68
Por una parte, se había producido una “sacralización” de las instituciones y de los valoressociales (A. Solari, 1967), a lo que se puede agregar la necesidad de lo sagrado en unacultura laica, que por serlo sacralizaba su propia identidad colectiva de nación democrática,para luego hacer de ella un rito; los mecanismos de integración de la política, de la educacióny la participación reforzaban la situación descripta. Por otra parte, y dado que un cambioestructural hubiera significado ruptura de instituciones y valores, los actores socialestransformaron una oposición que giraba en torno a los fines societales en una oposiciónbasada en los medios operacionales de funcionamiento del sistema político.No se trataba de una sociedad cuyo desarrollo quedara bloqueado por el empate entreopciones irreconciliables y en que la no acción fuera el resultado de que ningún grupo sociallograba derrotar a su o sus adversarios; en lugar de empate hay
statu quo
.En la lógica de esa sociedad no había opciones que significaran la destrucción de unadversario social a costa de la ruptura del sistema, ni tampoco proyectos de transformaciónglobal de la estructura. No había, salvo en pequeños grupos, opciones de instaurar unasociedad socialista o fascista; ni de establecer una economía totalmente abierta o totalmentecerrada; ni de reducir drásticamente el gasto educativo o de lanzar una ofensiva de avancemediante la educación, ni de desnacionalizar el sector empresarial público o de establecergrandes empresas tecnológicamente dinámicas a cargo del Estado, etcétera.Un inventario de la crisis y las posibles alternativas para salir fue presentado por unconjunto de técnicos, que en la emergencia se incorporan al Estado, en la Comisión deInversiones y Desarrollo Económico. La propuesta que formularon partía de reconocer queexistía el acentuado conservatismo y un excesivo ideal de seguridad, y proponía “
reformas fundamentales mínimas
, (...)” (E. Iglesias, 1966). La propuesta era viable y uno de susmayores méritos consistió en apoyarse en los valores existentes para lograr modificacionessin crisis; sin embargo, no existió ni partido, ni grupo, ni clase social que la hiciera suya,porque no existía proyecto alternativo ni capacidad de instrumentarlo por parte de losgrupos organizados. A pesar de ello, la opinión de los sectores sociales más integrados omás ilustrados fue reconocer la urgencia de cambios.El sistema político ingresó a una etapa de acción continua de compromisos entre fraccionesy partidos, entre sectores de actividad económica y entre grupos sociales, exacerbando losmecanismos corporativistas de la sociedad y transformándose a sí mismo en un mercado denegociación de los diferenciados grupos de la sociedad civil.Ésta, en progresivo desarrollo, sin espacios de acción propia ante un Estado que todo loregía y todo lo articulaba por la intermediación política, “invade” al Estado. Se mantiene elacuerdo sobre las bases del sistema social, pero se incluye en él una variada y contradictorialista de aspiraciones, en el supuesto que, al ocupar el espacio del Estado, el desarrollo seproduciría automáticamente. A un Estado sin proyecto correspondía una sociedad queconcebía el desarrollo como un dato externo a la sociedad misma.El ciclo iniciado con el proyecto innovador en que una élite política creó la sociedad desdeel Estado, finalizaba con una sociedad que pasaba a controlar el Estado con un conjunto dereivindicaciones particularistas, más propias de la ilusión de la política que de la políticamisma; controlaba el Estado, en lugar de una élite, una burocracia política que insistía ennegociar cuando ya no tenía medios materiales ni simbólicos con qué hacerlo.“Cabe preguntarse —decía A. Solari, 1967— si esa voluntad de moderación y demediocridad, en las condiciones del Uruguay del mundo contemporáneo, no terminará en elsuicidio”. (…)