pudo extirpar porque nosotros íbamos y secábamos con escurridores y tirábamosarena arriba de los charcos si era necesario para entrenar.Entonces. Mi viejo frenó el Renault 12 destartalado, levantó una polvareda terrible,me abrió la puerta, me hizo bajar y pegó un grito desde la ventanilla.- ¡Mochila! ¡Enseñale a jugar a la pelota al marciano este!Mochila puso cara de quien-carajo-es-este-tano y cuando se acercó a la reja miviejo ya estaba a tres cuadras de ahí.Bueno, para ese entonces Mochi ya llevaba casi diez años entrenando y sacandoequipos campeones. Se acercó caminando, atrás había un partido deentrenamiento entre los chalecos rojos y los verdes, me miró de abajo a arriba,empezando por las toppers embarradas y terminando por la camiseta de Boca detela.- ¿Qué categoría sos?Yo era –soy- categoría 84`, pero cuando me dijo categoría no tenía ni la más putaidea de lo que me hablaba, así que no contesté.- ¿Cuántos años tenés? – Eso sí lo sabía.- Cinco y medio- ¿Y cómo te llamás?- Francisco.- Pancho, vení.Con esa facilidad marcó mi estigma futbolero, como cada uno que entraba a lacanchita, dejé de llamarme Francisco para llamarme Pancho. A cada uno le poníael apodo que le salía en el momento, y quedaba para siempre. José era Coche,Juan Paolo, Piru, Hernán Flecha Veloz, Facu el Pitufo, Seba el Poto. Habíavariedades desde los apodos étnicos -Lautaro por rubio era el Ruso, el otroFrancisco por los ojos chicos el Chino-, hasta fílmicos –Fer por preguntón eraTraisi, por Dick; Germán que venía siempre todo sucio, Harry-. Y te juro que no telo quitabas, te seguia a todos lados, yo me fui a Buenos Aires y a todo el mundo ledecía que me diga Fran o Frank, pero cuando entraba en una cancha, pum, mevolvían a decir Pancho.La cuestión es que yo con la pelota era todo menos un habilidoso. Me gustaba ira los entrenamientos, me gustaba correr, lateralizar, hacer piques cortos, todo lofísico, pero con la pelota, tenía pies de elefante, cuando le pegaba no sabía paradónde iba a salir. Me acuerdo que una vez, en un ejercicio de control había quellevar la pelota al pie, saltar una cuerda, pasarla la bola por abajo y seguircontrolándola. Yo era el segundo en la fila y me pegué un porrazo por caer arribade la pelota que todavía me duele el culo.Para ese entonces, Güemes ya era una institución futbolística, todos los padresllevaban a sus hijos a jugar ahí, salvo aquellos pseudohippies que no soportabanque a su hijo le gritasen. Porque, vamos a ser sinceros, los métodos de Mochi noeran los más didácticos. De su boca salían toda clase de improperios y frasesingeniosas cada vez que alguno de nosotros se mandaba alguna. Si tirabas lapelota larga era
tirale la moto.
Si hacías una bien y una mal,
una de cal y una de arena
(nunca entendí cual era cual), si el arquero no saltaba
está abulonado al piso.
Y era así, en cualquier momento para el partido de entrenamiento y se la
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