ensu cabeza como un millar de burbujas estallando en la noche con el silencio al fondo, cualliquido viscoso, adueñándose del espacio. Ya a lo lejos se escuchaba un carro pasar cuandovolvió a refugiarse en su habitación.En la hora siguiente ninguna otra sombra cruzó bajo la puerta de Andrew y decidió salir.Descendió cada peldaño sólo para comprender que no había ningún cadáver esperándolo. Yen la cocina faltaba el cuchillo más grande, así como las llaves de la puerta que daba a lacalle, antes siempre pegadas a la nevera. Con el que seguía al espacio vacío en el portacuchillos regresó a buscar las llaves. Lo único que deseaba era salir de la casa.La sala y el comedor se encontraban limpios, despejados y no había lugar en ellos donde pudieran estar escondidas esas llaves. Ellas sólo podían estar en el segundo piso. Mojado enfríos espesos Andrew se dejó caer al comienzo de la escalera. A la luz, sus pies aparecíanmanchados por una leve oscuridad dolorosa, aunque claramente creía notar los efectosanestésicos del veneno. Se limpió como pudo y subió, intentando evitar los charcos en elmármol y la agonía de sus pies.La puerta de la habitación de sus padres la encontró entornada y la cruzó sin hacer ruido.
John Wynberg © 19941
 
En la cama, muy quieta y con los párpados abiertos, Marcela descansaba en brazos de suesposo. Ambos parecían dormidos, nada extraño para Andrew, quien había escuchado de personas que dormían con la mirada fija en un punto del techo. Pero como si hubiera estadoesperándolo, Martín le agarró la mano en un rápido movimiento y del susto le hizo caer elcuchillo. Sólo la almohada de plumas, entre mucho forcejeo y colocada un tiempo prudencialsobre la cara de su padre, pudo lograr que durmiera para siempre.Entre la confusión creyó oír a Marcela suspirando. Claro que al quitarle las llaves de susmanos tiesas, como ella estaba más fría que nunca y no daba más signos de vida, seconvenció que no había sido más que un producto de su imaginación. En el baño de al ladoencendió una bombilla y se quitó el jean, ensangrentado en la limpieza. Luego, cogiendoagua entre sus manos, aun temblando por el esfuerzo, se lavó cara y manos. Una puerta de allícomunicaba con la habitación de su hermana y no pudo resistir la tentación de verla por última vez.Abrió despacio y se arrodilló, en calzoncillos, a un lado de la cama. Por la ventana, abiertaa los pies de Kimberly, no se colaba ni una brizna de aire desde el patio. El cuarto era uninfierno más, donde dormía el pecado con camiseta de Mickey Mouse y pantys floridos. A laluz hasta podía ver los senos maduros y sin sostén y la sábana a un lado, enrollada.Tocándola reverencialmente, la despertó. –¿Qué haces? ¿Cómo entraste? –le preguntó Kimberly en un susurro de complicidad gravey sensual, tan tranquila que parecía incapaz de cometer una indiscreción como gritar.Andrew nunca la había deseado y en ese momento lo excitó. Pensó que, masturbándoseunas horas antes, ella aun estaría insatisfecha y dormida. –Decime, ¿yo te gusto? –Claro, eres mi hermano. –¿Te masturbás pensando en mí? –A veces –mintió ella después de un silencio, en una confusión que podía pasar por confesión.Kimberly se mostró como si nunca le hubiera pasado por la cabeza hacer el amor con suhermano, a quien le llevaba dos años. Pero ante unas manos tan suaves le fue imposiblerehusarse. Se dejó quitar la camiseta y los pantys, dejándose llevar, convencida de que noquedaría embarazada.El acoplamiento fue torpe e inseguro. Ambos parecían querer violarse mutuamente,luchando por penetrar y ser penetrado. Andrew, entre las piernas de ella, encontró las penetraciones sin el placer deseado. Kimberly estuvo a punto de gritar de frustración y lemordió el hombro cuando él le agarraba los senos como un salvaje. Pero luego, con las manosalrededor de su cuello, Andrew comenzó a apretar lentamente para incrementar la excitaciónde ella. Y al final Kim, al comprender que iba en serio, intentó gritar y quitárselo de encima,consciente de que ya no le quedaban fuerzas para nada.Por la puerta que daba a la sala, Andrew no tardó en salir de la habitación de su hermana.Y a través de la oscuridad de su cansancio pudo ver que la abuela Clara, sentada en el sillón,lo observaba y abría la boca desesperadamente, como si se hubiera quedado sin aire.Golpeando su cabecita en la mesita de té, ella cayó al piso antes de que hubiera podido dar el primer paso. Luego sus patadas furiosas cayeron sobre ella, tan fuertes que la quebró a suantojo.Cuando no pudo soportar el dolor de los pies, se sentó en el sillón, aliviado por habersedeshecho de toda la familia. Mover un brazo le dolía, de lo cansado que estaba. Hasta pensar 
John Wynberg © 19942
 
