En preescolar, no me fue mal. Lamaestra me dejaba estar un poco a miaire y sólo protestaba porque no lehacía caso y me negaba a recoger los juguetes. En casa, se empezaron ahacer habituales mis travesuras:pintarle la azotea al vecino, llenar lafreidora de agua o intentar enchufarun tostador metido en un lavabo conagua. No eran cosas que yo hicieseapropósito, sencillamente no pensabaen las consecuencias de todo aquello.
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