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lucha armada incluso en la pacífica sociedad uruguaya de la década del sesenta. Unacomunidad donde, fuera de la breve interrupción terrista, regía desde principios del sigloXX una democracia liberal estable y una cultura mesocrática y dialogal que, con capacidadpara integrar la fuerte corriente inmigratoria europea, hacía décadas que había enterradola tradición montonera.Los guerrilleros pensaron resolver esta dificultad contextual que consideraron menorasumiendo el rol de una vanguardia poseedora de una novedosa herramienta: el focourbano, no ya una base territorial definida, una base de lanzamiento protegida del enemigo,sino una presencia ofensiva de localización difusa, desarrollada mediante agentes ocultosen la gran ciudad. A partir del foco y de su
efecto demostración
creyeron factible generarlas condiciones para un alzamiento popular generalizado. Sumaron a esta táctica su confianza,compartida con toda la izquierda de la época, en la crisis general del capitalismo, exteriorizadaen su percepción de la creciente inestabilidad social y económica de ese modo de producción.La ratificaron magnificando la relevancia de las revoluciones socialistas y nacional-antiimperialistas por entonces en curso en los márgenes del mundo desarrollado y la coronaroncon un aporte teórico propio: un esquema interpretativo vernáculo sobre la debilidad delcapitalismo de las periferias que expresaba en términos "científicos" sus aspiraciones políticas.Aludimos a la
teoría de la dependencia
, renovación de los viejos planteos antiimperialistasde comienzos del siglo XX que tradujo no tanto a Karl Marx —poco necesitado en eseterreno de mediadores— sino a Frantz Fanon y su desgarradora visión tercermundista de loque él denominó, en apelación que conseguiría difusión universal, l
os condenados de latierra
, es decir, los pobres entre los pobres.Este planteo político-económico inaugurado por Paul Barán en 1968, que renegabadefinitivamente del capitalismo como instrumento para el desarrollo de las "colonias ysemicolonias", sumado a la nueva vía que abría la triunfante revolución cubana prologandolas inminentes revoluciones latinoamericanas, resultó del todo irresistible para laintelectualidad uruguaya, enrolada desde comienzos de la segunda guerra mundial en unequidistante pero precario tercerismo entre ambos contendientes de la guerra fría. Cuandolos barbados guerrilleros tomaron el poder, la neutralidad crítica que el tercerismo intelectualhabía mantenido entre "los dos imperialismos" comenzó a plegarse a las evoluciones delgobierno de la isla para, al cabo, acompañar su condena lisa y llana de la política de losEstados Unidos y al mismo tiempo reconsiderar su anterior rechazo frontal a la URSS. Estese transformó en una mirada crítico-comprensiva —ni entusiasta ni cariñosa— hacia elcampo soviético, un mundo donde, como admitieron paulatinamente varios intelectuales,pese a las dificultades y errores, aun así
se construía el socialismo.
El proceso, visto a ladistancia, constituyó un sinuoso y no siempre fácil desplazamiento desde el
socialismoindependiente
que el tercerismo cultivaba en sus orígenes —nos referimos a un modelodescentralizado, autogestionario o de matriz cooperativa pero con libertades políticas—hacia el
socialismo a la cubana
con el que, no sin desgarramientos internos, concluyeron eltránsito.Llegada la década del sesenta y a influjos de lo que ocurría en el mundo, este conjuntode convicciones políticas se transformó en una hipercrítica cultura renovadora cuyas metasya no eran únicamente la sustitución del modelo económico capitalista, pese a la importanciade este empeño, sino una mutación civilizatoria que se pretendía de alcance planetario yque ni siquiera se detendría en los límites de la biología. Un empeño de tal intensidad quetendría la capacidad de renovar las conductas heredadas por centenas de millones dehombres y mujeres en todas las latitudes abriendo paso a una sociedad sin explotación.Para ello planteaban valerse de un redivivo jacobinismo sustentado en un marxismo críticoque, superando el evolucionismo de la línea Marx-Engels-Plejanov-Lenin, se transformaraen un huracán —como Sartre, uno de sus portavoces, calificó a la revolución cubana— conepicentro en el mundo subdesarrollado, que arrasaría una civilización corrupta y explotadorapara fundar sobre sus ruinas un nuevo mundo y un diferente ser humano.
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