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Brosnan, John - Senores Del Cielo 3.La Caida de Los Senores Del Cielo

Brosnan, John - Senores Del Cielo 3.La Caida de Los Senores Del Cielo

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LOS SEÑORES DEL CIELO 3
 JOHN BROSNAN 
LA CAÍDADE LOS SEÑORES DEL CIELO
Traducción de Eduardo G. Murillo
gríjalbo
Título originalTHE FALL OF THE SKY LORDSTraducido de la ediciónde Victor Gollancz Ltd., Londres, 1991Cubierta: SDD, Serveis de Disseny, S.A.Ilustración serie: Eduardo MansoIlustración cubierta: Laura Pontón© 1991, JOHN BROSNAN© 1992, EDICIONES GRIJALBO, S.A.Aragó, 385, Barcelona
Primera edición Reservados todos los derechos
ISBN: 84-253-2451-3Depósito legal: B. 27.584-1992 Impreso en Indugraf, S.C.C.L., Badajoz,
145,
Barcelona
 
1
A unos trescientos setenta y cinco mil kilómetros sobre la superficie de la Tierra, MiloHaze, a solas en su pequeña celda, leía una novela de ficción científica escrita a principios del siglo veintiuno. La había encontrado por casualidad mientras husmeabalos viejos registros de OrCen. Le sorprendió que hubiera escapado a la atención de los padres. No es que contuviera nada procaz, por desgracia, pero hacía mucho tiempo queel comité de padres había prohibido y, por consiguiente, erradicado todo material deficción que no se amoldara al pensamiento ortodoxo o no tuviera como efecto que «elespíritu se elevara y enriqueciera en la contemplación de la gloria de Dios». Lo cualsignificaba que todo aquello vagamente destinado a entretener, libro o vídeo, habíadesaparecido. No es que la novela, titulada
Un trillón de relatos de luz y amor,
fuera muy entretenida, pero, tras una larga dieta de tratados religiosos y manuales técnicos, Milo la encontró bastante divertida. Había sido escrita en una época a la que más tarde se bautizó, no sincierta ironía, como la Edad del Optimismo. En aquel tiempo, daba la impresión de queel mundo tenía derecho a ser optimista. El siglo veinte, peor que cualquier otro, habíaconcluido; el segundo milenio no había traído consigo el fin del mundo; los EstadosUnidos y la nueva Rusia habían formado una alianza, y la ciencia había vencido por final sida.Y daba la impresión de que el mundo iba a mejor, gracias a la ciencia en general y a losadelantos en microbiología en particular. Gracias a esta mejora de imagen de la cienciay la tecnología, esa época también fue llamada la Segunda Edad de la Razón. A medidaque el siglo veinte se acercaba a su fin, se produjo una tremenda proliferación decreencias absurdas: astrología, Nueva Era, homeopatía, espiritualismo, ocultismo,gaianismo, medicina holística, alimentos «naturales», reencarnación, «canalización»,aromaterapia, ovnis y ecologismo, por nombrar algunas, así como una expansión delfundamentalismo en el seno de las religiones tradicionales. Sin embargo, en los primeros años del siglo veintiuno, cuando parecía que por fin la ciencia iba a erradicar las viejas maldiciones que pesaban sobre el hombre (enfermedades, hambre, incluso lavejez), la superstición perdió fuerza durante un tiempo. Y sí, la ciencia alcanzó susobjetivos y los científicos fueron saludados como dioses por las masas. Entoncesllegaron las Guerras Genéticas...Los culpables de las Guerras Genéticas no fueron los científicos, sino las personas quecontrolaban a los científicos. Jefes de estado y las personas que controlaban las, por aquel entonces, todopoderosas multinacionales genéticas. Personas como él.Milo consideró divertido que la primera parte de la novela transcurriera en un hábitatespacial similar al suyo. Similar en términos de estructura, al menos. Ambos eran, básicamente, cilindros de metal bulbosos, que giraban sobre su eje y medían unos seiskilómetros de largo. En la novela, el hábitat era la base de los constructores de una enor-me nave. La nave se construía en respuesta a misteriosas señales procedentes del centro
 
