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A unos trescientos setenta y cinco mil kilómetros sobre la superficie de la Tierra, MiloHaze, a solas en su pequeña celda, leía una novela de ficción científica escrita a principios del siglo veintiuno. La había encontrado por casualidad mientras husmeabalos viejos registros de OrCen. Le sorprendió que hubiera escapado a la atención de los padres. No es que contuviera nada procaz, por desgracia, pero hacía mucho tiempo queel comité de padres había prohibido y, por consiguiente, erradicado todo material deficción que no se amoldara al pensamiento ortodoxo o no tuviera como efecto que «elespíritu se elevara y enriqueciera en la contemplación de la gloria de Dios». Lo cualsignificaba que todo aquello vagamente destinado a entretener, libro o vídeo, habíadesaparecido. No es que la novela, titulada
Un trillón de relatos de luz y amor,
fuera muy entretenida, pero, tras una larga dieta de tratados religiosos y manuales técnicos, Milo la encontró bastante divertida. Había sido escrita en una época a la que más tarde se bautizó, no sincierta ironía, como la Edad del Optimismo. En aquel tiempo, daba la impresión de queel mundo tenía derecho a ser optimista. El siglo veinte, peor que cualquier otro, habíaconcluido; el segundo milenio no había traído consigo el fin del mundo; los EstadosUnidos y la nueva Rusia habían formado una alianza, y la ciencia había vencido por final sida.Y daba la impresión de que el mundo iba a mejor, gracias a la ciencia en general y a losadelantos en microbiología en particular. Gracias a esta mejora de imagen de la cienciay la tecnología, esa época también fue llamada la Segunda Edad de la Razón. A medidaque el siglo veinte se acercaba a su fin, se produjo una tremenda proliferación decreencias absurdas: astrología, Nueva Era, homeopatía, espiritualismo, ocultismo,gaianismo, medicina holística, alimentos «naturales», reencarnación, «canalización»,aromaterapia, ovnis y ecologismo, por nombrar algunas, así como una expansión delfundamentalismo en el seno de las religiones tradicionales. Sin embargo, en los primeros años del siglo veintiuno, cuando parecía que por fin la ciencia iba a erradicar las viejas maldiciones que pesaban sobre el hombre (enfermedades, hambre, incluso lavejez), la superstición perdió fuerza durante un tiempo. Y sí, la ciencia alcanzó susobjetivos y los científicos fueron saludados como dioses por las masas. Entoncesllegaron las Guerras Genéticas...Los culpables de las Guerras Genéticas no fueron los científicos, sino las personas quecontrolaban a los científicos. Jefes de estado y las personas que controlaban las, por aquel entonces, todopoderosas multinacionales genéticas. Personas como él.Milo consideró divertido que la primera parte de la novela transcurriera en un hábitatespacial similar al suyo. Similar en términos de estructura, al menos. Ambos eran, básicamente, cilindros de metal bulbosos, que giraban sobre su eje y medían unos seiskilómetros de largo. En la novela, el hábitat era la base de los constructores de una enor-me nave. La nave se construía en respuesta a misteriosas señales procedentes del centro
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al fin pude leer toda esta fantastica trilogia, gracias a usted, me dio mucho gusto