EL RAPTO
La alarma de la estación de bomberos anunció las doce. Un hombre esperaba. Había seguidoa Kelly cada día, por dos semanas, cada vez que ella salía del colegio, y ahora esperaba,sentado en el anden, el momento en qué ella se acercaría. “Si está despidiéndose de lascompañeras”, pensó, “no tardará en avanzar dos cuadras, comprar un helado, atravesar laautopista y encontrarse conmigo”. Pero si él no estuviera allí, ella continuaría caminando seiscuadras por cualquiera de las rutas que tomaba para llegar a casa, sin enterarse de que élexistía.La primera vez, ambos distraídos, chocaron de frente, manchando sus ropas con helado defresa. Ella, sin decir nada, se puso furiosa y se alejó con pasos rápidos, casi corriendo. Elhombre recordó el breve contacto, las piernas medio ocultas por la falda de colegiala.Demasiado delgada, el cabello castaño oscuro parecía que lo hubiera teñido hace tiempo.Definitivamente no era del tipo de mujeres que aparecen en portadas de revista. “Y es unaniña”, se repitió varias veces. Por eso nunca sería aceptado. Quizá tuviera doce o trece años.Él se estaba acercando a los treinta. ¿Qué dirían los padres? Imposible, pero inflamaba sudeseo. Tendría que ser suya, aunque fuera por un par de días, para que los años de soledadquedaran olvidados. Perdido el trabajo, se estaba hundiendo en la depresión y nada másimportaba. ¿Por qué no raptarla al mundo infantil para enseñarle el dolor y el placer?En su reloj, las manecillas dieron las doce y quince. A medida que la imagen se ampliaba pudo distinguir una blusa blanca y la falda de cuadros azules con verde. Como si de nuevofuera a ser censurado por un helado, tuvo miedo. ¿Cómo violentarla? ¿Sería capaz? Letemblaban los pies. Se agazapó detrás de la puerta del garage, al que daba su apartamento,deseando que pasara lo más cerca posible. Pero cuando estuvo al frente, pasando como unrelámpago, creyó que ya era demasiado tarde. Alargó el brazo y la tomó por el hombro,haciendo que se girase a mirarlo. Y sin esperar una palabra se abalanzó, golpeándole elestómago y alzándola como a una niña, ya que aun con la maleta era liviana.En dos zancadas estuvieron en el apartamento. Ella se debatió como un animaldesesperado hasta que él le puso el pañuelo con cloroformo en la nariz. –¿Cómo pude olvidar el pañuelo? –maldijo.Las cosas no salieron como había planeado. Recordó el helado en el andén y salió arecogerlo, mirando a toda parte, en busca de alguien que estuviera observando.Al regresar, admiró las piernas delgadas, ligeramente musculosas, suaves y cálidas altacto. Le arregló la falda a la niña y la organizó para que pareciera dormir por voluntad propia. Llevó una silla del comedor a la pieza y, sudando, fue a la cocina para mirar eltermómetro pegado en la puerta de la nevera. –¡Veintiocho grados! Es natural, no son mis nervios.Se quitó la ropa y volvió al cuarto. Todavía temblaba.Un cuaderno de Historia, con letra torcida y dispareja, decía ser propiedad de PatriciaGonzález. Los demás poseían la manuscrita impecable de Kelly Roisé, estudiante de séptimo
John Wynberg © 19941
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