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Estela Leñero
(México, DF, 1960)Dramaturga, directora y crítica teatral. Antro-póloga social por la UAM. Estudió teatro en elCentro de Arte Dramático y en el Centro Nacio-nal de Nuevas Tendencias Escénicas en Madrid.Ha colaborado en
Punto de Partida
,
La Jor-nada semanal,
y es columnista de la revista
Pro-ceso,
entre otros medios.Imparte talleres de dramaturgia en el ForoShakespeare.Fue galardonada con los premios: Punto dePartida por la obra
Casa llena;
mención honorífi-ca en el Premio Rodolfo Usigli de la UNAM por
Las máquinas de coser 
; Premio Nacional Obra deTeatro
 Malcom Lowry 
del INBA por la
Habita-ción en blanco;
Premio Nacional de DramaturgiaVíctor Hugo Rascón Banda 2004 por
El Codex Romano
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y mención de honor en el Premio Inter-nacional Casa de Teatro por
Lejos del Corazón
.Ha publicado y llevado a escena más dequince obras entre las que destacan:
Paisaje in- ferior Norte/Sur, La ciudad en pedazos, agua
SAN 
-
GRE 
, Saboramargo, Insomnio, En defensa propia
Verónica en portada.
Dijeron: Encontramos a nuestros  padres adorando estatuas.Dijo: Realmente ustedes y sus padres están en un evidente extravío.
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Quizás el punto más alto de El Cairo sea el ladonorte de la ciudad. Siempre se ha sabido que des-de sus calles puede verse fácilmente lo que sucedeen el resto del casco urbano. El mercado, la plaza,la avenida que corta el centro en dos son apre-ciados desde allí en todos sus detalles. En esosdías se encontraba en esa zona la locomotora quesuele trasladar a los peregrinos por los lugaressantos. Se hallaba sobre un pedestal de cemento. Alrededor le habían colocado una alambrada depúas. La locomotora era visible desde la venta-na de la habitación que ocupaba con mi herma-no. En aquel entonces vivíamos en un pequeño
Mario Bellatin
La mirada del pájarotransparente
 
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otra cosa, Jarifa nos hacía orar en una esquinadel cuarto. Pero aquella mañana las cosas fue-ron diferentes. A pesar de la hora, nuestro padrecontinuaba en la casa. Jarifa lo estaba bañando.Pude ver cómo le sobaba la espalda con una es-cobilla de crin. Sin saludar fui hasta la cocina. Eldesayuno estaba casi listo.–Tengo hongos en los pies –dijo mi madrecon fastidio.–No debieras rascártelos de esa manera –res-pondí al ver que después de sentarse en un ban-co, se quitaba las zapatillas y, con una especie defrenesí, hurgaba en las plantas y entre los dedos.–Justo ahora, cuando vienen los mercade-res a pedirnos cuentas. ¿Creen acaso que porquecada dos años nos traen un pájaro negro puedenllevarse todo nuestro dinero?Lo que mi madre parecía no entender era quelos tíos mercaderes traían desde Oriente los un-güentos y los óleos necesarios para mejorar la vidaespiritual en nuestro hogar. Al menos, eso era loque creíamos en ese entonces. Aquellos dos añosde ausencia implicaban una larga peregrinaciónpor territorios que se encontraban bajo el yugoextranjero. Los tíos mercaderes parecían expertosen eludir fronteras y puestos militares. Contabancon varios disfraces y habían ideado un método,departamento ubicado en la misma cúspide dellado norte. A pesar del tamaño, nuestra familiaparecía sentirse cómoda. Constaba apenas de unsalón, de dos cuartos y de una cocina situada alfondo. El baño estaba ubicado a mitad del pasi-llo. Los techos eran bajos y a cualquier hora deldía era posible oír el barullo de los vecinos.Cierta mañana de verano, la familia se pre-paraba para la visita que harían a nuestro salónlos hermanos de mi padre, viejos mercaderes aquienes sólo veíamos cada dos años. Mi madrese había levantado antes del amanecer para pre-parar el desayuno y algunas jarras de té. Lo máslógico hubiera sido hornear también un pastel depájaros, pero Jarifa dijo no haber encontrado avessilvestres en el mercado. Por los sucesos que se de-sarrollaron ese día, supe más tarde que sus pala-bras no fueron más que una excusa.Fui despertado por el ajetreo en la cocina.Estaba todo a oscuras. Alcé entonces la mantaque cubría la jaula del pájaro negro, que aquellasemana debía permanecer al lado de mi cama.Recordé el motivo de tanto alboroto. En circuns-tancias normales, nuestra madre no abandonaba lacama tan temprano. Era Jarifa, la sirvienta, quiense encargaba de despertarnos cuando nuestro pa-dre ya había salido de casa. Antes de cualquier
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y con las venas inflamadas. Sin embargo, pare-cían marcados. Salí corriendo de la cocina. Mihermano aún dormía. Lo desperté con un gritoen la oreja. Recuerda el rebuzno que le lanzaronal príncipe Mishkin, proferí. Lo dije porque lasemana anterior nuestra madre nos había leídofragmentos de una traducción del escritor rusoFiodor Dostoievsky. Para disgusto de mi padre, junto a la cama de matrimonio se habían comen-zado a apilar las obras completas de ese autor. Sesospechaba que aquella afición era la causa de losdesvelos de ella. Poco después supimos la verdad:no era por Fiodor Dostoievsky que nuestra ma-dre no dormía, sino porque seguía fielmente laorden dictada por nuestro padre de permanecerdurante las horas nocturnas delante del adora-torio donde se mantenía un amplio conjunto dedioses paganos.Cuando mi hermano abrió los ojos, le hicerecordar la visita de nuestros tíos los mercaderes.Lo vi palidecer. No te asustes, lo consolé. Enesta ocasión no vamos a ser nosotros los afecta-dos. Van a tener más que suficiente con nuestrospadres. Mi hermano pareció no escuchar misargumentos. Esa noche había soñado. Había vis-to el patíbulo de Mansur al-Halaj, el mártir sufidel que tanto nos habían hablado nuestros tíos.basado en las cinco oraciones diarias, por el quelograban pasar inadvertidos la mayor parte de la jornada. Luego aprovechaban el mes de Ramadánpara recorrer la larga zona que nos separaba delÍndico. Era por eso que los viajes tenían dos añosde duración. En el primer Ramadán hacían el ca-mino de ida y en el segundo el de regreso. En laida llevaban siempre una jaula vacía. Afirmabanque en su interior buscaban preservar el viento.Cuando al volver entraban a nuestra ciudad, re-cuperaban su aspecto habitual. Vestían largas tú-nicas, sandalias, y lucían tupidas barbas. Uno deellos, el mayor, solía llevar un cayado con el queespantaba a los perros que acostumbraban salir-les al encuentro. Algunos vecinos se les acercabanpara pedir un poco de ungüento. Pero mis tíos jamás se rebajaron a contestarle a ninguno.–Quién iba a decir que precisamente en es-tos días aparecerían los hongos. Mira a tu padre¿te fijaste bien? Aunque parezca lo contrario, nodisfruta con el baño de Jarifa, incluso en la oscu-ridad podrás apreciar su rostro recorrido por laslágrimas.No pude dejar de ver los pies de nuestra ma-dre. Se encontraba frente a la mesa donde Jarifasolía hacer la pasta para el
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. A simple vis-ta aquellos pies parecían normales. Regordetes
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