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Consideraba a Ángela un ser extraordinario. Era joven, demasiado joven diríayo, para encontrarse en su actual situacn viviendo sola, trabajando ydemostrándole a la sociedad que la carencia de parte de su pierna derecha noera motivo para derrumbarse. En efecto, su rutina diaria era tan estricta que nodaba lugar a tiempo para tristezas y convertía cada uno de sus instantes enuna oportunidad para hacer más soportable algún otro momento futuro.Llegaría el día en que todos la admirarían, en que muchos la amarían. Creí desde el primer a que ese era su ideal: una mujer como ninguna otra,perfecta dentro de la humana imperfección.Se trasladó al frente de mi hogar hace dos años, a un pequeño apartamentoarrendado. Desempacó sus pocas pertenencias el mismo día de su llegada, ydesde la mañana siguiente sus semanas han sido exactamente iguales. Selevanta mucho antes de salir el sol a hacer los oficios de la casa. Se daba unbaño y procedía a tomar un pequo desayuno que siempre incla .Observaba todo esto desde mi ventana, con vista privilegiada hacia la ventanaprincipal de su hogar, a través de una cortina semitransparente que nodisimulaba aquella figura femenina semidesnuda caminando de habitación enhabitación antes de terminar de arreglarse y salir a trabajar. Hacía esto comosecretaria en la alcala municipal. Un trabajo riesgoso: siempre existe laposibilidad de ser relevado del cargo con la nueva administración. Pero no sepuede vivir más de un día a la vez, y pensar demasiado en el futuro no traeríaventaja alguna. Llegaba a su hogar antes de finalizar la tarde. Leía algunashoras, antes de dedicarse a escribir en su diario. Supuse que era su diarioporque nadie escribe novelas con tanta concentración como ella escribía. Nopodía estar plasmando en el papel otra cosa que sus mismos pensamientos.Entré a su casa en su ausencia forzando la cerradura. Procuré no dañarla. Noquería dejar huella. Me dirigí de inmediato a través de aquel apartamento casivacío hasta su habitación impecable y me senté en la única silla de toda ellugar. Leí durante horas aquel diario de cubierta roja escrito con caligrafía yortografía impecable como si de una gran obra se tratase. No me importó enese momento mi vida: sólo tenía valor la de ella.Me enteré a través de aquel libro del accidente que le produjo la pérdida de supierna. Narraba todo en tercera persona y era evidenteque aquel personaje desu libro vivía una vida muy diferente a la propia. En sus páginas se relatabaninnumerables viajes, amores verdaderos, visiones de lugares y experienciasoníricas irrealizables para personas del común. La trama principal, la única quese mantenía a través de los días que servían de capítulos, involucraba a unamujer llamada Ángela quien se esforzaba día a día por aprender todo cuantopudiera del mundo y sus realidades con el único fin de agradar a su ser amado.Nunca anotó su nombre. Podría ser tanto un ser real como un simple idealismo.Pero era su motivación, su fuerza para seguir viviendo.
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