individual en lugar de quedar paralizado o muerto. En suorigen esta conciencia es una prótesis cultural (de mane-ra principal el lenguaje y el uso de símbolos) que, asocia-da al empleo de herramientas, permite la sobrevivenciaen un mundo que se ha vuelto excesivamente hostil y difícil. Los circuitos de las emociones angustiosas gene-radas por la dificultad de sobrevivir pasan por los espaciosextrasomáticos de las prótesis culturales, pero los cir-cuitos neuronales a los que se conectan se percatan de la“exterioridad” o “extrañeza” de estos canales simbólicos y lingüísticos. Hay que subrayar que, vista desde esta pers-pectiva, la conciencia no radica en el percatarse de quehay un mundo exterior (un hábitat), sino en que unaporción de ese contorno externo “funciona” como si fue-se parte de los circuitos neuronales. Para decirlo de otramanera: la incapacidad y disfuncionalidad del circuitosomático cerebral es compensada por funcionalidades y capacidades de índole cultural. El misterio se halla en queel circuito neuronal es sensible al hecho de que es incom-pleto y de que necesita de un suplemento externo. Estasensibilidad es parte de la conciencia.Uno de los mejores investigadores reseñados porHarnad, Antonio Damasio, insiste en la división entreel medio interior, precursor del yo individual, y sucontorno exterior.
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Es posible que esta creencia,profundamente arraigada entre los neurobiólogos, seaun obstáculo para avanzar en la comprensión de lasbases fisiológicas de la conciencia humana. Conside-remos una idea diferente: la conciencia surgiría de lacapacidad cerebral de reconocer la continuación de unproceso
interno
en circuitos externos ubicados en elcontorno. Es como si una parte del metabolismo di-gestivo y sanguíneo ocurriese artificialmente fuera denosotros. Podríamos contemplar, plastificadas, nues-tras tripas y nuestras venas enganchadas en un sistemaportátil de prótesis impulsadas por sistemas cibernéti-cos programados.Esto ocurre en los cyborgs de la ciencia ficción y enlos experimentos realizados en primates, los cuales,gracias a un electrodo implantado, han logrado con-trolar mentalmente una conexión cerebro-máquinapara mover a distancia un brazo robot.
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En cambio,estamos acostumbrados a estar rodeados de prótesisque nos ayudan a memorizar, a calcular e incluso a co-dificar nuestras emociones. Al respecto, otro de loslibros con que se cierra la década del cerebro, del filó-sofo Colin McGinn, usa una imagen que me parecemuy importante, aunque la desaprovecha lamentable-mente. En su argumentación para demostrar que elcerebro humano es incapaz de encontrar una soluciónal problema de la conciencia, McGinn imagina unorganismo cuyo cerebro, en lugar de estar oculto den-tro del cráneo, está distribuido fuera de su cuerpocomo una piel. Se trata del exocerebro, similar alexoesqueleto de los insectos o los crustáceos.
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El hechode que esté expuesto al exterior no hace que este pelle- jo pensante sea más fácil de entender cuando, porejemplo, este organismo tiene la experiencia del rojo.El carácter “privado” de la conciencia, dice McGinn,no tiene nada que ver con el hecho de que nuestro cere-bro se encuentra oculto: la experiencia del color rojo entodos los casos se encuentra enterrada en una interio-ridad completamente inaccesible. El error de McGinnconsiste en creer que la conciencia está sepultada en lainterioridad. Si suponemos que el extraño mutantedotado de una epidermis neuronal es capaz de colorearsu vientre cuando piensa en rojo, y otros organismosde la misma especie lo pueden contemplar e identi-ficar, entonces nos acercamos a nuestra realidad: elexocerebro cultural del que estamos dotados realmentese pone rojo cuando dibujamos nuestras experienciascon tintas y pinturas de ese color. Hay que decir que laidea de un cerebro externo fue esbozada originalmentepor Santiago Ramón y Cajal, quien al comprobar laextraordinaria y precisa selectividad de las redes neu-
REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO
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LA CONCIENCIA Y EL EXOCEREBRO
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Antonio Damasio,
The feeling of what happens. Body and emotion in the making of consciousness
, Harcourt Brace, Nueva York, 1999,pp. 135ss.
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José M. Carmena et al., “Learning to control a brain-machineinterface for reaching and grasping by primates”,
Public Library of Science- Biology
1, 2 (octubre 2003): 1-16.
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Colin McGinn,
The mysterious flame. Conscious minds in a material world
, Basic Books, Nueva York, 1999, p. 11.
Francis Bacon,
Estudio de George Dyer frente al espejo
, 1968
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