El desconocido viajaba a lomos de un es-pléndido camello blanco, sentado sobre lospliegues de una especie de tienda. El animalllevaba la cabeza sujeta por un ronzal escar-lata y de su cuello colgaban cadenas de lasque pendían campanas de plata. Su fuertemusculatura, su andar majestuoso y su pela- je brillante denotaban la antigua procedenciade su raza.A1 atravesar la última quebrada del to-rrente, el viajero comprobó que se hallabamás allá de los límites de El Belka, el antiguoAmmón. El camello avanzó sumiso por unpequeño camino, ajeno como su dueño a lasalondras, perdices y buitres que les sobrevo-laban. Ambos parecían ser conducidos poruna mano oculta que les guiaba hacía un des-tino conocido de antemano.Pasadas unas horas de lento caminar, elcamello y el viajero dejaron atrás El Jebel yse internaron en una zona plagada de pro-montorios de arcilla y arenisca. Hacia el me-diodía, el camello lanzó un gruñido, comoindicando su cansancio, y el viajero compren-
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