tomado sin permiso de la estantería de libros de su padre, publicados en la época cuando
este autor vivía; y por último un cassette de baladas de “Serrat” que lo escuchaba en
toda oportunidad que encontrase un aparato reproductor, le incitaba a enamorarse de
todas las “mujeres con sabor a hierba” que conocía y que haya desper
tado un sentido dehermandad y curiosidad en los lugares fuera de la ciudad.Con estas pertenencias se dirigió rumbo al norte de la costa del país como obrero de unacompañía constructora de vía férreas, al igual que otros dos amigos, fueron con elmismo propósito, pero, no alcanzaron ni a iniciar la obra por un golpe militar que tuvoel país, suspendieron la colocación de esas rieles, ya que prefirió el dictador de turno,construir dos sendos edificios para cuatro ministerios y seiscientos burócratas más en lacapital de la República.Ya en dicha región verde y espesa, muy diferente a lo que la vida de ciudad le habíabrindado, con no más de un par de monedas en los bolsillos, con falta de valor paraenfrentar un regreso infructuoso al lugar de sus padres, pero con una sed ávida deaventuras y con toda la energía de hacer lo que a bien se le venía en ganas, fue tierraadentro, luego que él y sus compañeros recibieron la noticia que ya no había trabajo.Era un telegrama firmado por un funcionario público del lugar.Cristóbal Gonzáles, estudiante universitario, con veinte años de edad y rostroquinceañero, muy apegado a las formalidades y a peinarse con gomina; y Heriberto
Silva, hijo de una familia de siete hermanos, “lagartero con guitarra”, prefirió las
callesantes que ingresar a la universidad. Fueron con él movidos al igual que Anselmo por elimpulso de no quedarse estáticos.Juntos en aquel bullicioso bar situado en el muelle, a donde fueron con el pedazo depapel, leían con más detenimiento, obviamente con sus cervezas, que de paso estabantan calientes como dicho mediodía. Vieron por una de las ventanas del lugar, a travésdel tumulto de la calle, a una barcaza con personas apresuradas pero con trajesdomingueros, víveres y cargas, en ella se distinguía una familia compuesta por unhombre de vientre hinchado y una barba gris, una mujer que en su rostro se veían másarrugas y su piel más curtida que la del mismo marido, y un par de hermosas muchachasde piel doradas por el sol, no pasaban de los veinte años e irradiaban la sensualidad quetodas aquellas verdes montañas dejan de manifiesto con su tan sola presencia en todoese paisaje.La decisión que tomaron los tres jóvenes fue instantánea, tan rápida que se conectaronlas tres audaces miradas entre sí, no era necesario dirigirse palabra alguna para trasmitirsus temores, sus deseos y su disposición de salir corriendo y encontrar la forma deembarcarse en dicha barcaza, que los llevaría al interior de la región pero, a ningúndestino en concreto.Entre el grito del dependiente que paguen sus cervezas, los ladridos de los perros y losinsultos de dos señoras que fueron salpicadas por las fuertes pisados de los jóvenes,pagaron con las últimas monedas al timonel de la embarcación, convencièronle que losdeje viajar.Anselmo, Heriberto y Cristóbal felices iban a bordo, viendo como surgía ante susmiradas la intensidad de esa selva que brindaba tantas oportunidades. Se escuchaba el
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