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CONDICIONAMIENTO Y DESPERTAR 
 Alejandro Celis H.
¿Qué es el condicionamiento? El complejo proceso que nos entrena, desde quenacemos, a adaptarnos a una sociedad determinada. ¿Quién nos entrena? Todo anuestro alrededor: nuestros padres, nuestras nanas si las tuvimos -o cualquierreemplazante temporal o permanente de nuestros padres-, nuestros profesores, lossacerdotes y/o monjas de nuestra sociedad particular, los mayores en general; y,también nuestros pares, la calle, la televisión, la publicidad, las películas... todo loque vemos nos ha condicionado. ¿Cómo? Mostrándonos qué es lo que se espera denosotros, aprobándonos cuando lo hacemos y desaprobándonos o castigándonoscuando hacemos algo diferente. ¿El resultado? Un "buen ciudadano(a)": lo que -encada cultura- llamamos "adaptado y normal".En el libro de Carlos Castaneda, Viaje a Ixtlán, el proceso del condicionamiento esdescrito de este modo por el brujo yaqui, "Don Juan": "...todo aquél que entra encontacto con un niño es un maestro que le describe incesantemente el mundo,hasta el momento en que el niño llega a ser capaz de percibirlo tal como se le hadescrito. Según don Juan, no recordamos ese portentoso momento, simplementedebido a que careamos de todo punto de referencia que nos permitieracompararlo con algo".Hay varios detalles que es necesario aclarar un poco más, sin embargo. En primerlugar, todo indica que no somos nada de tontos(as) cuando niños(as): que tenemoscriterio propio y que incluso somos tremendamente perceptivos y sensiblesrespecto a lo que ocurre a nuestro alrededor. Muchos de nosotros recordamos enforma tida el habernos dado cuenta muy cilmente de cosas que se nosocultaban -por ejemplo, problemas en la familia: peleas, alcoholismo del padre o lamadre, infidelidad oculta de uno o de los dos, etcétera-. Sabíamos cuándo losadultos nos mentían y sabíamos cuándo hablaban en serio. Cuando digo queteníamos "criterio propio", me refiero a que sabíamos lo que queríamos y lo que no,lo que nos gustaba y lo que no.¿Qué cambio, no? El adulto "normal" generalmente tiene poca claridad o seriasdudas respecto a sus verdaderos sentimientos, intereses y motivaciones y, lo quees peor, muchas veces las cosas de las que sí está seguro son cosas aprendidas desus mayores, no cosas que de veras desea. ¿Cómo es que perdemos ese criteriopropio del que hablaba -que era tan claro y tido cuando niños- y nosenmarañamos cada vez más?En una palabra: chantaje. El sistema y sus representantes nos chantajean,conscientemente o no. Nos quieren, aprueban y nos hacen sentir ¨parte¨,¨pertenecientes al grupo¨ -una de las cosas que más ansiamos- cuando actuamos,pensamos o sentimos ¨como debe ser¨ (como ¨todo el mundo¨) y nos hacen sentirajenos, ¨fuera de¨, ¨extraños¨, ¨distintos¨, cuando actuamos en forma diferente ala norma... ¡y cuánto aborrecemos, cuánto nos duele ser ¨distintocuandoniños(as)! Esto ocurre de múltiples formas y, por supuesto, no estoy diciendo queforme parte de ningún plan deliberado: simplemente, es una presión hacia laconformidad que se transmite, en forma bastante inconsciente, de generación engeneración. Lo diferente, lo distinto, nos hace sentir intranquilos e incómodos, ysimplemente tendemos a inhibirlo, en nosotros y los demás.Lo más complicado que ocurre cuando agachamos la cabeza y nos mimetizamos ala masa -como hicimos la gran mayoría, aún cuando persistiera una vaga sensacióninterna que apunta hacia otro lado- es que olvidamos que hicimos eso. Olvidamos
 
que teníamos criterio propio, brújula propia, gustos propios... y que simplementeadoptamos el molde masivo porque la presión a que nos vimos sometidos fuedemasiada, y demasiada tambn era nuestra necesidad de ser aceptados,queridos, integrados al grupo.
El condicionamiento nos impregna... más allá de lo que vemos
Una de las cosas que más trabajo me cuesta transmitir en los cursos que doy es laidea de que el condicionamiento nos ha afectado seriamente a todos. En general,cuando hablo de los efectos de las enseñanzas de los padres, sociedad, Iglesia y, engeneral, el tremendo efecto que conlleva el criarse en una sociedad como la nuestra-que tolera tan poco la diferencia-, mi auditorio o lectores suelen creer que ellos noestán implicados. ¨Sí, sí, claro que captamos la idea. Qué interesante como ocurre.Claro que nosotros ya estamos libres de eso, porque somos inteligentes, lúcidos,cultos...¨, o "Ya sé que me parezco a mi papá (o mi mamá) en muchas cosas...pero ya lo tengo asumido y superado", o "Tengo claro que mi niñez fue difícil, peroeso ya lo dejé atrás: prefiero olvidarlo".La mayoría cree, entonces, haber ya superado su condicionamiento. De veras creenque sus opiniones, gustos y preferencias son suyas, y no simples implantessociales. Paul Lowe dice, "Nuestro condicionamiento es tan profundo que no nosdamos cuenta de que es condicionamiento: creemos que las cosas son así".Aquí en Chile, en mi relativamente corta vida he visto que de un momento a otronos ponemos a odiar a los argentinos, a los peruanos, a los bolivianos, a losbrasileños, a los norteamericanos, a los rusos, a los cubanos, a los ingleses y a losespañoles -por nombrar algunos-. ¿Los motivos? Las más bizarras idioteces, desdeun partido de fútbol en que no nos fue como queríamos, un pedazo de tierra quenadie va a conocer nunca, la negativa a vendernos armamento o supuestas ofensasa "la dignidad y la independencia" nacionales. ¿Qué hacemos? Apedreamos sedesdiplomáticas, amenazamos con corte de relaciones diplomáticas, nos hacemosfrotaciones con la bandera y nos ponemos a balar como ovejas diversos slogansque hablan de la ofensa y de lo dignos y soberanos que somos.Es uno más de los ejemplos de cómo la mente nos hechiza: los valores como el"patriotismo", la "dignidad nacional" y otros similares son puro condicionamiento.Cualquier idea que nos oponga a los otros países es condicionamiento. A muchosnos contaron cuando niños el cuento aquél de la competencia internacional decanciones nacionales y banderas, en la cual, ¡por supuesto, ganamos los chilenos! Aveces es así de burdo el condicionamiento... La Tierra y la Humanidad son una sola,y podemos ser condicionados a inventar una ficticia rivalidad a partir de lasdiferencias entre nosotros, convirtiéndolas en un problema... o podríamos aprendera apreciarlas.
