El jóven tigre sable y La Jauría
Dícese que el joven tigre sable en sus días paralelos había buscado durante varios días unnuevo territorio, lejos de la frenética actividad de caza de los marcianos. Llevaba varios díassin probar bocado, después de semanas y meses de constante huida. Si no le habían abatidoya, era porque se había zafado del buscador-sonda, no sin hacerse una herida fea en el flanco.Esta tampoco daba signos de curarse, con la pus delatando una infección seria.Hace más de un año que no se cruzaba con otro ejemplar de su especie. Cuando su fino olfatodaba con la más mínima posibilidad de un encuentro, solía poner tierra de por medio. Untigre sable era un blanco, pero dos acaban siempre cazados. Los marcianos sabían explotar elincreíble sentido de protección que su especie había traído a este mundo virgen.En un salto sobre piedras altas, para despistar cualquier perseguidor, un repentino grito deuna madre águila le hizo fallar el aterrizaje sobre el prominente de la roca. Resbaló, y se cayóvarios metros hacía abajo, hasta golpear duramente otro saliente, al que finalmente pudoclavar sus uñas. El esfuerzo de subirse le volvió a abrir la herida del flanco. Exhausto sequedó sobre el improvisado nido, con la mirada perdida, y cada vez menos fuerzas paraincluso apartarse un poco más del abismo.Al día siguiente, un sonido fuerte, de impacto, le sobresaltó. Pero no tenía apenas fuerzas para ponerse en pie. Giró tambaleante la cabeza, para encontrarse con una cabra muerta,medio despedazada. Se arrastró hasta la carne aún humeante y caliente y sació su sed primero, quedando inmediatamente dormido de nuevo, con la cabeza en medio de un charcode sangre y vísceras.Horas más tarde volvió a despertar, volvió a comer, volvió a caer inconsciente. Perosobrevivió la noche, y al día siguiente otro impacto, esta vez de una iguana le sacómomentáneamente de su sufrida letanía. Siguió comiendo, y durmiendo. Cada día, y durantesiete le cayeron manjares del cielo. Al octavo día se despertó antes, y vio como las luces de lamañana traían también el batir de alas de la águila madre, quien durante estos días y tambiénhoy, le estaba alimentando con total naturalidad.El noveno día el joven tigre sable había superado la infección, y la herida estaba cerrada. Eldilema era que no había forma de salir del lugar dónde había caído. Más de treinta metros leseparaban de la siguiente roca, un salto que podía realizar, pero no sin apenas lugar paracoger impulso era un suicidio seguro. A la mañana siguiente, la madre águila no le dejó lacarne en la misma puerta... sino que la dejó caer diestramente sobre una roca a unos ochometros hacía arriba.
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