ESTATUA DE SAL
Allí estaba Él, como un topo sumido en lasarterias subterráneas de la ciudad, socavandosu propia oscuridad en una melodía inventadamuchos años antes, justo cuando mamá mu-rió. Y allí, enfrente de Él, me encontraba yo,paralizado y perplejo, escuchando los acordesabigarrados de su vieja armónica diluirse enla espesura de la muchedumbre deambulandocon rumbo premeditado, sin dar crédito a misojos, testigos fieles del rostro desfigurado deaquel hombre de aspecto similar al de unabestia que, con la cara quemada y los ojosciegos, ignoraba mi presencia.El azar, la vida o acaso ese dios que a ve-ces se vuelve malvado, nos había convocadode nuevo. Había elegido lugar y tiempo: elmetro de una ciudad cualquiera a esa hora enque el aire todavía no está retestinado másque de prisas.La canción repetida y obstinada no brotabade su armónica, emergía de los confines de
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