CAPÍTULO ILa Orilla del Río
El topo se pasó la mañana trabajando afondo, haciendo limpieza general de primave-ra en su casita. Primero con escobas y luegocon plumeros; después, subido en escaleras,taburetes, peldaños y sillas, con una brocha yun cubo de agua de cal; y así hasta que aca-bó con polvo en la garganta y en los ojos,salpicaduras de cal en su negro pelaje, la es-palda dolorida y los brazos molidos. La pri-mavera bullía por encima de él, en el aire, ypor debajo de él, en la tierra, y todo a su al-rededor, impregnando su casita humilde yoscura, con su espíritu de sagrado desconten-to y anhelo. No es de extrañar, pues, que derepente tirase al suelo la brocha, y dijera:«¡Qué latazo!», y «¡A la porra!», y además:«¡Se acabó la limpieza general!», y saliese
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