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MALLORY Anne -Noches de Pecado

MALLORY Anne -Noches de Pecado

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NOCHES DE PECADOANNE MALLORY 
 
CAPÍTULO 1 Londres, 1825 El aro dorado en la boca del león resplandecía bajo la tenue luz de lasfarolas de gas, y los fieros ojos amarillos del animal parean vigilarlacuestionando su valor. Con dedos temblorosos, Marietta Winters agarró laparte inferior del aro y lo empujó para golpear la puerta.El fresco aire nocturno atravesó su piel. Se ciñó aún más el detestadochall sobre los hombros y acercó la oreja a la puerta. Nada.Estudió los ojos del león, tragó saliva y llamó de nuevo.El silencio resonó en la noche y tan sólo la cambiante brisa respondió asu desesperación. Se preguntó si ése sería el final de su búsqueda, unvestíbulo vacío y nadie en casa. Otra puerta cerrada. La última oportunidadde salvar a Kenny.No. No podía pensar así.Un leve temblor la sacudió, producto de los nervios, el estrés y el miedo.Llevaba días sin dormir y el doble de tiempo sin probar una comida deverdad. Lo único que la sostenía en pie era una barra de pan que había idoracionando. La insistencia de su hermano mayor en que nadie conociera sudesesperada situación había convertido el dinero destinado a comprarcomida en la nueva y elegante capa de Mark para las carreras, unas botasnuevas para Kenny y un chal para ella.Una absoluta estupidez.Y sin embargo, si hubiera mantenido la boca cerrada... si no hubieramantenido aquella terrible discusión con Mark que hizo que Kenny seescapara de casa... El temblor que sacudía su cuerpo aumentó y se obligó a mantener lacompostura. De pronto, el rítmico sonido de las botas de un hombre sobreun suelo de mármol hizo que levantara la cabeza.Marietta se irguió, bajó la cabeza e intentó calmar los desesperadoslatidos de su corazón.
 
Los pasos se detuvieron al otro lado del marco de roble. Por favor, oh,por favor, que esté en casa. No tenía otro sitio adonde ir. Nadie más a quiénrecurrir.La puerta se abrió sin un solo ruido, sin emitir siquiera un crujido.La joven entornó los ojos para protegerse del repentino resplandor. Unhombre alto se apoyaba en la puerta y una luz brillante lo alumbraba pordetrás, desde el vestíbulo, resaltando sus rasgos.-¿Si?Su voz era áspera y sonaba disgustada. Nada de cortesías, entonces. Tampoco es que hubiera esperado alguna. Ninguna mujer respetable iríahasta aquella puerta a esas horas de la noche. Rockwood le había rogadoque enviara una nota por la mañana para concertar una reunión, pero nopodía permitirse esperar tanto tiempo, ya que le resultaría imposible evitara la muchedumbre. Rockwood, hablándole de aquel misterioso hombre, lehabía dado un hilo de esperanza al que se aferraba desesperadamente.—Necesito hablar con el señor Noble. —Le hubiera gustado que su vozsonara más fuerte, más serena.El hombre miró por encima del hombro de la joven y examinó la calleantes de volver a clavar la mirada en ella. Marietta deseó poder ver losrasgos masculinos ahora envueltos en sombras.—Una hora un tanto extraña para venir a tomar el té.—Sí. Pero es urgente que hable con el señor Noble. —Marietta agarró subolso con fuerza y tragó saliva—. Por favor.—El señor Noble no recibe visitas a estas horas de la noche. Vuelva porla mañana. —Su voz todavía era áspera, pero el tono agresivo anterior sehabía suavizado adquiriendo un matiz profundo y tajante.En otros tiempos, el orgullo de Marietta había sido tan fiero e intensoque había pensado que podría vivir aferrándose tan sólo a él. El constantedolor en su estómago, la desesperación, la suerte de Kenny... Todo aquello lehabía demostrado que no era así, de modo que buscó en su bolso la tarjetaque había metido en él dos horas antes.—Se lo ruego, no puedo volver por la mañana. Por favor. Aquí tiene. —Letendió la tarjeta. Necesitaba entrar. Haría cualquier cosa para conseguirentrar.Sus ojos en sombras la contemplaron durante un largo momento antesde extender unos largos dedos para coger la tarjeta. Marietta permitió quese la arrebatara de los suyos con reticencia, arriesgándose a que aquelsirviente la partiera en dos. El hombre dirigió una rápida mirada a la tarjetay empezó a darle vueltas entre sus dedos. La hacía girar hasta su dedo

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