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 A la memoria de Simón Brailowski 
En la misma época en que moría el mundo bipolar quecaracterizó al siglo
 XX 
se inició silenciosamente la lla-mada década del cerebro: los años noventa. Gracias aldescubrimiento de las funciones de los neurotrans-misores químicos y al refinamiento de nuevas técnicasde observación del sistema nervioso (tomografías de emi-sión positrónica e imágenes de resonancia magnéticafuncional) se avanzó con rapidez en el estudio de las fun-ciones cerebrales. Parecía que los neurobiólogos esta-ban en camino de resolver uno de los más grandes mis-terios con los que se enfrenta la ciencia: la explicaciónde los mecanismos del pensamiento y de la conciencia.En cierta manera los científicos abordaron el problemade la conciencia humana como lo hicieron los natura-listas del siglo
 XVIII
, que buscaban al hombre en estadode naturaleza con el objeto de comprender la esenciadesnuda de lo humano, despojado de toda la artificia-lidad que lo oculta. Para entender el misterio de la con-ciencia humana, la neurología también ha intentadobuscar los resortes biológicos naturales de la mente enel funcionamiento de un sistema nervioso central de-sembarazado de las vestiduras subjetivas que lo envuel-ven. Sabemos desde hace mucho tiempo que el hom-bre en estado de naturaleza no existió más que en laimaginación de los filósofos y naturalistas ilustrados. Y podemos sospechar que el hombre neuronal desnudo
REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO
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La concienciay elexocerebro
Una hipótesis sobre los sistemas simbólicos de sustitución
Roger Bartra
Francis Bacon,
Tres estudios de Muriel Belcher 
, 1966
 
tampoco existe: un cerebro humano en estado de natu-raleza es una ficción. Al finalizar la década del cerebro leí el inteligentebalance hecho por Stevan Harnad de los intentos pordevelar el misterio de la conciencia y de las funcionesmentales complejas.
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 Algunos de los autores que anali-za se enfrentan al duro misterio de la conciencia, como Antonio Damasio, Gerald Edelman, Colin McGinn oGiulio Tononi; otros como Jerry Fodor o Michael To-masello no afrontan el hueso duro de roer. Del balancede Harnad se desprende que la década del cerebro avan-zó en la explicación de algunos aspectos del funciona-miento neuronal, pero dejó en la oscuridad el problemade la conciencia. Este balance me llamó poderosamentela atención, pues yo me había pasado la década del cere-bro estudiando como antropólogo las ciencias médicasque durante el Renacimiento y los albores de la moder-nidad intentaban comprender el funcionamiento cere-bral humano.
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Me absorbió tanto el tema que pormomentos sentía como si fuera un médico graduado enSalamanca o París en el siglo
 XVII
. Con este bagaje meaproximé a la neurobiología actual: ¿qué podría enten-der un antropólogo que regresaba de un largo viaje alSiglo de Oro? Decidí sumergirme en las investigacionesrealizadas durante la década del cerebro.Mi primera impresión fue la siguiente: los neurobió-logos están buscando desesperadamente en la estructurafuncional del cerebro humano algo, la conciencia, quepodría encontrarse en otra parte. Quiero aclarar que usoel término conciencia para referirme a la autoconcienciao conciencia de ser consciente. Ante esta búsqueda supuseque un médico renacentista pensaría que el sentimientode constituir una partícula individual única podría ser par-te de la angustia producida por una función defectuosade los impulsos neumáticos en los ventrículos cerebralesque impediría comprender el lugar del hombre en laCreación. Es decir, la conciencia no solamente radicaríaen el funcionamiento del cerebro, sino además (y acasoprincipalmente) en el sufrimiento de una disfunción. Sedice que un motor o una máquina neumática (como elcerebro en el que pensaba la medicina galénica, animadopor el
 pneuma 
) “sufre” cuando se aplica a una tarea superiora sus fuerzas. El resultado es que se para. Como experi-mento mental, supongamos que ese motor neumático esun “cerebro en estado de naturaleza” enfrentado a resol-ver un problema que está más allá de su capacidad. Estemotor neumático está sometido a un “sufrimiento”. Ahora supongamos que este cerebro neumático aban-dona su estado de naturaleza, y no se apaga ni se paracomo le ocurriría a un motor limitado a usar únicamentesus recursos “naturales”. En lugar de detenerse y quedarseestacionado en su condición natural, este hipotéticomotor neuronal inventa una prótesis mental para sobre-vivir a pesar del intenso sufrimiento. Esta prótesis no tie-ne un carácter somático, pero sustituye las funcionessomáticas debilitadas. Hay que señalar de inmediato quees necesario reprimir los impulsos cartesianos de unmédico del siglo
 XVII
: estas prótesis extrasomáticas no sonsustancias pensantes apartadas del cuerpo, ni energíassobrenaturales y metafísicas, ni programas informáticosque pueden separarse del cuerpo como la sonrisa del gatode Cheshire. La prótesis es en realidad una red cultural y social de mecanismos extrasomáticos estrechamente vin-culada al cerebro. Por supuesto, esta búsqueda debetratar de encontrar algunos mecanismos cerebrales quepuedan conectarse con los elementos extracorporales.Regresemos a nuestro experimento mental. Tendre-mos que tratar de explicar por qué un ser humano (o pro-to humano) enfrentado a un importante reto —comopuede ser un cambio de hábitat—, y al sentir por ello unagudo sufrimiento, a diferencia de lo que le ocurriría a unmotor (o a una mosca), genera una poderosa conciencia
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REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO
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Stevan Harnad, “No easy way out”,
The Sciences 
41, 2 (2001): 36-42.
