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Memoralibria
 El fin del mundo (de nuevo)
 Juan Antonio Montiel  A Miriam, en su cumpleaños
En su novela más reciente,
 Brooklyn Follies
, Paul Auster permite que los detalles de latrama converjan en un final indiscutiblemente feliz. En el penúltimo capítulo, el protagonista, que al comienzo del libro cree estar viviendo sus últimos días, que serefugia en Brooklyn para esperar la muerte, que acaba de sufrir un ataque al corazón, seve a sí mismo sano y salvo —aunque en la cama de un hospital— y planea la obra de suvida: escribirá biografías de gente común, como una manera de
resucitarlos con palabras
. Lo escrito perdurará incluso después de la desaparición de quien lo haconcebido y de quien lo ha motivado:
vivirá
más allá de la muerte. A partir de aquí, laconclusión de
 Brooklyn Follies
puede resumirse en dos citas: “Nunca debe subestimarseel poder de los libros” y “era feliz, amigos, el hombre más feliz que jamás haya existidosobre la tierra”.Sin embargo, y como en el caso de muchos finales felices, sobre este también planea (nunca mejor dicho) la sombra de lo ominoso. Auster defiende a su personajecolocando lo terrible fuera del ámbito temporal de la novela: anuncia que sucederácuarenta y cinco minutos después de que la historia de Nathan Glass, “el hombre másfeliz”, haya terminado. “Pero de momento todavía eran las ocho de la mañana”, escribe, porque inmediatamente antes ha dejado caer ya la noticia de lo que ha de suceder: es lamañana del 11 de septiembre de 2001, y momentos después un par de aviones seestrellarán contra el World Trade Center.Ese acontecimiento, del que apenas se da noticia, que no amerita en el libro deAuster más allá de un párrafo, reformula sin embargo la novela, modifica sus alcances;a partir de ese párrafo, la historia de Nathan Glass adquiere otra textura: es el relato deun mundo perdido. Con el derrumbe de las torres gemelas parece terminar para siempreel idilio de Brooklyn y el libro de Auster queda convertido en un testamento de aquelmundo que se ha esfumado. La pregunta que se impone al lector es: ¿qué pasará ahoracon el proyecto de Nathan Glass?, o incluso: ¿perdurarán los libros aun después de estoshechos?Una respuesta inmediata nos lleva al propio libro de Auster: ¿no es éste, en símismo, una prueba de la supervivencia de la literatura después del 11-S? Quizá lo sea,aunque no es posible ignorar que un cambio fundamental se ha operado: como he dichoantes, la novela adquiere, a partir del choque de los aviones, la categoría de untestamento. “Lo terrible”, escribió Martin Heidegger, “es aquello que saca a todo lo quees de su esencia primitiva”. Que la literatura se convierta en testamento parece una banalidad si se lo coloca en el contexto de la frase de Heidegger —que se refiere a “todolo que es”— pero no tanto si se tiene en consideración que podría tratarse deltestamento
de un mundo desaparecido
. Detrás de esta posibilidad asoma, sin duda, el perfil de lo terrible.Los milenarismos nos han enseñado a temer que el mundo posea una fecha decaducidad, pero quizá han pecado de ingenuos o de malintencionados —o de ambascosas— proyectando un fin del mundo digno de las cintas de Cecil B. de Mille, congrietas que se abren repentinamente para tragárselo todo, y ángeles flamígeros. De niñome impresionó saber que Charles Taze Russell, el fundador de los Testigos de Jehová,había anunciado el fin del mundo para el año 1873, y que aquella secta ha ido variando
 
la fecha a lo largo del tiempo a partir, dicen algunos, del reconocimiento de lo evidente.Hace poco descubrí que una de las fechas propuestas por Russell —después de lo que élmismo interpretó como un error de cálculo— era 1914, lo que me hizo considerar la posibilidad de que, muy probablemente a pesar de sí mismo, aquel profeta pedestre hayaacertado: el año 1914 supuso el comienzo de la gran guerra que terminaría con elderrumbamiento del Imperio austrohúngaro. Ese fue un
