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Infame Eliza

Infame Eliza

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Published by: Priss Asagari Takehito on Sep 27, 2013
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09/27/2013

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INFAME
La Ley del Karma es aquella ley que ajusta sabia e inteligentemente el efecto a sucausa. Todo lo bueno o malo que hemos hecho en una vida, nos traeráconsecuencias buenas o malas para ésta o próximas existencias.No debemos olvidar los proverbios Cristianos: "el que siembra rayos, cosechatempestades"; "con la vara que mides serás medido y con ventaja", "ojo por ojo ydiente por diente" y "el que a hierro mata a hierro muere".La Ley del Karma gobierna todo lo creado, y es una ley inmodificable. Esta seconoce en las religiones como "justicia celestial". Quien viola una ley crea dolorpara sí mismo.http://www.anael.org/karma/index.htm
 I. ELIZA DARLIN
La revista… todo estaba en la revista… los detalles, las fechas… las imágenes…Demonios… esas imágenes que torturaban y lastimaban como finas puñaladas en blanco y negro.Los ojos verdes se clavaron en el espejo de plata. Escrutaban los tonos rojizos de susrizos cuidadosamente peinados y rematados en un lazo del mismo tono de sus ojosgatunos.Con movimientos felinos, la mujer soltó el lazo y sacudió su cabellera. La pesadafragancia oriental que tanto favorecía la dama se esparció por el ambiente con másfuerza.Vestía con un kimono de seda roja que demarcaba las curvas voluptuosas de su cuerpo.Se miró en el espejo una vez mas tratando de copiar la sonrisa de la chica rubia queresplandecía de felicidad junto al guapísimo caballero vestido de etiqueta.El aura de amor que los rodea era casi perceptible aun en la fotografía en blanco y negrode la revista.- ¡Cómo te odio! - grito la orgullosa dama – No es posible que una criada como tu secomprometa con alguien tan importante y mucho menos antes que yo.Para su vergüenza, una vez mas su antigua dama de compañía obtenía lo que Elizadesearía tener pero nunca sería de ella: primero el rubio amante de las rosas, luego elrebelde actor inglés de su adolescencia y ahora en sus años juveniles, cuando la vida lehabía pasado la cuenta a su familia, la odiada huérfana se llevaba al soltero mascodiciado de dos continentes.Eliza Leagan había dedicado los mas recientes años de su joven vida a divertirsedescaradamente con todos los hombres disponibles a su alrededor.El estado civil de los susodichos era lo menos importante porque hacia mucho tiempoque Eliza descubrió que ninguno de los hombres que conocía tenían potencial demaridos, ni en la cama ni socialmente. Esos tipos solo eran un medio para seguir a flotesocialmente hasta que algo o alguien realmente sorprendente sucedieran en su vida. No importaba si el tipejo era gordo, flaco; caballero o gañán; viejo o joven. Loimportante era que todos de alguna forma podían ayudar a Eliza.Aunque, para un psicólogo conocedor de la naturaleza humana no habría sido difícilnotar su marcada preferencia por los hombres maduros y bien forrados de billetes.
 