2
Roger Bartra,
Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro 
, Anagrama, Barcelona, 2001.
Francis Bacon,
Tres figuras en una habitación 
, 1964
 
individual en lugar de quedar paralizado o muerto. En suorigen esta conciencia es una prótesis cultural (de mane-ra principal el lenguaje y el uso de símbolos) que, asocia-da al empleo de herramientas, permite la sobrevivenciaen un mundo que se ha vuelto excesivamente hostil y difícil. Los circuitos de las emociones angustiosas gene-radas por la dificultad de sobrevivir pasan por los espaciosextrasomáticos de las prótesis culturales, pero los cir-cuitos neuronales a los que se conectan se percatan de la“exterioridad” o “extrañeza” de estos canales simbólicos y lingüísticos. Hay que subrayar que, vista desde esta pers-pectiva, la conciencia no radica en el percatarse de quehay un mundo exterior (un hábitat), sino en que unaporción de ese contorno externo “funciona” como si fue-se parte de los circuitos neuronales. Para decirlo de otramanera: la incapacidad y disfuncionalidad del circuitosomático cerebral es compensada por funcionalidades y capacidades de índole cultural. El misterio se halla en queel circuito neuronal es sensible al hecho de que es incom-pleto y de que necesita de un suplemento externo. Estasensibilidad es parte de la conciencia.Uno de los mejores investigadores reseñados porHarnad, Antonio Damasio, insiste en la división entreel medio interior, precursor del yo individual, y sucontorno exterior.
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Es posible que esta creencia,profundamente arraigada entre los neurobiólogos, seaun obstáculo para avanzar en la comprensión de lasbases fisiológicas de la conciencia humana. Conside-remos una idea diferente: la conciencia surgiría de lacapacidad cerebral de reconocer la continuación de unproceso
interno 
en circuitos externos ubicados en elcontorno. Es como si una parte del metabolismo di-gestivo y sanguíneo ocurriese artificialmente fuera denosotros. Podríamos contemplar, plastificadas, nues-tras tripas y nuestras venas enganchadas en un sistemaportátil de prótesis impulsadas por sistemas cibernéti-cos programados.Esto ocurre en los cyborgs de la ciencia ficción y enlos experimentos realizados en primates, los cuales,gracias a un electrodo implantado, han logrado con-trolar mentalmente una conexión cerebro-máquinapara mover a distancia un brazo robot.
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En cambio,estamos acostumbrados a estar rodeados de prótesisque nos ayudan a memorizar, a calcular e incluso a co-dificar nuestras emociones. Al respecto, otro de loslibros con que se cierra la década del cerebro, del filó-sofo Colin McGinn, usa una imagen que me parecemuy importante, aunque la desaprovecha lamentable-mente. En su argumentación para demostrar que elcerebro humano es incapaz de encontrar una soluciónal problema de la conciencia, McGinn imagina unorganismo cuyo cerebro, en lugar de estar oculto den-tro del cráneo, está distribuido fuera de su cuerpocomo una piel. Se trata del exocerebro, similar alexoesqueleto de los insectos o los crustáceos.
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El hechode que esté expuesto al exterior no hace que este pelle- jo pensante sea más fácil de entender cuando, porejemplo, este organismo tiene la experiencia del rojo.El carácter “privado” de la conciencia, dice McGinn,no tiene nada que ver con el hecho de que nuestro cere-bro se encuentra oculto: la experiencia del color rojo entodos los casos se encuentra enterrada en una interio-ridad completamente inaccesible. El error de McGinnconsiste en creer que la conciencia está sepultada en lainterioridad. Si suponemos que el extraño mutantedotado de una epidermis neuronal es capaz de colorearsu vientre cuando piensa en rojo, y otros organismosde la misma especie lo pueden contemplar e identi-ficar, entonces nos acercamos a nuestra realidad: elexocerebro cultural del que estamos dotados realmentese pone rojo cuando dibujamos nuestras experienciascon tintas y pinturas de ese color. Hay que decir que laidea de un cerebro externo fue esbozada originalmentepor Santiago Ramón y Cajal, quien al comprobar laextraordinaria y precisa selectividad de las redes neu-
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LA CONCIENCIA Y EL EXOCEREBRO
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 Antonio Damasio,
The feeling of what happens. Body and emotion in the making of consciousness 
, Harcourt Brace, Nueva York, 1999,pp. 135ss.
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 José M. Carmena et al., “Learning to control a brain-machineinterface for reaching and grasping by primates”,
Public Library of Science- Biology 
1, 2 (octubre 2003): 1-16.
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Colin McGinn,
The mysterious flame. Conscious minds in a material world 
, Basic Books, Nueva York, 1999, p. 11.
Francis Bacon,
Estudio de George Dyer frente al espejo 
, 1968
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