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Rahner Karl - La Palabra Poetica Y El Cristianismo

Rahner Karl - La Palabra Poetica Y El Cristianismo

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09/26/2014

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LA PALABRA POÉTICA Y EL CRISTIANO Es verdad que sólo un poeta podría decir algo significativosobre el tema propuesto. Pues creemos que el poeta es ciertamente el llamado en primer lugar a interpretar la poesía, cuandollegue el caso. Pero si uno se atreve a hablar sobre este tema,no siendo poeta, cabe un pensamiento que consuela y anima.El poeta habla a los otros, a los no-poetas; éstos, por tanto,entran por sí mismos en relación con la poesía y el poeta; luegotienen que saber lo que la poesía es. Una verdad puede servirde consuelo y de ánimo: el creyente, guiado por el Espíritu de
Dios,
puede juzgarlo todo, como dice el apóstol. Según esto,
apriori
tampoco puede serle ajeno a la teología, en cuanto reflexn de los creyentes, nada de lo que llena las horas cimerasdel hombre. Y esto debe ser devuelto a Dios precisamente así,en cuanto plenitud. Pues en todos los campos del mundo, pormuy diversos que sean, debe madurar la siembra única delúnico Dios.Pero para que también a lo largo de nuestras precisiones persista en nosotros la conciencia del punto de partida, que es
teológico,
y de los límites propios del no-poeta, partamos, no delcomienzo obvio: la poesía misma, sino de una reflexión teológica sobre el hombre. ¿Cómo debería ser éste, si quiere sercristiano? Nuestra cuestión, por lo tanto, es simplemente si
este
hombre-^lo sepa o no—dirige su mirada hacia algo que después resulta ser poesía; si tiene que preparar en sí mismo algo,para ser cristiano o llegar a serlo, que luego resulta ser unacapacidad de recepción para la palabra poética.Antes de comenzar hemos de advertir que no hablamos sobreel arte en general, sino sólo de la poesía en la palabra. Y estopor dos razones. Primera, porque este planteamiento precisoentraña ya suficiente oscuridad. Segunda, porque el cristianismo,en tanto religión de la palabra revelada, de la fe audientey de una sagrada Escritura, posee indudablemente una relación/
453
 
interna de orden especial precisamente con la
palabra:
de ahíque no pueda prescindir de tal relación especial con la palabra
poética.
¿Qué exige del hombre el cristianismo para llegar a ser enél realidad? Puestos a dar una respuesta a esta cuestión no esque pensemos que la función del cristianismo, es decir de lagracia de Dios, consista siempre y necesariamente en esperarsolamente, sólo en observar si el hombre posee esos supuestos o
no.
Ciertamente no. La gracia de Dios se crea ella misma talessupuestos, es causa incluso de que sea aceptada. Es el don, Dios,y el don de aceptar el don que se da a sí mismo. Ahora bien,esta gracia de Dios no obra únicamente, ni en primer lugar,cuando la palabra evangélica oficialmente revelada llega alhombre. La gracia se anticipa a la palabra, prepara los corazonespara dicha palabra. Los medios son todo lo que en la vida delhombre puede aparecer en calidad de experiencia existencia!. Lagracia, aunque de manera diversa, se oculta y actúa poderosamente en lo que llamamos lo humano. Porque lo humano mismo,donde existe todavía y de nuevo, donde se conserva limpiamentey aparece en su esplendor, no existiría, si la gracia oculta deDios no se anticipase a su manifestación propia en la palabraevangélica. Y por eso: cuando buscamos los supuestos humanosdel cristianismo y de su proclamación, tal búsqueda implica unaalabanza de la gracia de Cristo y no merma en nada su poder yfuerza preservadora.El primer supuesto para que un hombre pueda oír la palabra evangélica sin malentenderla consiste en que el hombre tieneoídos abiertos para
la
palabra mediante la cual el misterio silentees presencia. En la palabra del Evangelio debe, sin duda, afirmarse más de Jo que nosotros aprehendemos, aun sin palabras,de lo que sin palabras somos capaces de apoderarnos. En estapalabra, indudablemente, debe ser presencia lo inaprehensible,lo sin-nombre, lo que, no dispuesto, silenciosamente dispone, lono perceptible, el abismo en que nos fundamos, la clarísima tinie-bla que abarca toda claridad de nuestro ser cotidiano, en unapalabra: el misterio permanente, Dios, el comienzo que siguesiendo cuando nosotros ya hemos acabado. Así
toda
palabra
454
\que verdaderamente lo es, y estrictamente sólo la
palabra,
tieneel poder de nombrar lo innombrable.Es verdad que la palabra afirma, nombra y distingue, limita,define, acerca, determina y ordena.
Pero,
al hacer todo esto,resulta además, para el que tiene oídos para ello, para el quesabe Ver—todos los sentidos del espíritu se reducen aquí a
uno—•,
algo completamente distinto: Ja mística silente de lapresencia de lo sin-nombre. Es que lo nombrado es evocado aprimer plano por la palabra. Y así surge del fondo abarcador,mudo y callado, del que procede y en el que permanece oculto.La realidad parafraseada y distinta en la palabra, en el nombrecon función distinguidora, al ser distinguida de otra, entra conella simultáneamente en la unidad de' lo comparable y pariente,refiere así tácitamente al origen único, capaz de conferir simultáneamente, antes que toda otra realidad, por estar por encima de ambas, la unidad y la diferencia.La palabra ordena siempre lo individual y, al hacerlo, hacereferencia siempre al orden mismo, inordenable, siempre previo,que permanece
a priori
en el fondo y en el trasfondo. Puedesuceder que se oigan palabras sin percibir todo esto. Se puede sersordo, incapaz de advertir que el sonido espiritual sólo puedeser oído en su realidad inequívoca habituándose a escuchar previamente, sobre todo sonido determinado y aisladamente tomado, la entraña misma del silencio en el que todo sonidoposible está todavía recogido y es uno con todo lo otro. Puedecarecerse de atención para la propia escucha abarcadura, dejándose caer, al oír, en lo individual oído. Se puede olvidar queel ámbito pequeño y limitado de las palabras determinantesestá situado en el desierto infinito y callado de la divinidad.Pero es justamente a esta realidad sin nombre a quien laspalabras quieren nombrar también, cuando dicen lo que tienenombre. Quieren evocar el misterio, dando lo inteligible; quieren invocar a la infinidad, parafraseando y circunscribiendo lofinito; quieren, aprehendiendo y percibiendo, forzar al hombrea que sea aprehendido.Lo que sucede es que el hombre puede ser sordo a este sentido eterno de las palabras temporales y aun enorgullecerse desu dureza de corazón, insensible, yerma y necia. Y por eso hay455
 
