personal. A mi modo de ver, es claro que tiene que ver con estos dosfactores, pero no de modo exclusivo ni único. Pasamos a tratarlos conun poco más de detenimiento.
a) El enfoque de la edad
Parecería que sólo podemos ser maduros cuando avanzamos en edad. Nos damos cuenta de la verdad que encierra esta afirmación cuandonos encontramos con personas a las que no hemos visto en bastantesaños y, después de hablar con ellas durante un rato, percibimos quetienen otra hondura. Serían necesarias, por tanto, paciencia y espera.La madurez se dibuja aquí, pues, como horizonte final de la vida.En realidad, cada momento de la vida tiene su propia sazón: en él,la madurez adquiere un significado distinto. En el noviciado suponeilusión y alegría por esta vida, cierto grado de ceguera, afecto por elSeñor, corazón abierto. En la formación, paciencia y espera, capacidad para hacer frente a los vacíos afectivos, fidelidad en la oración,alimentarse interiormente con lo poco sin ansiar continuamentegrandes fervores. Cuando, más tarde, el trabajo agota, madurezsignifica reposar en Jesús, dejarse guiar por sus preferencias, apostar yarriesgar, acercamiento a los pobres, compañerismo, sostenerse en lascrisis con fortaleza de ánimo, nunca desesperar, celebrar lo pequeño,estar siempre disponible para los demás. Y en el, hoy por hoy, largoatardecer de la vida, la madurez implica mirar atrás conagradecimiento, saber desprenderse de lo construido, apostar por lonuevo que personas más jóvenes llevarán, amar la pobreza que profesamos, crecer en esperanza... En todos los casos requieregenerosidad y entrega, salida de uno mismo
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. Así, cada etapa de lavida tiene su propia forma de madurez; no se trataría tanto de unhorizonte de llegada cuanto de una profundidad a alcanzar en cadaestadio de nuestra biografía. La vida religiosa necesita todos losingredientes: la ilusión de los jóvenes, la entrega silenciosa de los demedia edad, la esperanza de los mayores... Sólo así podemos afirmar cabalmente que hay madurez en la vida religiosa.Hoy, en nuestras congregaciones, sucede que nos reunimos bajoun mismo techo personas de distintas generaciones y diferentessocializaciones
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. A lo largo de las últimas décadas hemos pasado, deuna vida religiosa de la observancia, a otra liberal, para llegar ahora auna más «postmoderna». En la primera, se trataba fundamentalmentede cumplir con lo establecido: las comunidades se regían por un ordenapoyado en la autoridad del superior, en el que todo tenía su sitio. Lasrelaciones eran más bien jerárquicas y verticales. Existía unaseparación del mundo secular. La obediencia jugaba un papelimportante para las grandes y las pequeñas decisiones. Había unmodelo de perfección imitable, y la Iglesia –y dentro de ella lascongregaciones religiosas– se sentía una sociedad perfecta y aparte.Posteriormente, pasamos a una forma de vida religiosa másmoderna y liberal. El Concilio alentó una presencia «secular» de losreligiosos, ellos y ellas. Desaparecieron los hábitos, se mezclaron conla gente y prefirieron ser sal a ser luz. El trabajo –aunque muchasveces realizado sin medida– era el nuevo modo de acercarse al ideal:el mundo sería transformado con el esfuerzo. Surgen nuevas amistadesy alianzas con las personas del trabajo; se busca la inserción, no lasegregación; y lo más específicamente religioso se guarda para la propia habitación o la capilla.
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