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Primera Cena

Primera Cena

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PRIMERA CENA
 Nací con nueve años a cuestas, descontando los meses en el útero. Tres días antes –un sábado, lorecuerdo perfectamente– mi padre y yo nos habíamos trasladado a una casa de dos pisos queocupaba un cuarto de cuadra, donde yo creía poder olvidar aburridores encierros en piezas decuatro paredes (sin ventanas), él disolver los recuerdos de la agonizante muerte de mi madre.Desde entonces, desde el primer momento supe que sería libre, que nacería a un mundo nuevo.A partir del lunes papá trabajaría sin descanso. El fin de semana lo pasé dichoso ante la perspectiva de tener la casa a mi entera disposición. Planeé invitar a jugar en el día a los niñosque me visitaban en la habitación por la noche –los que papá ignoraba o fingía no ver– y dejar deser uno de aquellos angelitos que se cuelgan de los calzones de María.Pero el lunes, apenas salió mi padre, encontré un armatoste de largos cabellos negros entrecanas. Dos trozos de carne flácida acentuaban un remoto parentesco femenino.Con una voz gutural saliendo de la caverna de su boca dijo estar a cargo de mi cuidado.Entonces salté de la cama, corrí escaleras abajo y, resbalando en el extraño liquido anaranjadoque cubría los peldaños, aferrándome a un mohoso pasamanos como a mi vida, alcancé la puertade la calle, cuya cerradura estrujé en vano. Pero como nada me siguió, permanecí el resto del díacómodamente acurrucado contra el frío de la libertad, que sentía filtrándose bajo la puerta, yaporreando de vez en cuando el obstáculo con gritos, puños y patadas, esperando el salvador regreso de mi progenitor.Anocheciendo, una luz de linterna vino a cegarme y ahogarme en una ola de temores. Al principio no entendía los ruidos que la acompañaban, pues pasaba mucho tiempo en intervalos desilencio, pero gradualmente los ruidos fueron convirtiéndose en palabras que no tenían másintención que ampliar mi miedo.Traté de ignorarlas, de no escuchar las burlas, puesto que adivinaba el engaño, para quesubiera, para hacerme su esclavo, pero todas iban encajando como en una verdad divina: papá novolvería, y no tenía escapatoria: debía acatar sus ordenes si no quería morir de hambre o de otracosa.Sin embargo logré superar la tentación de entregarme y sin atreverme a ningún movimientoseguí en silencio hasta que luz murió. Escuché pasos que se alejaban y al rato subí de puntillas,mis ojos intentando traspasar la oscuridad.Por ningún lado había muebles. La sala estaba desierta. En el comedor apenas quedaba unamesa arrinconada, bajo sus seis asientos en equilibrio. Las puertas de todas las habitacionesestaban cerradas.Convencido de encontrar una salida por el patio alcancé la cocina. Mis pies chocaron contracuchillos, tenedores y demás artículos culinarios –metálicos– desparramados sobre el piso. Eignorando el ruido estridente, y el dolor de la piel herida por los filos y punzones, corrí como un pequeño demonio, para atravesar aquella distancia infinita.
John Wynberg © 19961
 
Adentrándome en las profundidades desconocidas, bajando al patio, una tabla de la escaleracrujió y cedió, y caí como el mismísimo diablo. Lo firme desapareció con fuerza ingravitandomis intestinos y haciendo que la mierda se volviera entretenimiento para mi estómago.De puro milagro la mano derecha alcanzó el próximo escalón –del que permanecí colgadovarios minutos, esperando la inminente caída hasta que, muerto del pánico e invocando la ayudade todos los diablos, regresé sobre las restantes tablas para terminar el descenso como si apenashubiera sido una inocente broma pesada.El cielo negro–rojizo apenas permitía ver la tierra y, sin poder examinar el muro circundante,tropezaba en los agujeros de aquella tierra prometida, blanda a mis pisadas, que crujía por lashojas secas caídas del tentador árbol de naranjas. En eso encontré un pesebre (o tres láminas dealuminio bien dispuestas) en un rincón del patio, para ocultarme de lluvia que comenzaba a caer.El frío, indiferente, me siguió adentro por la amplia entrada.La tormenta que se acercaba lenta e inflexible había hecho que nos quitaran la luz, ¡y desdeentonces no he vuelto a ver noche tan acogedora, tenebrosa y protectora! Con ella, ningunalinternita era suficiente para enfrentarla.Tiritando de frío y acostumbrándome a las tinieblas divisé entonces una “sombra” aterrorizadaen la cima de la escalera, apuntando un foco de luz a amplios círculos en la tierra, que gritaba sin parar –y tan alto gritaba que quebraba el sentido a sus palabras (o quizá una sola, un nombrerepetido hasta el cansancio para trasferirme su miedo y hacerme subir corriendo a ocultarme bajosu falda y poder sentir al fin algo caliente entre las piernas que le dé seguridad).Permanecí más inmóvil que muerto, sin delatar mi escondrijo, disfrutando del espectáculo quesu temor me ofrecía. ¿Por qué insistía en buscarme? Podía irse a dormir tranquilamente, sin tener  por qué preocuparse, pues yo no saldría, no aquella noche, ni para incitarla a caer, sabiendo quecon su peso las probabilidades eran mejores.La linterna volvió a la cocina con su haz de luz temblando escandalosamente. Y la lluvia seadueñó finalmente del cielo, volviéndolo impenetrable. ¿Diluvio no anunciado? Divinas piedrasmortales reemplazaron gotas impotentes, arrasando con el naranjo en flor.Dormir lo consideraba una debilidad. En las primeras horas de la madrugada aun seguíacontemplando –extasiado– las gotas de granizo derretido que pendían al filo de la entrada cuandoescuché un grito que –nacido con la fuerza que proporciona el terror– se extinguió rápidamenteen lejanos estertores agónicos. Cercado por los guijarros celestiales, tuve que satisfacerme conmi imaginación. Guardé un minuto de silencio recordando al armatoste en el apogeo de sumiedo. Después reí, sin cohibirme el respeto a las desgracias ajenas. No recuerdo espera o sueño alguno, sino que ya el sol brillaba resplandeciente y su agradablecalor me invadía cuando, saliendo del pesebre, el techo se me vino encima y me alcanzó en elcostado derecho. Atento a no resbalar, pensando que con tan sólo agradecer al que me habíaacogido en su seno hubiera podido evitar aquel castigo, sorteé varios charcos y bajo los restos delnaranjo miré detenidamente entonces el patio. Como no habían visibles posibilidades de escapar,me puse a examinar la herida (una pequeña y violada sonrisa casi vertical) y los cadáveres de lasflores del naranjo. Mi sangre caía en el agua estancada, tomando originales coloraciones con losfetos de las frutas abortadas. Mareado por aquella visión, o por el hambre que rasgaba misentrañas, con las encías picándome –y un gusto amargo en la boca–, me dirigí a la escalera.
John Wynberg © 19962

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