de la galaxia. Los constructores eran un puñado de inmortales jóvenes, idealistas yamantes de la libertad, muy al contrario de la gente con la que Milo compartía su hábitatespacial, Belvedere, una pandilla de fanáticos fundamentalistas cristianos, sexualmentereprimidos por sus rígidos códigos morales y que irritaban a Milo en extremo.Milo comprendía cómo se había llegado a esta situación, pero no por ello la soportabamejor. Sabía que los habitantes de una colonia espacial semejante, aislada por completodel planeta madre, tenían que vivir conforme a reglas muy estrictas para sobrevivir. Enel espacio, la muerte siempre acechaba, y bastaría la acción irresponsable de un soloindividuo para poner en peligro a todo el hábitat. El fundamentalismo religioso era unamanera muy eficaz de imponer un rígido código de comportamiento. Otro factor era eltrauma emocional experimentado por los primeros habitantes de Belvedere al concluir las Guerras Genéticas. El mundo había sido contaminado mediante plagas creadas por elhombre y otros horrores producto de la manipulación genética. El hombre, con suciencia, había destruido el planeta Tierra. Los cristianos belvederianos habían predicadola teoría de que correspondía a los supervivientes expiar este terrible insulto a Dios, y laidea había prendido rápidamente, dado el enfebrecido clima emocional del momento.Milo recordaba bien aquellos días; mejor dicho, lo recordaba su yo original. Se limitabaa compartir los recuerdos de su otro yo.Milo terminó la novela. Desconectó la pantalla, se reclinó en su duro asiento y se frotólos ojos. Lástima que la misteriosa fuerza extraterrestre resultara ser bondadosa. A Milole habría apetecido un poco de sangre y vísceras. Se inclinó hacia adelante y utilizó suterminal para informar a OrCen sobre la existencia de la novela en los archivos, y pidióque fuera examinada por la junta de censura. Milo lamentaba proceder de esta manera, porque la novela sería destruida, pero no tenía otra elección. OrCen controlaba todo loque él veía en la pantalla, y le habría denunciado a los padres si Milo no se hubieraadelantado.Consultó la hora. Su penitente llegaría dentro de un par de minutos. Ya tenía ganas. Lassesiones constituían uno de sus escasos placeres en Belvedere. Comer y soñar despiertoeran los otros. El alcohol y otras drogas relacionadas con el placer estaban prohibidas, por supuesto.La muchacha fue puntual. Milo lo sabía. Entró, vestida con la inevitable bata holgadaazul oscuro.Caminó con la cabeza gacha. Milo se irguió más en su silla. Sabía que su aspectoimponía. —Arrodíllate, hermana Anna. —Sí, hermano James —respondió ella, arrodillándose frente a su escritorio. —Mírame a los ojos —ordenó Milo.Ella levantó la cabeza y, a regañadientes, obedeció. Era joven, casi bonita y una de susmejores estudiantes. Como su tutor, también era su confesor. Ventajas del oficio. Talesocasiones eran los raros momentos en que un hombre y una mujer podían estar juntos asolas. En realidad, no estaban solos, porque OrCen vigilaba todas sus palabras ymovimientos. Si hubiera tocado a Anna con un dedo, habría sido lanzado por unaesclusa de aire sin traje de supervivencia.El contacto físico entre hombre y mujer estaba prohibido en Belvedere desde hacía unsiglo. Esta norma sólo se rompía en casos de extrema emergencia. Todos los aspectos dela reproducción estaban restringidos al laboratorio, por supuesto. El contacto físico entremiembros del mismo sexo estaba permitido, pero, si el contacto era de naturalezasexual, el castigo era severo y rápido. La masturbación también estaba prohibida, ycomo no había lugar libre en el hábitat de los sensores contumaces de OrCen, muy pocos intentaban quebrantar la ley. Incluso las poluciones nocturnas estaban prohibidas

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