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09/30/2013

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267
Pino Suárez
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oisés
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astillo
I
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laudia corrió abrumada varias cuadras. Tenía ganas de llorarpero no podía. Como todos los fines de semana, el Centro Históricose convertía en un gran hormiguero. Había mucha gente y demasia-do ruido porque uno de esos artistas de la televisión estaba ofre-ciendo un concierto gratuito. Logró cruzar la plancha del zócalocapitalino y escabullirse entre la gente. No era tan tarde porqueaún había un poco de sol cobrizo.A cada paso recordaba esas palabras humillantes de su madre:“¡Vete de aquí, cabrona! ¡Ya no regreses!, ¿me oíste?” Sus piernastemblaban y pensó que se iba a desplomar de un momento a otro.Decidió descansar en una banca de hierro y desconsolada soltó lasprimeras lágrimas. Tenía esa sensación de vacío, como si su vidase hubiera terminado. La escena de su mamá abofeteándola frentea sus hermanos la hacía una chica infeliz. Se sentía despreciada.A sus 12 años no había recibido ni un gramo de afecto de sufamilia. No sabía qué diablos era un beso de mamá o un abrazo depapá. Lo que sí percibía es que era una niña fantasma. Su padrelos abandonó y veía a su padrastro como un impostor. Ese señorcanoso, quien fue su padrino de bautizo, se convirtió en pocosaños en el hombre de la casa y en su peor pesadilla: cuando estaba
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TRATA DE PERSONAS
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sola, el cincuentón la acosaba sexualmente o le hacía bromas demal gusto.Todos los días era lo mismo, hasta que fue violada por aquelhombre. Sus ojos miraban suplicantes, pero fue inútil. Nunca selo contó a su mamá por temor a que no le creyera y por las ame-nazas de ese tipo. Prefirió guardar silencio y su única válvula deescape era salir a la calle. Retornar a su casa significaba acceder alinfierno: sentía como si hubiera hecho algo muy malo. Ya se habíaacostumbrado a los golpes y a esas miradas lascivas.De repente, Claudia se percató de que alguien se había sentadoa lado de ella. Era un chico de 23 años y se presentó como Hugo:—¿Por qué lloras? ¿Te puedo ayudar en algo?—Tuve un problema en mi casa. Gracias, ya pasó. No tiene im-portancia.—Yo ando en las mismas, mis padres no me comprenden. Poreso decidí hacer mis cosas y seguir adelante…Sin darse cuenta, Claudia ya estaba platicando con Hugo de unmontón de cosas. Se reían de todo y él la abrazaba o le acariciabael cabello. Ella se sentía protegida y querida. Se identificó con esechavo porque tenían historias similares de sufrimiento y, por unmomento, escuchó que su corazón palpitaba.Él le contó que se dedicaba a la venta de ropa y que le iba muy bien. Se acababa de comprar un auto deportivo y casi terminabade pagar un pequeño departamento en Tlaxcala, a unas cuantascuadras donde vivían sus padres.La niña de secundaria estaba sorprendida, siempre había soña-do con estar con alguien exitoso, pero la sombra de su familia nola dejaba en paz. Le daban escalofríos cada vez que recordaba lasgolpizas que recibía de su madre, quería irse pero no sabía cómo.Deseaba un verdadero hogar, dormir bajo un techo seguro y saber-se querida y mirada como lo hacía Hugo con tanta facilidad.—¿Sabes?, creo que siempre nos anduvimos buscando, ¿nocrees? Vámonos de aquí, tú y yo. No tengo dudas de que podemosvivir juntos y ser felices.
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PINO SUÁREZ
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—Pero cómo, no entiendo. Tengo que regresar a mi casa.—¿Quieres más golpes? No, pues estás mal, ¿eh?, pensé queeras una chavita diferente… Conmigo no te vas a sentir sola y note va a faltar nada.—Pues sí me gustaría, pero no sé.—Todavía andamos a tiempo de llegar a la terminal y tomar elautobús, ¿qué dices? Si no te gusta donde vivo, nos regresamos sinproblemas…Claudia tomó de la mano a Hugo y se dio cuenta de que estabana unos cuantos metros de la estación del metro Pino Suárez. Miróal cielo buscando algo, una señal. Pero estaba bien en ese momentoen que el sol ya se había escondido. Conforme bajaba las escalerassentía que respiraba un aire nuevo.
II
Tenancingo 
Lejos quedaba el pasado. Apenas caían relámpagos y de repentecaminaba casi sobre el aire. Nunca imaginó que un encuentro ca-sual bastaría para sentirse tan bien. Lo primero que vio al llegar aTenancingo fue ese Camaro rojo que le había platicado Hugo. Nun-ca había observado algo tan brillante. Se emocionó, ¡era verdad!La familia la recibió como una reina y organizó una pequeña cenapara darle la bienvenida a su nuevo hogar.Transcurrieron tres meses de regalos, ropa, salidas al cine, co-sas que para ella eran inalcanzables. Ya estaba instalada en el de-partamento de su chavo y seguido iban unos primos de él para pa-sar el rato. Una tarde le revelaron un secreto: su novio estaba muyenamorado y que quería casarse con ella. Que andaba juntando un“dinerito” de la venta de ropa y que ellos serían los padrinos.Claudia no lo podía creer. Siempre soñó con tener una familiay casarse de blanco. La suerte no se puede almacenar y ya no que-
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