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El era mi obsesión. La persona más culta y juvenil que he conocido. Cada gestode su rostro era expresión de vida, de futuro, de seguridad en sí mismo. Pocasveces lo vi llegar al límite del orgullo, aquel en el cual los límites entre laautoestima y el ego se difuman para el mal de la humanidad. Pero volvíarápidamente en si mismo, terminaba por reprimir todo lo malo que podía ser.Quizá algún día se liberara y nos matara a todos, quizá se matara a si mismoluego de besar a la mujer que lo enloquecía, quizá la matara a ella. Nunca tuveese placer. Quisiera haberme convertido en su víctima.Era otra persona cuando lo conocí: introvertido, callado, demasiado reservadocon las mujeres como para atraer a alguna. La lástima puede llevarte a ayudara otros, a salvar animales. Pero nadie siente lástima que se convierta en amor.Por eso nadie lo amaba, pero todos se compadecían de él a sus espaldas. Pocoa poco fue cambiando. Parece que las alegrías estaban prohibidas en su vida ysin embargo seguía respirando. ¿Qué otra cosa podía hacerle sonreír si no erala alegría ajena? Y en verdad lo disfrutaba. Se contagiaba de la felicidad de susamigos, de la permanente belleza y felicidad que transmitía aquella mujer quesiempre amó, la guardaba para sí mismo y luego la repartía entre cuantospudiera. Cometía el error de no ahorrar un poco de felicidad para él mismo. Ysé que llegaba a su casa cada noche a recordar con nostalgia el día reciénterminado. A reprimir las lágrimas por el día que acababa de morir y que daríapaso quizá a momentos no tan felices. Tardé cierto tiempo en fijarme en él. No le hablaba, más no era por rencor,odio, desprecio u otro mal sentimiento. Simplemente no lograba entenderlo nime lo proponía. No pasaba de ser una entidad invisible frente a mí. Era nadie.Era nada.Llegó el día en que conversamos por primera vez. Él tomó la iniciativa. Creí quepretena coquetearme. Se acercon tono amable, intentó armarconversación como si fuéramos íntimos amigos. Expresaba confianza. Confiabaen mí aún sin conocerme. Lo noté en su mirada. No me amaba, no le gustaba.Sus pensamientos yacían en otra. Pero necesitaba desahogarse y lo hacía através de la palabra. ¡Y que bellas eran las suyas!. Evitaba mirarme a los ojoscomo si temiera algún reproche. Sentí lástima por él en un principio.Luego llegaría a amarlo. Mientras él luchaba por mantenerse vivo, guardar ensí mismo toda su tristeza para sólo expresar lo bueno ante los demás, entendí que él valía mucho más que sus logros. Comprendí que hay personas sinceraspor naturaleza, nostálgicas desde que nacieron; sus ojos brillan ante la solavisión de la felicidad, que han restringido para ellos mismos.Murió trágicamente sin alcanzar a despedirse. Murió y no pude expresarle loque sentía por él. Pude haberme convertido en su escapatoria, nos amaríamosmás allá de cualquier alegría o tristeza ajena. Ahora está muerto y sé que hadejado de sufrir. Quizá por eso, deba alegrarme en vez de lamentarme.
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