que decirle palabras de alta entidad. Para que advierta que s</ndichas por quienes él tiene que tomar en serio. Y que en talespalabras sólo le cabe una alternativa: o tenerlas por absurdas,o escucharlas a todo trance, con verdad y con amor esforzados, hasta comprender que su sentido pleno consiste en /decirlo inefable, en hacer que el misterio sin nombre roce levementeel corazón, en fundar todo lo fundado en primeros planos en elabismo sin fondo.El cristianismo necesita tales palabras y tal entrenamientoen el saber-oírlas. Y la razón es que todas sus palabras seríanindudablemente entendidas falsamente, si no fueran oídas entanto palabras del misterio y comienzo de la bienaventurada y«capiente» incomprensibilidad de lo santo. Pues tales palabras hablan de Dios. Y no habremos entendido ni una palabra del cristianismo, o las habremos entendido todas falsamente, mientras no nos aprehenda en una la incomprensibilidadde Dios y nos fascine, arrebatándonos a su clarísima tiniebla,y nos arranque de la pequeña morada íntima y familiar delo sensato, llamándonos a la noche inquietante, que es el único yverdadero hogar patrio. Pues todas las palabras del cristianismohablan del Dios desconocido que, al revelarse, se entrega, justamente en calidad de misterio permanente, y torna a sí, a su interioridad, todo lo que fuera de él existe y posee claridad. Dios esla incomprensibilidad del amor que enmudece de bienaventuranza. Y no cabe duda que quien quiera saber oír el mensaje delcristianismo tendrá que tener oídos para la palabra en la que elsilente misterio, en tanto fundamento de la existencia, es presencia inequívoca.El segundo supuesto para oír bien el mensaje del cristianismo es la capacidad de oír palabras que tocan certeramente el
centro
del hombre, su
corazón.
Dios quiere ser la salvación delhombre
entero.
Por eso cuando Dios—el misterio—quiere decirse en la palabra de la revelación cristiana, esa palabra buscaal hombre
entero;
le busca, pues, en su unidad original de laque asciende la pluralidad de su existencia y en la que tal pluralidad permanece resumida: busca el
corazón
del hombre. Ypor eso las palabras del mensaje evangélico son necesariamente palabras del corazón. No palabras sentimentales, que no456serían palabras de corazón a corazón; ni meras palabras racionales, del mero intelecto, entendiendo por tal únicamente la facultad \fe apoderarse y concebir lo abarcable y no la potenciaradical de ser dominado y aprehendido por él misterio incomprensible, en cuyo caso se dice «corazón», teniendo en cuentaque tal palabra se refiere a esa potencia radical del espíritupersonal en su más honda interioridad.Para poder ser cristiano, por lo tanto, hay que ser capazde oír y entender proto-palabras del corazón. Tales palabrasno sólo alcanzan la racionalidad técnica del hombre y su desinteresada pseudo-objetividad, no son únicamente signos de laafirmación biológica de la existencia y de la conducción de losinstintos gregarios, son palabras, en cierto sentido, sacrales yhasta sacramentales; es decir, llevan consigo lo que significany se hunden creadoramente en el centro original del hombre.Según esto, hay que ejercitar esa prontitud y esa capacidad paraque las protopalabras no resbalen en la superficialidad delhombre asendereado, para que no queden ahogadas en la indiferencia y en el nihilismo cínico, para que no se pierdan enla charlatanería, sino para que encuentren certeras la profundidad más íntima del hombre, matando y vivificando, transformando, juzgando, dando gracia; como una lanza que hierecerteramente al crucificado y, al darle muerte, abre las fuentesdel espíritu.Hay que aprender a oír tales palabras. En la dura disciplina del espíritu y con veneración del corazón que exige la palabra «certera», la palabra que le acierta verdaderamente y leatraviesa, para que herido de muerte y absorto de bienaventuranza vuelque, como de un cáliz, en el abismo del misterioeterno de Dios, el secreto callado que encierra, y—.liberado—alcance así la bienaventuranza.El tercer supuesto para oír bien el mensaje del Evangelioes la capacidad de oír la palabra que une. Este supuesto procedede varios otros.Las palabras dividen. Pero las palabras últimas, evocadorasdel misterio que está por encima de toda realidad y que aciertanel corazón, son palabras que unen. Y es que tales palabras evocan el origen único y recogen todo en el centro aunador delcorazón. Por eso reconcilian, liberan lo individual de su aislada457

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