El vocabulario de Michel Foucault. Un recorrido alfabético por sus temas, conceptos yautores.A mis padres.PrefacioSalvando las diferencias, podríamos comenzar, como Foucault en el prefacio de Lesmots et les choses, diciendo que este libro nació de un texto de Borges. Foucault serefiere a esa enciclopedia china en la que aparece una inquietante clasificación de losanimales: «“(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados,(d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en estaclasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincelfinísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que delejos parecen moscas»” (Jorge Luis Borges, «“El idioma analítico de John Wilkins»”, enObras completas 1923-1972, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 708). Siempre segúnFoucault, esta clasificación provoca risa. No la que puede sugerirnos el contenido decada uno de sus ítemsitems, sino el hecho de que ellos hayan sido ordenadosalfabéticamente. Lo que nos hace reír es que en el no lugar del lenguaje haya podidoyuxtaponerse, como en un espacio común, lo que efectivamente carece de lugar común.Causa risa e inquietud la heterotopía que domina esta clasificación (cf. MC, 9).Suponiendo que los «“innumerables»”, los «“fabulosos»” o los «“etcétera»” existan, enla clasificación de Borges se trata de ordenar «“seres»”; en un vocabulario de Foucault,se trata de ordenar «“conceptos»”. Pero, aunque parezca que los «“conceptos»” estánmás cerca de las palabras y facilitan así la operación, el peligro no es menor. De hecho,este vocabulario puede producir el mismo efecto que la clasificación de los animales dela enciclopedia china porque, claramente, como ella, podría ser sólo el esfuerzo paraencontrarle un lugar común a lo que parece no tenerlo. El mismo Foucault, con ciertafrecuencia, ha señalado el carácter fragmentario e hipotético de su trabajo, su renuenciaa elaborar teorías acabadas, su horror a la totalidad. El vocabulario sería, entonces, sólola pretensión de querer poner orden y límites a su pensamiento, recurriendo a lasimpleza y a la finitud alfabéticas. Más aún, intentando ser a la vez breve y extenso,analítico pero exhaustivo, encerrando el universo del pensamiento foucaultiano en laclausurada gramática de un diccionario, este vocabulario no sólo provocaría el mismoefecto que esa extraña clasificación de animales; correría el riesgo de convertirse élmismo en una enciclopedia china. Porque «“notoriamente no hay clasificación deluniverso que no sea arbitraria y conjetural»” (J. L. Borges, op. cit., p. 708). Y nada nosasegura que en el afán de ordenar no caigamos en esas autoimplicaciones(clasificaciones de los contenidos mismos de la clasificación –como aquélla de losanimales de Borges– «“(h) incluidos en esta clasificación»”) que sólo los laberintos dellenguaje permiten construir. Y, finalmente, en el peor de los casos, provocar sólo risa, y,en el mejor, también inquietud. –Pero, ¿y si ese espacio común existe? –Ah, bueno, entonces presentar este vocabulario se reduciría a decir, de nuevo comoFoucault: «“Yo no escribo para un público, escribo para usuarios, no para lectores»”(DE2, 524).
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