Nuestra capacidad de abstracción
También se nos enseña a creer que, si logramos comprender un fenómeno odescribirlo en forma intelectual, obtenemos control sobre él. Como si leer sobrenatación fuera equivalente a saber nadar... Obviamente, éste es un craso error. Enrealidad, esta capacidad de la mente -la de imaginar cosas y de reflexionar como silos objetos concretos se hallaran presentes- nos resulta útil en muchos casos, perotiene escalofriantes implicancias. Al abstraer conceptos de la realidad,generalmente no estamos en contacto con la forma como esta realidad nos toca los
 
afectos. Es decir, podemos pensar fría y desapegadamente en cosas que, de ocurriren la realidad, tendrían un efecto emocional devastador sobre nosotros.En la década de los ochenta, era frecuente que periodistas y ¨líderes¨ de laspotencias occidentales -de los rusos casi nunca se sabía nada- calcularan muysueltos de cuerpo los efectos de una guerra nuclear: si valía la pena o no cambiar aHamburgo por Leningrado, y si era o no conveniente destruír primero Moscú oquizás alguna otra ciudad, antes de la inevitable vuelta de mano de los rusos -loque implicaba ¨perder¨ Nueva York o Chicago, como si se tratara de un juego-.La verdad es que esta facultad -la mente condicionada- nos puede envolver enforma tan total que podemos llegar a creer cualquier cosa. Literalmente, a unapersona sugestionable se le puede convencer de que tiene frío, calor, de que tal ocual situación en que está inserta constituye un problema serio, que tal o cualpersona no es de confiar, que una pintura horrorosa es una obra de arte magníficae invaluable, etcétera. ¿Le parece risible? Lo triste es que todos somos así: todossomos sugestionables en algún grado. Nos hemos convencido de patrañas másgrotescas que cualquiera de ésas. Creo que uno de los grandes defectos del sistemademocrático es precisamente ése: cualquiera nos convence de cualquier cosa... ydespués nos preguntamos cómo llegó a ser elegido Presidente tal o cual sujeto,aquí o en otro país. ¿Sabe usted que Hitler era idolatrado por una gran proporciónde la población germana? Increíble, ¿no?
La presión social
Una vez condicionados, una de las cosas más tristes que ocurren es que nosvolvemos cómplices del sistema. Deseamos que los demás sean como nosotros.Deseamos que recorran la misma senda "normal" y establecida: que tengan sutrabajo, su pareja, sus niños, su casa... que hagan "lo que se hace", lo mismo quehicieron sus padres y antepasados -con ligeras diferencias-. Esto incluye,usualmente, el embrutecerse con actividades, de modo de evitar el "ocio" -y conello evitar hacerse preguntas tan absurdas como por ejemplo "¿Qué estoy haciendocon mi vida?"-. Así pues, los hombres generalmente aprendemos a correr de unlado a otro y a agotarnos y estresarnos -a esto le llaman "trabajar"-.Respecto a la mujer, las cosas han variado en las últimas décadas. Antes, aprendíana reducir sus aspiraciones a ser una buena cocinera, una buena esposa de alguieninteresante -para un mejor status social- y a ser una estupenda madre de unmontón de niños. Ahora, lo anterior es un poco más sutil -pero aún influyente enmuchos casos- y se ha agregado el deseo de tener una profesión u ocupaciónpropia. Dicho sea de paso, esto último ha ido tomando un mayor espacio debido aunas pocas pioneras valerosas y tozudas que inicialmente se enfrentaron a laoposición general antes de lograr lo que deseaban.A pesar de esto, por supuesto que aún persiste el condicionamiento -pues su efectono se observa en lo que uno hace, sino en cómo lo hace- y los hombres seguimosen nuestra actividad frenética mientras las mujeres se enfrentan a conciliar suvocación con las labores caseras -cuya responsabilidad, salvo en muy honrososcasos, aún se les otorga enteramente a ellas-. Para no tener la posibilidad dereflexionar y cuestionar este modo de "vida", la sociedad también nos enseña allenar nuestro tiempo libre de actividades y estímulos que, por lo general, no nospermiten contactarnos internamente y hallar un sentido más profundo en nuestraexistencia.
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