pasaban me hacía reflexionar que lossoliloquios no se deben hacer en público: yno pocos encontrones que al volver lasesquinas di con quien tan distraída yrápidamente como yo las doblaba me hicieronconocer que los distraídos no entran en elnúmero de los cuerpos elásticos, y muchomenos de los seres gloriosos e impasibles. Ensemejante situación de espíritu, ¿quésensación no debería producirme una horriblepalmada que una gran mano pegada (a loque por entonces entendí) a un grandísimobrazo vino a descargar sobre uno de mis doshombros que, por desgracia, no tienen puntoalguno de semejanza con los de Atlante?Una de esas interjecciones que unarepentina sacudida suele, sin consultar aldecoro, arrancar de una boca castellana, seatravesó entre mis dientes. y hubiéralaechado redonda a haber estado esto en miscostumbres, y a no haber reflexionado quesemejantes maneras de anunciarse, en sí algo exageradas, suelen ser las inocentesmuestras de afecto o de franqueza de estepaís de. exabruptos.
Leave a Comment