Si fuera válida esa argumentación, habría que prohibir también la publicidad, porqueofrece cosas que no se han pedido. Y llevada a su extremo, esa lógica podría acabar con buena parte de la libertad de expresión.El apostolado cristiano es dar testimonio de lo que uno considera que es la verdad, sinviolentar a nadie. No es, de ninguna manera, una imposición. La verdad cristiana nodebe imponerse más que por la fuerza de la misma verdad. Por tanto, la conversión a lafe de una persona, o su vocación a una determinada institución de la Iglesia, debe proceder de un don de Dios que solo puede ser correspondido con una decisión personaly libre, que ha de tomarse siempre con entera libertad, sin coacción ni presión de ningúntipo.En este sentido la tradición cristiana habla desde muy antiguo de propagar la fe, y dehacer proselitismo, para referirse al celo apostólico por anunciar su mensaje eincorporar nuevos fieles a la Iglesia o a alguna de sus instituciones. Cualquier otrainterpretación de esos términos, que se asociara al uso de violencia o de coerción, o quede algún modo pretendiera forzar la conciencia o manipular la libertad, implicaríamodos de actuar que, como es obvio, resultan ajenos por completo al espíritu cristiano yson totalmente reprobables. Pero el deseo de propagar la propia fe, o de hacer proselitismo, despojados de esas connotaciones negativas, es algo totalmente legítimo.Si negáramos a las personas su libertad de ayudar a otras a encaminarse hacia lo que seconsidera la verdad, caeríamos en una peligrosa forma de intolerancia. Por eso es preciso respetar –dentro de sus límites propios– la libertad de expresar las ideas personales, y la libertad de desear convencer con ellas a otras personas. Al fin y al cabo,es algo que está –entre otras cosas– en la esencia de lo que es la educación, la publicidad o la política, y es un derecho básico cada vez más reconocido, tanto desdeinstancias jurídicas como sociológicas.La libertad religiosa pertenece a la esencia de la sociedad democrática y es uno de los puntos fundamentales para verificar el progreso auténtico del hombre en todo régimen,sociedad o sistema. Cualquier atentado directo o consentido contra ella es siempresíntoma de un totalitarismo más o menos velado. Conculcar el derecho a expresar o propagar las propias ideas o creencias sería entrar de nuevo en un peligroso sistemarepresivo, propio de regímenes autoritarios, en los que se restringe la libertad religiosacomo si fuera algo subversivo, quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y elempuje necesarios para acometer su misión evangelizadora. ¿Por qué impone sanciones a teólogos? —Si la verdad cristiana no debe imponerse, ¿cómo explicas que la Iglesia sigaimponiendo sanciones a teólogos que mantienen posiciones demasiado "renovadoras"?La Iglesia católica no obliga a ninguna persona a creer en nada. Lo que pasa es quealgunos se han empeñado en presentar como mártires, objeto de clamorosas injusticias,a algunos sacerdotes y teólogos que pretenden seguir diciendo, desde puestos oficialesde instituciones eclesiásticas, cosas que no son de ninguna manera conciliables con lateología católica.Cualquier persona, sea o no creyente, entiende que la Iglesia –como cualquier otrainstitución que no quiera acabar en la más lamentable de las confusiones– debe asegurar que las personas que la representan expresan con fidelidad su doctrina. Y aunque esadoctrina es compatible con la evidente multiplicidad del pensamiento cristiano, haycosas que no son pluralidad sino contradicción.Dentro de la misión de la Iglesia está verificar si una línea de pensamiento o deexpresión de la fe pertenece o no a la verdad católica. Y mantener esas garantías exige
Leave a Comment