Su ambición infantil y continuos berrinches habían dado paso a un desmesurado amor  por las cosas buenas de la vida: las joyas, los viajes y los vestidos más finos. Lujostodos que su padre no podía concederle desde que su familia se fuera a la quiebra.Pero ahondando mas aun en la psique de la joven Leagan, se descubriría un amor y odioinsanos por ese padre pelele, incompetente y machista. Su necesidad de amor lo suplía buscando en esos pobres diablos ricachones, lo que su desgraciado padre no podía o noquería darle ni material ni espiritualmente.El objeto de su odio inmediato y eterno, la bella Candice White, la huérfana, la criada,la dama de establo como su sarcasmo de niña la había bautizado, se había abierto pasoen la vida sin empujar a nadie, sin dañar a nadie. Únicamente dando lo mas preciadoque tenía, su amor, su corazón sincero y su devoción por los que necesitaran de ella.Aun la aliada mas fuerte con la que contaba Eliza, la orgullosa Tía Abuela Elroy, habíadado su bendición y expresado abiertamente su beneplácito ante la tan comentada bodadel líder del Clan y cabeza de la familia: William Albert Andrew V.- Candy y Albert se casan… - en su odio desmedido la mujer arrastraba las silabas y losobjetos finamente colocados sobre su tocador. Los delicados frascos de Lalique, loscostosos perfumes y las joyas sonaron a baratijas al caer sobre el piso de madera.Lagrimas de profundo odio y envidia arrasaron los ojos verdes. Sus manos se crisparonsobre los, ya de por si raídos, tapices venecianos que decoraban la recamara,desgarrándolos, estrujándolos y revolviéndolos.Como una gata en celo se revolcó por el piso, el frágil kimono de seda rojo se rasgó dearriba a abajo exponiendo su piel aceitunada. Las garras que eran sus manos semovieron violentas y eróticas sobre sus pezones erguidos, sobre su plano vientretrigueño y por entre sus piernas abiertas hasta encontrar el centro ardiente de su deseo.Con una sonrisa complacida, deslizo un dedo en su húmeda intimidad. El placer laembargó al acariciar el centro de placer que tan bien conocía desde niña.Desde que recordaba, era únicamente este auto placer lo único que lograban sacarla desus crisis neurasténicas.Cuando las intensas oleadas de placer la fueron embargando cada vez más y mas, Elizaaceleró el ritmo de su caricia. Pronto sintió como todo su ser estallaba en espasmosconvulsivos que sacudían su excitada pelvis y la obligaban a abrir mas y mas sus piernas y a arquearse hacia el techo en una cruda ofrenda de su excitada flor a quiensabe que dioses paganos de la sexualidad.En esos instantes parecía que todo el universo y sus placeres se concentraban en suentrada húmeda y palpitante.En ese momento y solo en ese momento, Eliza Leagan se olvidó de la inminente bodade su odiada enemiga gratuita.Unos segundos después retiró los largos y húmedos dedos de su todavía palpitante gruta para llevárselos a los labios rojos y secos de tanto gemir. Albert – pensó- Si solo esto lo pudiera hacer contigo. Conocer este placer que meembriaga contigo. Seria como viajar al paraíso. Un hombre de su experienciaconocería los placeres más eróticos y sería un gran maestro en las artes amatorias.Solo de pensarlo sus entrañas palpitaron en anticipación.Sonriendo enigmáticamente, la mujer gata expresó a gritos su ardiente deseo mientrasgolpeaba el piso:
 
- Albert… quiero que tu me poseas… no quiero que seas de nadie mas sino para mi.Solo de imaginarse que las manos del incansable vagabundo Sir William Albert AndrewV acariciaban su sobreexcitado cuerpo y de sentirse poseída por el, su cuerpo una vezmas se arqueó en busca de ese amante imaginario que suponía descomunalmente biendotado.
 II. ALBERT Y CANDY 
Una hora después, tras haberse bañado, perfumado y cambiado el desgarrado kimono por un elegante vestido color cenizas de rosas y un elaborado sombrero adornado por  plumas de pavo real, Eliza bajó la escalinata de la casa hipotecada y medio en ruinas:el último bien de familia que les quedaba a los Leagan y del cual ella renegaba.Únicamente, el temor al ostracismo familiar la había detenido de aceptar el palaceteubicado en lo mejor de Chicago que uno de sus generosos amantes le había ofrecido.Eliza Leagan, trepadora social, sanguijuela y ramera de los niveles altos de Chicagoabrió la puerta de su ruinosa residencia. Ya su familia no podía darse el lujo de tener criados. Una mueca de envidia curvo su pintada boca al pensar que su antigua sirvienta,ahora era atendida por el pequeño ejército de criados de la familia mas distinguida deChicago.Seguramente tendría una doncella francesa contratada exclusivamente para atender suguardarropa, bañarla, vestirla y peinarla como a una muñeca.En cambio ella, seguía colgando sus vestidos y tocados en los antiguos roperos quecaritativamente la tía abuela les había prestado. Vestidos y tocados pagados con lariqueza de sus generosos amantes que se guardaban en un viejo ropero prestado.-No es justo- expresó en voz alta sin percatarse de que Madison, el chofer que la tíaabuela había puesto a su disposición, la observaba con temerosa admiración y deseo.El la saludó cortésmente, saludo que ella ignoró por un instante, perdida en sus pérfidasmeditaciones.Finalmente, Eliza lo envolvió en su cáustica mirada verdosa. Sabía la influencia que sucuerpo ondulante ejercía sobre el incauto joven y como vieja conocedora de los deseosmasculinos sabia que el moría por poseerla.Pero su deseo no estaba en los planes de Eliza porque aunque joven, rubio y bien parecido, Madison no podía aspirar a los favores de la Señorita Leagan. Favores queúnicamente el dinero podía comprar.Favores que ahora ella quería ofrecer al riquísimo y muy guapo prometido de CandiceWhite.Contempló con gran placer la abultada erección del sirviente y las manos temblorosasque abrían la puerta del Ford, regalo de cumpleaños de la tía abuela.Apenas si lo rozó al pasar disfrutando la morbosa sensación de saberse deseada por estecriado y gozando ante la certeza de que el jamás la tendría.Con ademán altivo y resuelto, la orgullosa dama se acomodó en el asiento trasero y diola orden de enfilar a las elegantes oficinas del tío abuelo William.

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