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Olor de Mar
 Ricardo Arenas Pilataxi ( 
“ 
Costas
” 
 ) 16 Septiembre 1998
Una y otra gota golpeaba la escalera. Al mar... se lo escuchaba por las ventanas.Cada una de ellas caía sobre el escalón, atormentándolo; no tanto por el daño que lecausaba a la madera inconclusa que tenía, sino porque ignoraba de dónde mismoprovenía el agua.Conocí a Anselmo Adolfo Moreno; habitante de aquella calurosa isla, donde parece quede cada piedra brotara fuego; esta, una de tantas que conforman un archipiélagoenvuelto en fábulas e historias. Lejos de aquí; pero cerca de cada uno quienes lahabitan; siempre tiene aves volando en aleteos intensos de vida, que se posan, rara vezen aquellos altivos mangles desbordantes en la orillas, con sus raíces venosas,succionando la savia del mar que rodea la isla, o, a los lados del gris y polvorientocamino que se dirigía a la cumbre de la misma. También los palos santos, matasarnos ycactus, mezclados con el canto interminable de pájaros pinzones laboriosos; de cucuvesatrevidos y traviesos.Llegó a su casa, aquella tarde ardiente completamente sudado y con la transpiraciónimpregnada a su cuerpo. Quería bañarse, no solo porque el cuerpo lo traía caliente sinoporque su cabeza también lo estaba.Este hombre nacido años atrás en tierra firme, ni joven ni viejo, ni feo ni atractivo, deojos pequeños pero de mirada profunda vino en busca de Griselda, su conviviente deestos últimos tres años, jamás la encontró.Fue una de esas mañanas que a más de conversar con sus amigos, y atraído por unaligera brizna que traía aromas salinos, había decidido ayudar a Pepìn De La Fuente, arepintar uno de los botes de pesca en los que siempre salían, casi todas las tardes.Al acercarse la hora del almuerzo, vio pasar, a una mujer de cabello ondulado, caminabacon tanta frescura bajo aquel sol de febrero, con su cadencioso paso frenaba la brisa quevenía del mar, dibujándose sus torneadas piernas, claramente en aquel pañolón quellevaba amarrado a su cintura.Anselmo al ver el sudor que le corría por el escote de aquella esplendorosa caminante yque le dirige una provocativa y profunda sonrisa, le hizo sentir un deseo de poseerla,pero más que eso una ansiedad de entrar en ese interior que se manifestaba en su miradatierna y violenta.
“Uauu...qué bestia, qué mujer...mira Pepìn...”exclamó a su compañero
de labor.Anselmo, cargaba a cuestas preocupaciones y confusiones, fruto de una vida placenteray liviana de la que no encontraba por dónde escapar pues lo carcomía para sus adentros.Esta historia de angustia y porqué no encontró a su mujer esa tarde empezó un día demuchos años atrás, siendo joven, cuando salió de su tierra natal con solo una libreta deahorros sin fondos, dos pantalones de gabardina desteñidos, un libro de Emerson
 
tomado sin permiso de la estantería de libros de su padre, publicados en la época cuando
este autor vivía; y por último un cassette de baladas de “Serrat” que lo escuchaba en
toda oportunidad que encontrase un aparato reproductor, le incitaba a enamorarse de
todas las “mujeres con sabor a hierba” que conocía y que haya desper 
tado un sentido dehermandad y curiosidad en los lugares fuera de la ciudad.Con estas pertenencias se dirigió rumbo al norte de la costa del país como obrero de unacompañía constructora de vía férreas, al igual que otros dos amigos, fueron con elmismo propósito, pero, no alcanzaron ni a iniciar la obra por un golpe militar que tuvoel país, suspendieron la colocación de esas rieles, ya que prefirió el dictador de turno,construir dos sendos edificios para cuatro ministerios y seiscientos burócratas más en lacapital de la República.Ya en dicha región verde y espesa, muy diferente a lo que la vida de ciudad le habíabrindado, con no más de un par de monedas en los bolsillos, con falta de valor paraenfrentar un regreso infructuoso al lugar de sus padres, pero con una sed ávida deaventuras y con toda la energía de hacer lo que a bien se le venía en ganas, fue tierraadentro, luego que él y sus compañeros recibieron la noticia que ya no había trabajo.Era un telegrama firmado por un funcionario público del lugar.Cristóbal Gonzáles, estudiante universitario, con veinte años de edad y rostroquinceañero, muy apegado a las formalidades y a peinarse con gomina; y Heriberto
Silva, hijo de una familia de siete hermanos, “lagartero con guitarra”, prefirió las
