PEQUEÑA LILY
No pude distinguir si sus ojos eran verdes, azules o qué, si desbordaban inocencia oinsolencia, franca o cautamente, porque su sonrisa era enigmática y divina, y porque suscabellos se extendían sobre sus hombros, cubiertos por su chaqueta roja, como un manto de bronce bruñido, liquido con el que hubiera querido ahogarme, así como vomitar de tantoconsumir la carne que aguardaba bajo sus blue jeans viejos y sucios y su camiseta blanca,insinuándome senos pequeños y bien formados. No pude, porque se dedicó a mirarme comosi fuera el que no la reconocía en esa fría madrugada, porque rojo e incómodo con miuniforme sudaba fingiendo desinterés.En clases le pondría catorce años, y a su amiga de buzo azul y faldita negra, de senos másdesarrollados, le conjeturaría menos. La dificultad, en primer lugar, radicó en imaginar quéestarían haciendo tan temprano despiertas. Ninguna de las dos ostentaba una clara obligación,y de los años que llevaba repitiendo el ritual, caminando desde mi casa, no las recordaba.Pero como cada día me sentía mejor, en la certeza de volverla a ver, dejé de hacerme preguntas, tan seguro de ella como del sol. La felicidad que me proporcionaba encontrarlasentada en el mismo lugar, con la misma ropa, siempre reconociéndome con su mirada, erasuficiente. Aquella compañía distante de varios minutos por mañana no necesitaba ser cuestionada ni alterada. Lo último, indudable para mí hasta el primer sábado, que no laencontré, por los dos días de tormento que pasé tendido boca arriba en mi cama, con mi ser desgarrado en impotencia.El lunes estaba decidido. Mirando alrededor, me acerqué y exclamé algo referente alclima. Luego voltié a mirarlas como si apenas me diera cuenta de sus presencias y buscaraaprobación.Ellas asintieron sonriendo, pero no dijeron nada.La morena sostenía sobre las piernas un cajón de madera con cigarrillos y dulces dentro.Para no perder la oportunidad de conocer a su amiga le pedí una cajetilla de Kool y otra defósforos.“¿Ya fumás?” me preguntó la rubia mientras su amiga reunía la devuelta.“¿Por qué?” respondí dudando de si se refería a la hora. Meses atrás había empezado afumar. Estaba acostumbrado a la pregunta en relación a mi edad.“Por nada,” dijo. “¿Me regalás uno?”Le ofrecí la cajetilla abierta y un fósforo encendido. Se veía más joven de lo que yo habíaimaginado. Sin embargo me aguanté la pregunta. Si pensaba que era por el cigarrillo le parecería mojigato, aunque tuviera dieciocho y a mí no me importara.Apenas hubo expulsado la primer bocanada de humo me invitó a que me sentara junto aellas. Accedí complacido y empezaron a surgir las preguntas de rigor, al principiotímidamente.La mona se llamaba Lily, y su amiga Carolina. Esta última, guardando silencio, quizásaburrida, o porque le había interrumpido una importante conversación, no me miraba concariño.“¿Son amigas?” pregunté intentando incluirla en el génesis de nuestra amistad.
John Wynberg © 19961
Leave a Comment