Historia de un desengañoEl psiquiatra austriaco Victor Frankl, tras su experiencia personal en los campos deconcentración, llegó a la conclusión de que no fueron los ministerios nazis de Berlín losverdaderos responsables de aquellas atrocidades, sino la filosofía nihilista del siglo XIX.Si el hombre es un simple producto de una naturaleza cambiante, un simple monoevolucionado, entonces, igual que al mono se le puede enjaular en un zoológico, alhombre se le podrá encarcelar en un campo de exterminio. Si el hombre es un simpleanimal, aunque extraordinariamente adiestrado, y hacemos jabones con grasa animal,¿por qué no hacerlos con grasa humana?Husserl, aleccionado por el hundimiento del mito del eterno progreso con motivo de laconmoción bélica mundial –en la que vio, entre otras cosas, aquella racionalización perfecta de la matanza en masa de millones de inocentes–, se percató claramente de quela ciencia, por razón de su método, no puede ser una instancia rectora de la vidahumana. "El mundo de la objetividad científica –escribió– es un mundo cerrado einhóspito. La forma en que el hombre moderno se dejó, en la segunda mitad del sigloXIX, determinar totalmente por las ciencias positivas y cegar por la prosperity a ellasdebida, significó dejar de lado las cuestiones decisivas para una humanidad auténtica.Ciencias que solo contemplan puros hechos, hacen hombres que solo ven puroshechos." Buscar el conocimiento científico objetivo de las cosas es lícito y fecundo.Pero considerar ese modo de conocer como el modélico, como el único riguroso,constituye una parcialidad inaceptable, por cuanto empobrece enormemente al hombre.La Ilustración perseguía el ideal renacentista de entregar al hombre a sí mismo, dehacerlo libre permitiéndole vivir bajo el imperio de la sola razón. La esperanza de que elhombre alcanzaría la felicidad para siempre en un mundo dominado y sin secretos, por medio de una ciencia que lo sabría y lo podría todo, resultó ser un sueño que nuncalograba alcanzarse, y que el horror gigantesco de dos guerras mundiales convirtieron enalgo peor que una pesadilla. El dominio de la realidad se escapaba del estrecho moldedel pensamiento racionalista. Y el peligro no provenía de la ciencia en sí, sino de esamentalidad que llevaba a considerar que solo puede conocerse aquello que es medible,controlable, verificable, y a despreciar los aspectos de la realidad que se resisten a talgénero de control y cálculo. Esa pretensión de dominio sin límites dejaba al hombre enuna situación de desamparo. Pronto se vio que la ciencia, que había llenado con su prestigio el Siglo de las Luces, no podía colmar ella sola por completo la vida delhombre. No era su misión. La ciencia no habla de valores, de sentido, de metas ni defines, y de todo eso necesita el ser humano para preservar su dignidad y ser feliz.El optimismo ilustrado había previsto horizontes paradisíacos. Pero la utopía científicamostraba como nunca su impotencia. No hay duda en que el progreso científico ha sido grande, y que ese desarrollo es algo bueno, o que, al menos, no tiene por qué ser malo. Pero hoy día ya pocos creen que todoeso sea la panacea, que pueda hacer algo más que trasladar la inquietud de unos temas aotros. El dominio de las cosas es muy elevado, pero es necesario un humanismo válidoque dé sentido a todo ese avance científico. Porque, de lo contrario, puede embriagarsecon sus propios éxitos y crecer en direcciones aberrantes para la dignidad del hombre.La técnica permite poner a punto medios de comunicación muy poderosos, rápidos,atractivos, sugerentes..., pero estos medios pueden ser un arma de primer orden paramanipular las mentes, troquelar las voluntades y los sentimientos de los hombres. Laciencia necesita de unos límites a su pretensión de soberanía. Toda gran conquista – explica López Quintás– supone una inevitable ambivalencia: un avance en un aspecto yun retroceso en otro, quizá no menos valioso. El aumento de poder no corre siempre
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