callesantes que ingresar a la universidad. Fueron con él movidos al igual que Anselmo por elimpulso de no quedarse estáticos.Juntos en aquel bullicioso bar situado en el muelle, a donde fueron con el pedazo depapel, leían con más detenimiento, obviamente con sus cervezas, que de paso estabantan calientes como dicho mediodía. Vieron por una de las ventanas del lugar, a travésdel tumulto de la calle, a una barcaza con personas apresuradas pero con trajesdomingueros, víveres y cargas, en ella se distinguía una familia compuesta por unhombre de vientre hinchado y una barba gris, una mujer que en su rostro se veían másarrugas y su piel más curtida que la del mismo marido, y un par de hermosas muchachasde piel doradas por el sol, no pasaban de los veinte años e irradiaban la sensualidad quetodas aquellas verdes montañas dejan de manifiesto con su tan sola presencia en todoese paisaje.La decisión que tomaron los tres jóvenes fue instantánea, tan rápida que se conectaronlas tres audaces miradas entre sí, no era necesario dirigirse palabra alguna para trasmitirsus temores, sus deseos y su disposición de salir corriendo y encontrar la forma deembarcarse en dicha barcaza, que los llevaría al interior de la región pero, a ningúndestino en concreto.Entre el grito del dependiente que paguen sus cervezas, los ladridos de los perros y losinsultos de dos señoras que fueron salpicadas por las fuertes pisados de los jóvenes,pagaron con las últimas monedas al timonel de la embarcación, convencièronle que losdeje viajar.Anselmo, Heriberto y Cristóbal felices iban a bordo, viendo como surgía ante susmiradas la intensidad de esa selva que brindaba tantas oportunidades. Se escuchaba el
 
sonido del motor a diesel que se confundía con los gritos de los animales de lasmontañas, así como de las sierras que surcaban los troncos de un lado a otro, con eseincontenible deseo del hombre de pretender conquistar la naturaleza, pero...en un solointento.Los tres tenían hambre; pero, Anselmo y Heriberto estaban más preocupados en mirarlas espléndidas caderas que poseían ese par de adolescentes, que sin mucho esfuerzo yacoqueteaban con ellos.Cristóbal en cambio, empezó a conversar con don Julián, el hombre de la barba gris,preguntàbale de todo lo que era posible recibir contestación. Sin ser en vano la plática,logró que la mujer de Julián, doña Heide Guillermina, les convide unos tamales quellevaban para la travesía.Cristóbal se encargó de presentar a sus amigos, cayeron en gracia, pues desconocían queera de muy difícil carácter.Iban varias horas de viaje. Hermosa noche estrellada, parecía que todos los astros sehabían puesto de acuerdo para dejarse observar mientras los insectos nocturnos estabanen permanente concierto hasta el amanecer. Todos dormían al aire pidiendo deseos porcada lucero que veían caer.Anselmo casi no pudo cerrar sus ojos, algunas lágrimas derramó ante la bellezamajestuosa de ese cielo cubierto de estrellas, recordando a sus padres y hermanos,cuando juntos se acostaban en la playa a ver el firmamento. Escuchaban de su madrecanciones y cuentos hasta que todos se dormían. Sintió un enorme regocijo, estaballeno de sensibilidad, pero con ansiedad por ese mismo espíritu aventurero einconstante, por el cual su familia, también sentía angustia.Ya al amanecer la barcaza llegó a un claro en donde había un muelle de troncos viejos,reflejaban en su firmeza que el tiempo no pudo destruirlos. Un pequeño letrero que
decía “Campamento Cool River” y a la izquierda del mismo reposando en la
s aguas delrío, amarrados decenas de troncos, listos para ser transportados río abajo. La finalidadde ese campamento era explotar madera.Don Julián comunicó a los muchachos que él venía con un contrato para talar losbosques ubicados a ese lado del rí 
o hasta la falda del cerro “Buitre” que bordeaba la
frontera con el país vecino. No les ofrecía comodidades ni gran sueldo, les brindaba laoportunidad de trabajar limpiando la maleza, abriendo trochas para llegar junto a losárboles, cortarlos, cargarlos, aserrarlos y luego transportarlos hasta la orilla del río.A parte del sueldo y de vivir en el campamento junto con otros peones, dos mulatosorilleros y otro de las montañas, más hábiles con el hacha y el machete que cualquieroriundo de la zona; les daba una comisión con el fin de que trabajen motivados los sietedías de la semana.Igualmente aclaró que el pago solo lo recibirán cuando logre cobrar a sus compradoresde madera, dejó claro que solamente él podía comercializar la misma. Y por último,fruto de esa intuición de hombre vivido y que también fue joven, y porque percibió lascalenturas de Anselmo y Heriberto especialmente, el acuerdo no solo terminaba cuando
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