 fin del mundo
en toda regla;Josep Casals, todo un experto en el asunto, ha escrito: “cuando decimos
 finis Austriae
,decimos [...] el fin de un mundo”.Y lo fue también la caída del Imperio romano, lo que me lleva a otro recuerdo deinfancia. Una de mis lecturas infantiles era una
 Biblia latinoamericana
que había encasa: como otros niños católicos, me sentía atraído por muchas cuestiones que añosantes habían hecho famoso a Cecil B. de Mille, incluyendo a Sansón y a Moisés. Pues bien, en esa versión del texto bíblico leí por primera vez el Apocalipsis, y también unanota en la que este libro sagrado se interpretaba como una anticipación nonecesariamente profética de la caída del Imperio romano, o bien, por lo bajo, como unaamplia exposición presidida por el ardiente deseo de venganza contra aquél.Mucho tiempo después encontré un razonamiento parecido en un texto de GillesDeleuze que aparece en
Crítica y clínica
(“Nietzsche y San Pablo, Lawrence y Juan dePatmos”). Ahí, Deleuze comenta las —apasionadas— razones a las que D. H. Lawrenceapelaba para distinguir a Juan Evangelista del oscuro Juan de Patmos, autor delApocalipsis: “No se trata de dos individuos, de dos autores”, escribe Deleuze evocandoa Lawrence, “sino de dos tipos de hombre, o de dos regiones del alma, de dos conjuntosdel todo diferentes. El Evangelio es aristocrático, individual, suave, amoroso. ElApocalipsis es colectivo, popular, inculto, rencoroso y salvaje”. Para Lawrence, lomismo que para Deleuze, las razones del
alma colectiva
no son otras que las de lavenganza, que se manifiesta en el deseo de un juicio universal visto siempre desde la perspectiva de quienes no serán juzgados: “[El Apocalipsis] Es el libro de cada uno delos que se creen supervivientes”.Resulta interesante descubrir que la caída del gran Imperio austrohúngaro puedeinterpretarse, precisamente, como un triunfo —y una venganza— del alma colectivasobre el alma individual. La Viena de fin de siglo se nos presenta, cuando pensamos enella, como un gran barco que se hunde (Fellini:
Y la nave va
), pero sería un error pensar que en ese barco viajaba el alma colectiva: la prueba mayor de la buena salud de estaúltima fue el floreciente nazismo —y el sionismo—. No, en ese viaje sólo tenía cabidael alma individual, por lo demás bastante incauta a pesar de los esfuerzos de un FranzKafka, o de un Joseph Roth.Los protagonistas de lo terrible que tuvo lugar en Austria fueronmayoritariamente judíos, y aquello terrible —lo que “saca a todo lo que es de su esencia primitiva”— aconteció entonces en la forma de una reducción de miles de personas a lacondición de apátridas. A ese exilio masivo —más interior que exterior, comocorrespondía a un imperio que desde varias cadas antes podía considerarse, en palabras de Musil: “una forma sin materia”—, y a aquella Austria, se refiere W. G.Sebald con el título de uno de sus libros de ensayos
Unheimliche Heimat 
, que bien podría traducirse como
 Patria inhóspita
, pero que se ha traducido caprichosamentecomo
 Pútrida patria.
En cualquier caso, lo que me interesa decir es que, habiendo sidoeducados en lo que Sebald caracteriza como “un concepto de patria absolutamentereaccionario”, en cuyo centro “estaba la idea de la relación inmediata del hombreaustríaco con el paisaje que lo circundaba”, la pérdida del Imperio significó para milesde individuos algo muy parecido a la inexistencia. Una frase de Jean Amery (citada por el propio Sebald) ejemplifica perfectamente esta situación: “Me había convertido”, dice
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