le parecía un enorme trabajo sin sentido. Y sin embargo sabía que tenía que escapar antes deque llegara Rubí o ir al patio, enterrar los cadáveres y regresar a limpiar los destrozos. Pero,en todo caso, muy cansado para preocuparse por una familia de muertos.Eran las dos. Rubí no llegaba hasta las ocho. Cuando llegara el momento inventaría algunamentira y le daría el fin de semana libre. Además le quedaba tiempo para que nada parecieraanormal, por si ella se empeñaba en dar un vistazo a la casa. Jackson le daría problemas, perolo podría arreglar. Ya era un milagro que no hubiera empezado a ladrar desde las once. Si lomataba tendría que cavar un hueco para cuatro personas y un animal. Ninguna diferenciaconsiderable.Diciéndose que haría todo lo indispensable dentro de una hora, que no iba a dormir sino adescansar, se acostó, aun apretando en sus manos las llaves de la casa.IIFaltando un cuarto para las siete Andrew despertó; todavía cansado. Muerto por las horasanteriores, su cuerpo se había mantenido alerta ante algo que se movía afuera. Algo que alfinal, sus instintos inconscientes no pudieron identificar qué era. Las puertas de todas lashabitaciones estaban ahora cerradas, excepto la suya. No recordaba cómo las había dejado enla madrugada y él no quería abrir ninguna. Se sentía observado y el cadáver de la abuelaClara no se encontraba a la vista.Apenas despertando y comprendiendo el peligro de no encontrar a la abuela distinguiómovimientos en el cuarto de sus padres. Al retroceder, de cara a la puerta, tropezó con unamesita y un jarrón chino con tres rosas marchitas cayó de ella, quebrándose en otros pedazosirreparables.La escalera se hizo más larga y Andrew casi pudo sentir en todo el trayecto la mano que lo perseguía. Pero abajo, tratando de respirar tranquilamente el aire de la sala, se sintió estúpido porque recordó que hacía años que no le espantaba la oscuridad y los monstruos imaginarios.Y allí sólo estaba su familia, muerta. O sea que no había nada que temer. Él ya era el asesino,no la posible victima.Un bebe lloraba, quizá en casa de los vecinos. La luz era dorada. Andrew, en calzoncillos,siguió escuchando el llanto, pensando que tendría que subir por ropa para recibir a Rubí osalir de la casa. Fue a la cocina por otro cuchillo y volvió sobre sus pasos, gateando hasta suhabitación. El llanto cesó de improviso, haciendo que el silencio pareciera peligroso. Perocomo no percibió ninguna clase de movimientos fuera de los suyos, entró, buscó unos jeans,camiseta, medias y tenis y regresó, sudando, al piso inferior.Un ladrido de Jackson le hizo brincar mientras se vestía. Arrojándose contra las vidrierasque separaban a la cocina del patio, el perro lo miró con odio, desesperado por atacar. Y,arriba, una silla sonó como si alguien tropezara con ella e inmediatamente el timbre de lacalle se hizo sentir. Mirando el reloj, Andrew dejó el cuchillo donde lo había tomado y fue aabrir. –Hola querido, ¿qué haces levantado tan temprano? ¿La señora todavía está durmiendo? –Estoy solo, Rubí. Todos se fueron anoche de paseo. –¿Ah, si? ¿Y a donde? –preguntó ella al pasar por su lado, aruñándole el pecho aundescubierto.
John Wynberg © 19943

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