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05/01/2014

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1
Blanco
Me muevo en la cama. La habitación está en penumbras. El ventiladoragita el aire. Las moscas golpean contra el mosquitero. A través de unpostigo, un rayo de sol juega en las paredes a la cal. Es tempranotodavía, pero se respira calor.Mi pelo se engancha en la cortina de maderitas. Eso era lo quesentía: aroma a uvas. Mi hermano las funde con azúcar en unacacerola. Le doy un abrazo y me sirve un té. De chicos prometimos queíbamos a abrazarnos todos los días.
 — 
Estoy haciendo dulce. Ayer Doña Marta me regaló como sietekilos. Las trajo de la quinta.El viento mueve las hojas. Una de las últimas plantas que compró Javier acaba de florecer. La Santa Rita necesita agua.
 — 
Algo te da y algo te quita
 — 
digo en voz alta.
 — 
¿Eh?
 — 
La Santa Rita. Lo decía mamá.La idea de un día entero por delante resulta demoledora. Habría quesacar los yuyos, remover la tierra de los canteros, poner a secar lassemillas de los zapallos y fumigar los jazmines.
 — 
Ya sé, estás pensando en todo lo que hay que hacer
 — 
dice mihermano.Sirve más té, se suena los huesos del cuello y se mira las manos.Veo el cansancio en su mirada.
 — 
 Javi, ¿vas a ir a comprar turba?
 — 
Primero quiero remover bien la tierra, así después ya vengo y lacambiamos por la nueva.
 — 
Mirá que va a cerrar el vivero. Deja su tejido sobre la mesa y la pequeña aguja de
crochet 
resbala ycae bajo la mesada. Está tejiendo un bolsito de hilo turquesa para mí.
 
2
Un pájaro chilla entre el follaje de las acacias negras y le siguengritos de otras aves. El sonido rompe el aire cargado de sol y levantavuelo una bandada, aleteando con fuerza.
 — 
 Tranquila, hay tiempo.Es cierto. En estos días tenemos luz hasta las ocho, nueve. Mepongo a lavar los platos que quedaron de anoche. No puedo recordarqué comimos.
 — 
¿Querés algo del centro?
 — 
pregunta. Se puso el sombrero blanco,le da un aspecto exótico.
 — 
 Traete unas naranjas, así preparo jugo para la tarde.Dejo los platos escurriéndose al lado de la pileta. Al rato lo veoaparecer por la ventana.
 — 
Fijate que no se me queme el dulce. En cuanto haga el primerhervor, me apagás el fuego.En el patio los yuyos crecen por todos lados. La última lluvia loshizo multiplicarse en variedad. Quizá sean semillas de algún árbol. Javier quiere construir una pérgola, así que seguro traeremos un gajode la parra del fondo para acá, hay que averiguar cómo prende una
parra… las hojas van a detener un poco a las semillas voladoras.
 Abrola canilla y desenrollo la manguera. Al principio, el agua sale hirviendo.Los varios metros de goma verde y blanca transmiten el calor del sol,que comienza a quemarme la espalda. Las baldosas mojadas: el eterno verano de la niñez. El viento en elmonte, con sonidos que cambian a cada hora. A la mañana explotaburbujeante con las actividades de sus moradores: crujidos, raspajes,serruchos, golpes, roces, martilleos, silbidos, aleteos. Hacia la tarde eltrajín de las hormigas merma, la labor sigue en las colmenas, elgorgoteo de los pájaros en las charcas, la confección del nido delbichofeo, el restregar de las alas de la cigarra, los perros que rascan latierra y se echan a la sombra. Por la noche el monte bulle con laactividad de los nocturnos que casi no producen sonido.
 
3
El agua forma pequeñas lagunas en las depresiones de las baldosas.Bebo un poco y aprovecho a lavarme. Me enjabono los pies y los brazos.Lavo la ropa que llevo puesta y la tiendo al sol. Entro desnuda. Elmosquitero se cierra con un estruendo. Cuando escucho el motor de lacamioneta, voy hacia la habitación y me pongo un vestido viejo. Entra Javier con una canasta que le pesa.
 — 
¿Qué tenés ahí?Él sonríe y me muestra las naranjas, pero en la otra mano sostieneun paquete.
 — 
¿Y eso? ¿Qué es?
 — 
Qué curiosa que sos. De chiquita eras igual.
 — 
Dale, ¿qué es?
 — 
 Tomá, tomá. Es un regalo.Rasgo el papel. En un primer momento parece una remera, perodespués quito el envoltorio de nylon y veo un par de alpargatas. Losregalos me ponen contenta. Javi se agacha junto a mis pies y me lasprueba. Noto su aliento cálido, sus manos fuertes y ásperas.
 — 
Me quedan justas, no me aprietan ni nada.
 — 
Ya lo sabía, ne-ni-ta.Me pongo de pie y hago tres pasos de baile. Empiezo a cantar:
Una viborita, larga y finita, se pasea en mi balcón…
 
 — 
Uy, me había olvidado de esa canción. Seguí.Emocionado por el recuerdo, por sus ojos pasan chispas.
…todas las mañanas, fresca y temprana, se pasea en mi balcón…
 
Me paro en puntas de pie, levanto los brazos e inclino la cabezacomo esas muñecas de las cajitas de música. Al rato me canso y élempiez
a: “Si yo digo blanco, ustedes dicen…”. Y yo: “¡Negro!”.
 Él, a propósito, lo hace cada vez más difícil y se burla cuando tardoen responder.
 — 
Así no vale.
 — 
Es que sos medio tolola.

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