completen lo que haya debido omitirse, que en general necesiten, no ya recibir instrucción,sino simplemente que se les refresque la memoria.Y ahora oíd, ilustres oyentes, mi inocente experiencia y la conversación -menosinocente- de aquellos hombres.Pongámonos en la situación de un joven estudiante, o sea, en una situación que, enel movimiento impetuoso e incesante del presente, es sencillamente algo increíble: hay quehaber vivido esa situación para poder creer semejante ilusión despreocupada, en semejantegozo arrancado al instante, y casi fuera del tiempo. Yo pasé un año en ese estado, junto conun amigo mío de mi edad, en la ciudad universitaria de Bonn, junto al Rin: un año que porla ausencia de proyecto y objeto alguno, y por la libertad con respecto a cualquier clase depropósito para el futuro, se presenta a mi modo de sentir actual casi como un sueño,delimitado antes y después por dos periodos de vela. Nosotros dos permanecimosimpasibles, a pesar de vivir en compañía de gente que en el fondo tenía otros intereses yotras aspiraciones. Tal vez nos costara trabajo satisfacer o rechazar las exigencias,demasiado vigorosas en cierto modo, de aquellos contemporáneos nuestros. Pero inclusoese juego con elementos contrastantes tiene hoy, cuando trato de recordarlo, un caráctersemejante al de los obstáculos de todas clases que encontramos en los sueños, cuandocreemos poder volar, por ejemplo, pero nos sentimos contenidos por obstáculosinexplicables.Con mi amigo tenía en común numerosos recuerdos de aquel periodo anterior devela, de la época en que estábamos en el instituto:
uno
de dichos recuerdos debo precisarlomejor, ya que explica el paso a mi inocente experiencia. En un viaje anterior por el Rin,emprendido a finales del verano, había concebido un proyecto junto con aquel amigo -casial mismo tiempo y en el mismo lugar, pero cada uno de nosotros lo había pensado por sucuenta-, de modo que ambos nos sentimos obligados a realizarlo, precisamente por aquellainsólita coincidencia. Decidimos entonces fundar una pequeña sociedad, rica en frutos,formada por pocos compañeros, con el fin de dar una organización sólida y vinculante anuestras tendencias productivas en el arte y en la literatura. O, por expresarme de modo mássencillo, cada uno de nosotros debía comprometerse a enviar cada mes una producciónpropia, una poesía, o un ensayo, o un proyecto arquitectónico, o una composición musical:después, cada uno de los otros tenía derecho a pronunciar un juicio sobre dichasproducciones, con la franqueza sin reservas que conviene a una crítica amistosa. De esemodo, vigilándonos mutuamente, pensábamos estimular, y al mismo tiempo refrenar,nuestros impulsos culturales: y en realidad el éxito fue tal, que nos hizo recordar consensación de gratitud, o, mejor, de solemnidad, aquel momento y aquel lugar que noshabían sugerido semejante idea.Aquella sensación de gratitud solemne encontró muy pronto un modo justo deexpresarse, cuando prometimos recíprocamente hacer todo lo posible para visitar cada año -en aquel día- la localidad solitaria, cerca de Rolandseck, donde en aquella ocasión, hacia elfinal del verano, sentados pensativamente uno junto al otro, nos habíamos sentidorepentinamente inspirados para adoptar una misma decisión. La verdad es que nocumplimos aquella promesa con el suficiente rigor; pero precisamente porque teníamos enla conciencia varios pecados de omisión, decidimos los dos con la mayor firmeza -aquel
Leave a Comment